De impostora a campeona

Published by

on

En el artículo anterior, hemos descubierto el síndrome de la impostora y hemos pensado «¡Yo tengo eso!». Hemos analizado los cómo y los porqués. ¿Y ahora qué? ¿Tiene remedio? Pues la verdad es que sí y no. Borrar estos asuntos de género grabados tan a fuego en nuestras cabezas, corazones y entrañas es una utopía, peeero ¿qué es una utopía?: un reto, un proyecto, una dirección. Lo que sí puedo asegurar, porque lo he vivido en primera persona, es que se puede aprender a vivir con tu impostora y, si bien no controlarla del todo, al menos evitar que sea ella la que te controle a ti. De hecho, puedes aprovecharla a tu favor, porque sus miedos no hacen más que señalarte parcelas que, quién sabe, igual puedes mejorar. ¿Empezamos?

  1. Paso 1. Hable con ella…
  2. Paso 2. Si no se calla, que no te pare
  3. Paso 3. Contra la impostora, la campeona
  4. Paso 4. Más rutinas de higiene mental

NOTA: antes de nada, igual TODO lo que voy a contar te lo puedes ahorrar si encuentras una buena terapeuta y haces una buena terapia. Yo he hecho tres terapias diferentes y, aun así, necesité todo este proceso. Viva el feminismo.


Paso 1. Hable con ella…

En tu mente vive una impostora, un ser que te da muy mala vida, que te hace sufrir, que te paraliza… Pero esa NO eres tú, ¿vale? Puede que sea una versión de ti, pero no eres tú.

REGLA NÚMERO 1: Tienes que separar claramente a la impostora de ti, porque a menudo pensamos «no sirvo para nada» y NO, NI DE COÑA, esa NO ES LA REALIDAD. Tienes que reconocer a ese alter ego que vive contigo y entender cómo funciona, porque…

Tenemos que conocerla bien, si queremos convencerla de que se equivoca. No la juzgues, sólo obsérvala. Para eso, escucha sus miedos, sus motivos, fíjate bien en qué tipo de momentos aparece, si lo hace siempre de la misma manera o si hay situaciones en las que te pone más nerviosa que en otras. Por ejemplo, si sale cuando tienes que hablar en público; o si es ante un jefe que te saca de quicio o una compañera que te bloquea (qué tipo de personalidad te produce cada cosa); si es cuando te enfrentas a una tarea nueva o a una tarea que sabes hacer de sobra, pero que ahora verá más gente; cuando te van a juzgar directamente (en un examen, puntos para un posible ascenso, etc). Si te fijas, está relacionado todo con la mirada externa, pero hay muchos tipos de mirada externa y es lo que tratamos de comprender, porque ejercen en ti un efecto o un poder diferente.

Cuando entiendes el patrón, se lo puedes explicar a ella. Cuando aparezca, analiza fríamente la situación y relaciónala con otras parecidas, explícale que es un patrón, porque… ¿qué es un patrón? Es la repetición de algo que ya has vivido de la misma manera, te despierta sensaciones similares y sigues gestionando igual. Pues recuérdale esos otros momentos parecidos, de los que seguramente saliste airosa. Dile, por ejemplo: «mira, cuando te invitaron a una mesa redonda sobre igualdad y juguetes estuviste a punto de no ir, estabas súper nerviosa y al principio te temblaba la voz, pero al final te encontraste tan a gusto hablando de tu tema favorito, ¡improvisando y todo!».

¿Y cómo se habla con la impostora que llevas dentro? Porque igual estás pensando que estoy loca, porque me comunico con un ser imaginario. Es cierto. No soy capaz de conversar conmigo delante el espejo (igual tú sí), pero tengo experiencia en mi diálogo interior. Si no te ves capaz de hablar con ella, le puedes escribir, como un diario o como una carta dirigida a esa parte de ti. Por cierto, revisando textos viejos para escribir este artículo, me he dado cuenta de que al principio en realidad era mi impostora la me escribía a mí, mucho más que yo a ella. Yo solo aparecía de vez en cuando, tímidamente, como quien suplica: quiero dejar de sentir esto o aquello. Otra opción es hacerte un «grupo» de whatsApp entre tú y ella y enviarle notas de voz.

También me comunico con ella sin necesidad de hablar. Cuando leo libros o artículos feministas, algunos párrafos llaman poderosamente mi atención y los tengo que leer dos o tres veces, y los subrayo, para asegurarme de que «ella» se entere bien, como diciéndole: «atenta, que esto va por ti».

Pero si no te funciona lo de hablar con ella de ninguna de las maneras, tranquila, tengo otro planazo para ti:

Hable con ellas: coméntalo con otras mujeres, porque en los grupos de chicas sucede la magia. Si preguntas a tus amigas, al menos una o dos (si no todas), estarán en una situación parecida. Podéis contaros vuestros miedos, comentarlos, escudriñarlos bien a fondo… Recomendaros artículos, libros, vídeos de IG… Y llegad a un acuerdo: la llamada de emergencia. Yo tengo una amiga a la que puedo llamar y decirle que me esta dando una crisis de impostura. Ella hace igual. Entre las dos es más fácil desactivarla, al menos de manera provisional, para que no me bloquee una labor urgente. Por cierto, hace mucho que no la llamo. 😉

Y, ahora sí, ahora empecemos a ponerle límites. Agárrate fuerte que vamos al paso dos, tomar el control.


Paso 2. Si no se calla, que no te pare

Empieza con pequeños retos. Esas cosas sin importancia que te pueden costar en el día a día, te pueden servir de entrenamiento para llegar al trabajo mucho más segura. Un ejemplo: a mí me daba verdadero pánico hablar en público y decía que no a actividades que me hubieran beneficiado. Empezar dando una conferencia igual es mucho, pero puedes proponerte hablar cuando asistas como público a charlas o talleres o clases (eran otras situaciones en las que me veía incapaz de levantar la mano para decir algo). Tengo que advertirte que tiene mucho peligro este ejercicio: cuarenta y tantos años calladita y ahora no hay quien me cierre la boca.


Cuando algo te dé miedo, di que sí. Hay una frase típica de autoayuda que dice que no es valiente quien no tiene miedo sino quien actúa a pesar del miedo. Pues eso. En realidad, ¿qué puede salir mal? Pensémoslo bien. Si empiezas con ese nuevo reto o asumes esa mayor responsabilidad y ves que no llegas, puedes hacer tres cosas: 1. Aprender lo que te falta, esforzarte un poco más (nada nuevo, en realidad). 2. Pedir ayuda, que también es una opción. 3. Aceptar que, esta vez, hemos fallado. Lo que nos lleva al siguiente punto…

Si estás aterrorizada, imagina el peor resultado (imagina que es cierto que lo vas a hacer fatal y todo el mundo va a darse cuenta) y, con eso en mente, sigue adelante. Cuando lo hayas hecho verás que el resultado está muy lejos de esa peor versión que has creado. Y si has fallado en algo, pues oye, nadie es perfecta. Tener confianza en ti no significa que no te vayas a equivocar, sino que no te paralizarán los errores, porque sabes que aprenderás de ellos.

Quédate con esta frase de azucarillo: a veces se gana y a veces se aprende.

Y si de verdad te paraliza, y te lo puedes permitir, déjalo para otro momento. Procrastinar no es tan malo como dicen, si lo utilizas de manera consciente. Esto solo podrás hacerlo si puedes marcar tú y solo tú el ritmo de tu trabajo. Yo he podido hacerlo mucho porque soy autónoma, trabajo en casa escribiendo delante del ordenador. Cuando aparecía mi impostora gritando súper angustiada anunciándome el fin definitivo de mi carrera, cerraba el ordenador y me iba a pasear, me ponía un podcast o un audiolibro de contenido feminista, que me daba fuerza… (o una serie de Netflix, desconexión total). Al principio lo hacía muy a menudo. Como siempre hay tiempos de entrega, al final gana la urgencia y aunque fuera pensando que me iba a estrellar, terminaba el trabajo y lo enviaba. Las crisis se fueron espaciando. Pasaron a ser una rutina que se repetía más o menos cada 28 días, ya tú sabes…

Si te fijas, en realidad lo que hacía era descansar, desconectar, algo que deberíamos poder hacer sí o sí y que no siempre sucede. Los hombres tienen tiempo para ellos, para descansar, para pensar. Nosotras no.

Y cuando vuelvas a la acción, a enfrentarte con aquello que te da tanto miedo… compórtate como una campeona. Vamos al paso 3…


Paso 3. Contra la impostora, la campeona

Si la impostora se niega a irse de tu cabeza, invita a una amiga nueva al grupo: la campeona. La campeona es esa versión de ti que vas a ser desde ahora. Llevamos tanto tiempo siendo las campeonas de la inseguridad que nos cuesta imaginarnos de otra forma. Pues se acabó. Mira lo que dice una enorme escritora:

He “fingido” ser la escritora, la estudiante o la profesora que me gustaría ser, he hecho lo que haría la escritora, la estudiante o la profesora que querría ser y, al final, tampoco había mucha diferencia entre interpretarlo o serlo. ¿Farsante? Más bien una confiada con sus propias “particularidades”. ¿Cómo conseguimos la confianza? Con la práctica.

Ursula K. Le Guin

Esta es la tarea más complicada, inventarte una nueva tú, porque estamos tan bien programadas con nuestras inseguridades de género que al actuar con confianza nos sentimos incomodas, arrogantes. Pues, mira, eso es justo lo que hay que hacer, actuar como un hombre, con arrogancia. Más que hacer cosas nuevas, lo que necesitas es dejar los Vicios de la Inseguridad y así se convertirán en las Rutinas de la Campeona.

LA CAMPEONA NUNCA HABLA DE SÍ MISMA EN NEGATIVO

Háblate como les hablas a tus amigas, joder, que con ellas no eres destructiva. Para empezar, presume (que no es más que des-cri-bir lo que has hecho), celebra tus triunfos, grandes y pequeños. Si te cuesta, practica antes: en tu cabeza, delante del espejo, escribe, envíate notas de voz, como antes, lo que mejor te funcione. Coge tus movidas positivas y habla sobre ellas. Puede que te incomode, pero es necesario. Nos han enseñado a ser humildes, a no ser arrogantes… pero es que, repito, las mujeres NE-CE-SI-TA-MOS arrogancia, leñe, necesitamos autoestima, necesitamos seguridad.

LA CAMPEONA NO PIDE PERDÓN POR TODO

Ya sabes a qué me refiero. Evidentemente, si te equivocas y has fastidiado a alguien, le pides perdón. Pero olvida esos «perdona» absurdos que hacemos a lo largo del día, como si no nos correspondiera estar donde estamos: perdona que te llame, perdona que he hablado, perdona que estoy aquí, perdona porque existo. Una amiga me pedía perdón incluso si me rozaba mientras paseábamos. Le tuve que decir: «oye, deja de pedir perdón por ocupar un espacio en el mundo». Otra con la que trabajo a menudo me pide perdón ocho veces en una sola llamada, y solo me está encargando cosas que me corresponde hacer, para eso me pagan. Llevamos pidiendo perdón sin motivo alguno desde aquel mordisquito inocente en una manzana, joder.

LA CAMPEONA ACEPTA LOS PIROPOS*1 Y LOS AGRADECE

Chica, es una nueva norma: acepta los puñeteros cumplidos, porque no son más que observaciones de una puñetera REALIDAD. No vuelvas NUNCA a quitar mérito a tus acciones. Cuando te feliciten por algo y te sorprendas diciendo “no es para tanto” o a señalar algún fallo, date una colleja. Desde ahora, simplemente di: Gracias, estoy de acuerdo. O: Gracias, estoy muy feliz. O: Gracias por decírmelo, sienta bien escucharlo. O simplemente: Gracias. O mejor aún: ¿Verdad? A mí también me lo parece… y te quedas ahí, sonriendo, mordiéndote la lengua para no añadir nada más (querida Ángeles, esto va por ti… y lo sabes)

LA CAMPEONA ANDA RECTA, MIRANDO AL FRENTE

Una de las cosas que mi madre más me repetía de niña era que fuera recta, que pusiera los hombros hacia atrás. Y yo no era capaz. Andaba mirando el suelo y encogida porque, ahora lo sé, 1. me sentía así, pequeñita, y 2. creía que así me protegía, me sentía menos expuesta. ¿Te ha pasado? Ojo, hay mujeres que hacen lo contrario, andan como en una pasarela sin fin, con la barbilla demasiado alta, con el pecho demasiado adelantado, dando pasos demasiado largos, echando pa fuera demasiada energía, como si esa máscara de seguridad fuera lo que las protege. También deben acabar agotadas. Creo que hay una posición intermedia, orgullosa pero cómoda, ligera pero sin prisa, que lo que transmite es esa fuerza interior. Es importante cómo nos colocamos físicamente en el mundo, nuestra postura, nuestra actitud, nuestro gesto, porque incide en cómo nos ven, pero sobre todo, incide en nuestra auto-percepción. Dicen que fingir la sonrisa acaba engañando al cerebro y puede ayudar a segregar hormonas felices. Sacar pecho, en plan Capitana Marvel, hará que te sientas más poderosa. (Has visto Anatomía de Grey? ¿Recuerdas la pose de Amelia antes de operar?)

LA CAMPEONA FIGURA, APARECE, OCUPA EL ESPACIO CENTRAL EN LA FOTO

Si eres de las que no quiere destacar, se acabó: el espacio público también es para nosotras. Próximo ejercicio: sal del rincón y ponte en medio de la pista. Ah, espera, que igual justo ahora te ha venido a la cabeza que tienes que ponerte a dieta o que tienes que arreglarte el pelo o que no tienes nada que ponerte… Que sepas que está hablando el patriarcado, otra vez. Ponerte en la esquina o detrás no va a hacer que tus complejos desaparezcan. Luego te verás ahí y sabrás por qué ocupas el sitio que ocupas, por qué elegiste esconderte. Nos meten mucha caña estética y, así, nos regalan otra barrera que nosotras solitas nos auto-imponemos a la hora de figurar. A la inseguridad profesional se le suma el que nunca estamos perfectas. Mientras, ¿quién llena portadas, escenarios, mesas redondas, puestos importantes? Señores de cualquier forma y tamaño, de cualquier edad y condición. Pues, qué quieres que te diga, esto se tiene que acabar, porque el pastel se lo come quien figura. La seguridad absoluta igual no nos llega, pero incluso con una mano temblorosa puedes coger el cuchillo y cortar tú la tarta.

LA CAMPEONA HABLA CUANDO QUIERE. Y NO DEJA QUE LA INTERRUMPAN

Cuando estamos en grupo tendemos a escucharles más a ellos y a cederles el espacio verbal. En las cenas de grupo es más que habitual. ¡Y en el trabajo es un clásico! Kieran Snyder, lingüista que trabaja en el sector tecnológico, hizo un estudio interesante acerca de las interrupciones en las reuniones 2. Su conclusión fue que las mujeres no necesitamos que los hombres se callen, sino ser más agresivas a la hora de interrumpir y, sobre todo, aprender a interrumpir a los hombres. ¿Te parece fuerte? Pues sus resultados sugieren que las mujeres no avanzamos en nuestras carreras si no aprendemos a interrumpir. La seguridad masculina nos suele achantar. Ay, pero cuando te das cuenta de que su seguridad es solo algo que les han enseñado, que no responde a los conocimientos reales que tienen del trabajo (ni del mundo, ni del cine, ni de literatura, ni de ciencia, ni siquiera de coches o fútbol), si entiendes que es una pose de género, sentirás que sabes lo mismo que ellos, como poco. Y una vez tienes esto bien claro ya no encontrarás motivos para callarte, si es que los hubo alguna vez.

La autora Soraya Chemaly nos recomienda para el fondo de armario estas tres frases. Póntelas a diario, y no solo para ir a trabajar, te quedarán bien en cualquier ocasión: “Deja de interrumpirme”. “Eso lo acabo de decir yo”. “No necesito explicaciones”.

Paso 4. Más rutinas de higiene mental

Vivimos en una suciedad patriarcal (no es una errata, pone suciedad). Es el eterno problema que tenemos las mujeres con esto de las normas de género, que en el reparto nos ha tocado todo lo que está abajo, sin valor, sin reconocimiento. A ellos les enseñan a comerse el mundo y a nosotras a cuidarlo y limpiarlo, pero solo sus mierdas, no las nuestras. Me explico: las maestras del cuidado y la limpieza no saben auto-cuidarse, ni limpiar en su entorno las cosas que les perjudican a ellas. Pues chica, cambiemos las prioridades y hagamos un poquito de higiene feminista. Vamos allá:

Deja de mirar en masculino. El androcentrismo es una manera sesgada de ver el mundo, que considera el hombre como la medida de todas las cosas, como el criterio y el modelo que representa siempre a la humanidad, haciendo de las mujeres “lo otro”. Lo que sabemos del mundo, de la historia, de la ciencia, etc es solo un punto de vista, pero nos lo han vendido como la verdad absoluta, neutra, objetiva, natural. Nosotras, más de la mitad de la humanidad, hemos aprendido a sentirnos completas como su complemento: esposas, madres, hijas, hermanas, cuidadoras, compañeras… o la chica sexy con quien quieren acostarse.

Ojo, que «la mirada masculina» no solo está en «los hombres». Todas las mujeres somos machistas hasta que nos proponemos dejar de serlo. De eso va el feminismo. Así que, cuidao, cuando digo que te rodees de mujeres, mejor si son feministas. Y con el machismo, convive lo justo. No siempre puedes alejarte de ciertas personas, por ejemplo, si las machiruladas vienen de tu jefe, de una amiga del grupo de toda la vida, de tu marido, de tu hermano o de tu madre. Tendrás que aprender a escuchar sin que te afecte, al menos a saber que está hablando el patriarcado. (Sin embargo, hay veces, y también lo digo por experiencia personal, que en esa limpieza vital sí tomas decisiones drásticas y dejas atrás amistades, trabajos o parejas. Tú sabrás si llegas a ese punto).

Ah, y quien dice mirar, dice valorar…

Deja de venerar lo masculino. Los hombres nos infravaloran, nos interrumpen, nos explican cosas y critican todo lo que suena a femenino. Lo sabemos, pero como hemos visto… ¡nosotras también lo hacemos!, porque si nuestra mirada es patriarcal, nuestro juicio también. Así, un hombre asertivo es un hombre seguro; pero una mujer asertiva es una mandona. Con la maternidad es exagerado: las mujeres son criticadas decidan lo que decidan; un señor que lleva su hija al parque nos parece un padrazo, un tío sexy, un héroe. No cuenta igual un cumplido si viene de una mujer o de un hombre. Buscamos su mirada, su atención, su valoración, su amor, como si fuera la prueba de nuestra valía.

Uno de los pilares del patriarcado es la venaración femenina por lo masculino, una complacencia y una devoción que nos destruye, y sienta las bases de nuestra inferioridad social.

Entonces, ¿cómo empezar a ver el mundo de otra forma? Rodéate de mujeres (mejor feministas) y conoce sus versiones. Me repito como las persianas, pero lo diré otra vez. Lee, escucha, ve, sigue a mujeres. Cree esta web para reflexionar sobre el patriarcado y recopilar miradas feministas del mundo (suscríbete ahí abajo, por cierto). Nada me gusta más que desvelar la mierdecita patriarcal que se esconde en las esquinas de nuestros trabajos, en los rieles de las ventanas de nuestras relaciones, debajo de la mesa de nuestros encuentros sociales, etc.

Si quieres empezar a poner a los machotes en su sitio, te recomiendo que leas Hombres, los odio, de Pauline Harmange. El primer artículo que escribí en esta web fue una reseña del libro, por si quieres hacerte una idea de lo que cuenta. Ah, tranquila, que ningún hombre sufrió daño alguno durante la redacción y publicación del libro, ni siquiera después. 😉

Crea nuevas referencias femeninas. Como dice Pauline, «si tiras a la basura a todos los individuos mediocres masculinos, ¿qué te queda? ¿Se crea un vacío imposible de suplir? Al contrario. Sucede que nos damos cuenta de que estamos rodeadas de un montón de mujeres estupendas a quienes la omnipresencia masculina, tan ruidosa como perjudicial, nos impedía ver y valorar». ¿Cómo? Vuelve a leer los tres últimos párrafos, 😉

Y un último consejo: haz deporte. Comer sano, beber menos, dejar de fumar, meditar, todas esas cosas ya te las recomiendan a diario. Yo prefiero ponerme pesada con el ejercicio. El que sea, el que te guste. Más o menos competitivo, más o menos técnico, más o menos divertido, social, duro… Hay ejercicios para todos los gustos. Pasear cuenta. Bailar cuenta. Lo que sea. Tratamos el cuerpo femenino como un adorno, pero no lo es. Ah, no se trata de ir al gimnasio para adelgazar, ojo. El ejercicio te recuerda para qué sirve el cuerpo en realidad, todo lo que te permite hacer. Igual en el camino pierdes algo de peso, pero se trata de utilizar tu fuerza, tu potencia, tu resistencia, tu agilidad o tu flexibilidad. Haciendo ejercicio te relajas, te mantienes en forma, mejora tu salud, mejora tu sueño, mejora tu estado de ánimo (segregas dopamina, serotonina y endorfina, que te hacen más feliz), ganas confianza, ganas autoestima…

Por otro lado (incluso si nos ponemos patriarcales), si la apariencia es importante para ti (que lo es para todas nosotras), el ejercicio también mejora eso. No solo es una cuestión de peso; hacer ejercicio mejora la tonificación y la postura. Lo dicho: te auto-percibes mejor, te sientes mejor. Todo ayuda a la campeona.

Bien, hasta aquí llegamos hoy. Como ves, dejar de ser una impostora requiere mucho trabajo. ¡Cualquier cosa que le lleve la contraria al patriarcado es un currazo! Pero, oye, con todos los esfuerzos que haces por otras personas, ¿no vale la pena este esfuerzo que es solo por y para ti?

Y si lo intentas y, después de todo, sigues pensando que eres una auténtica impostora, que estás ahí por casualidad, porque te han ayudado, porque no te han pillado aún, por lo que sea… ¡FELICIDADES! Piénsalo, siendo mujer no es fácil que te toque esa lotería. Todo un sistema que te infravalora, que te exige demasiado, que te pone trabas o excusas, que te vigila constantemente para criticarte por cualquier cosa que hagas o no hagas… Pues chica, si eres la mayor de las impostoras, por ti, por todas, ¡disfrútalo! ¡celébralo! ¡se la has colado al patriarcado!

  1. Cuando digo piropo, por supuesto, no me refiero a esos comentarios no solicitados acerca de nuestro aspecto físico. Me refiero a los cumplidos acerca de nuestras capacidades, comentarios positivos acerca de nuestro talento o nuestra actitud, nuestros logros…
    ↩︎
  2. Kieran Snyder, doctorada en Línguística y ejecutiva de una empresa tecnológica, llevó a cabo un experimento en 2014. Registró con detalle 15 horas de reuniones. Hubo 314 interrupciones: 2/3 fueron de hombres (conclusión 1: los hombres interrumpen más); el 70% de las veces interrumpieron a una mujer (conclusión 2: los hombres interrumpen más a mujeres); las mujeres eran el 40% del grupo (conclusión 3: los hombres interrumpen MUCHO más a mujeres); las interrupciones de las mujeres, en un 89% se dirigieron a otras mujeres (conclusión 4: las mujeres no tienden a interrumpir a los hombres, pero sí a otras mujeres). La conclusión de la autora fue: “Siempre que las mujeres toman la palabra, se las interrumpe”. Cuando dio a conocer el estudio, las mujeres en general respondieron: «Vaya novedad». Escribió un artículo titulado: Cómo progresar como mujer en el campo de la tecnología: interrumpe a los hombres. ↩︎

Descubre más desde pecados patriarcales:

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Una respuesta a «De impostora a campeona»

  1. […] No te pierdas el siguiente artículo: de impostora a campeona… […]

Deja un comentario

Descubre más desde pecados patriarcales:

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo