El empoderamiento se ha desempoderado (3): ¿Cuál es ese poder que tanto anhelamos?

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Para entender el empoderamiento, intenté aclararme yo misma primero: escribí sobre aquello que me rascaba del uso que le damos y por qué decidí hacer esta serie de artículos. Y en una segunda reflexión, repasé su definición y la historia de su utilización en el feminismo.

Hoy quiero entender bien qué narices esa parte tan importante de la palabra mágica: emPODERamiento. Qué es el poder, qué tipos de poder hay y, sobre todo, qué poder es el que nos interesa para, ya sabes, para cambiar el mundo. Casi na.

Hoy voy a darle una vuelta a…

  1. EL PODER con mayusculas…
  2. El poder no es una sola cosa
  3. Hay muchos tipos de poder
  4. El «poder sobre», ¿la ley del más fuerte?
  5. ¿Quién decide qué?
  6. El conflicto no observado
  7. ¡Más utopías!
  8. Entonces, ¿hay mujeres que ejercen este tipo de «poder sobre»?
  9. El verdadero poder no necesita violencia

EL PODER con mayusculas…

Cuando hablamos de EL PODER, así, todo con mayúsculas, nos vienen a la cabeza grandes gobernantes, empresarios multimillonarios o influyentes directores de medios de comunicación. Los todopoderosos. Ese poder es la fuerza que controla los bienes y los recursos, sean materiales o inmateriales; es la fuerza que controla la ideología; ah, y, por supuesto es la fuerza que controla lo más importante del poder: la toma de decisiones. 

Está claro que las decisiones que se toman ahí arriba afectan a nuestra vida aquí abajo, en la escala que quieras: tú no decides el sueldo mínimo que te deben pagar o si puedes o no abortar; si sube la gasolina o si una medallista olímpica sale o no sale en portada. Si tu trabajo vale algo, mucho o nada. Si eres digna o no, de lo que sea. No decides, aunque creas que sí, ni siquiera de qué hablar con la gente en un bar.

Hoy, sabemos que manda el dinero. De hecho, he buscado listas de la gente más poderosa, y lo que encuentro es listas de la gente más rica. Y mira qué curioso (o qué poco sorprendente, je):

Como ves, un montón de señores destacan en todas las categorías. Las mujeres solo dominan una: las mujeres más ricas. Je.

Yo apostaría a que esas pocas que hay en otras filas, estarían mejor colocadas en el ranking si tuvieran pene.

(Fuente: https://www.visualcapitalist.com/)

Las mujeres tienen y siempre han tenido cierto poder, pero nunca, jamás han ostentado EL PODER. Por ejemplo, dentro de las familias pueden “mandar” bastante. Algunas privilegiadas han podido incluso gestionar grandes propiedades, dirigir empresas, ¡gobernar países! Y sí, la Merkel y todo eso… Pero fíjate en un detalle: nunca, ninguna, ni la más poderosa que se te pueda ocurrir ha tenido un poder similar al que hubiera tenido en el caso de haber sido varón. Además, siempre parece un accidente, una anomalia, una sustitución temporal, porque no lo podía ocupar, por algún motivo, alguien con pene, es decir, alguien con poder real.

(Paréntesis: Oooo… fruto de las cuotas, que para eso están. Pero no suelen funcionar en tan altas esferas, no son las que encabezan listas con posibilidades de ganar.)

Cuando no nacen herederos varones, una mujer asciende al trono. (En la foto: la reina Isabel II en las noticias sobre su visita a Belgrado, Serbia, el 12/09/22)

El poder no es una sola cosa

De todas formas, el poder tiene muchas caras, muchos puntos de vista, y no es algo estable, fijo, permanente. Foucault ya lo redefinió como un conjunto de interrelaciones en movimiento (lo personal, lo político, lo económico…). Puedes al mismo tiempo someterte al poder en un aspecto de tu vida y ejercer poder en otro; y todo el mundo hace igual, manda o se deja mandar según donde, de quién o por qué… Y somos mucha gente, así que si lo dibujáramos como varios organigramas veríamos montones de puntitos conectados con líneas que no paran de moverse, suben, bajan, se cruzan…

Lo bueno de ver el poder así es entender que no es algo fijo, inmutable, eeeeergo… podemos imaginar más fácilmente que sí, que lo podemos cambiar, es decir: que sí podemos imaginar un proceso de empoderamiento. Yeah.

Hay muchos tipos de poder

Entonces, esta claro que no hay una sola forma de ejercer el poder. La forma más evidente, la más bestial, se define como “poder sobre”. Es el que vamos a ver hoy. Es un poder de suma cero. Es decir, alguien manda a costa de que otras personas no lo hagan, de que carezcan de él. Es individual, destructivo.

«El concepto de empoderamiento es usado, algunas veces, de una manera tal que confunde el sentido de la eficiencia o de la estima (parte del «poder para») con el del control real en la toma de decisiones sobre los recursos («poder sobre»)»

Stephanie Riger

Spoiler: sí, hay otros tipos de poder, no nos deprimamos tan rápido. Otros poderes que se definen a partir de una suma positiva, porque si una persona suma poder se incrementa el total de poder disponible. Es colectivo. Es positivo, constructivo. Los veremos el próximo día, pero que sepas que son el «poder para«, el «poder con» y el «poder desde dentro«.

Veamos el primero, ese que no nos gusta nada, el que nos gustaría alcanzar pero no para reproducirlo, sino para cambiarlo.

El «poder sobre», ¿la ley del más fuerte?

”Poder sobre” es la  habilidad de una persona (o un grupo) para hacer que otras actúen en contra de sus propios deseos o intereses. Es el poder que hemos conocido a lo largo de toda la historia. 

¿Cómo logra alguien un poder así? Solo hay una manera: con violencia. Ojo, no será siempre una violencia visible, evidente. Históricamente el poder se ha alcanzado mediante guerras e imposición. Las dictaduras necesitan apoyarse en la fuerza militar.

(Igual la foto de Hitler es demasiado evidente, pero para hablar de lo malo que es cierto tipo de poder, me viene de perlas)

También pueden negociar. Dar algo a cambio: seguridad, sustento, recursos concretos… O chantajear, mandar a cambio de no quitar algo, esa seguridad, ese sustento, esos recursos concretos… Las no-dictaduras supuestamente negocian. Cuando EEUU decide, por ejemplo, quitar libertades a cambio de seguridad está negociando (¿o está chantajeando?…). No dejan de ser diferentes formas de violencia, más o menos directas, más o menos sutiles.

¿Quién decide qué?

Pero, como decíamos al principio, el poder fundamental se ejerce en la toma de decisiones. Y mira cómo funciona esto de decidir: ante un conflicto de intereses entre varias ideas, un debate social abierto, quien está arriba decide. ¿Dejamos que voten las mujeres o todavía no? ¿Dejamos que aborten? Porque no lo deciden ellas… Deciden quienes mandan y lo pueden hacer abiertamente, por sus huevazos. Incluso pueden hacer retroceder los derechos ya logrados; el 24 de junio de 2022 el Tribunal Supremo deroga el derecho federal al aborto en Estados Unidos en una votación de seis contra tres. Oiga: y aquí no ha pasado nada.

Imagen de cadenaser.com, del trágico momento de la derogación de derecho al aborto.

Pues eso, así funciona, sin nada que esconder. Quien manda, gana. Punto. 

Pero ya hemos dicho que el poder se puede ejercer de manera no tan evidente: la coerción, la manipulación, la información falsa y otras maneras de influenciar son reconocidas como formas del ejercicio del poder. Hay historias tremendas de este tipo en la literatura, en series… que desvelan lo que supuestamente sucede a puerta cerrada. El auténtico periodismo presume de perseguir estas tramas y sacarlas a la luz.

Pero hay una forma todavía más perversa de controlar la toma de decisiones:

El conflicto no observado

Se llama el «conflicto no observado”, porque actúa de manera invisible. El grupo fuerte redacta las «reglas de juego» para que los grupos con menos poder no lleguen a transmitir sus deseos. Se da un efecto curioso: si la gente no sabe que necesita algo, no lo pide, no se discute, no hay conflicto. Esto se logra o bien acallando a los grupos que solicitan algo; o mejor aún, logrando que nadie pueda siquiera imaginar una alternativa. Si controlas los medios, controlas la narrativa. Si no podemos imaginarlo, no podemos pedirlo. 

Si nos dicen desde pequeñas que lo nuestro es crecer para casarnos y cuidar y nunca nunca vemos otra alternativa, no podemos imaginarnos haciendo otra cosa. Por más que moleste, por más que la vocecilla interior grite que vaya mierda de vida, suplique que salgas corriendo. Es uno de los motivos por los que a las mujeres les ha costado tanto tomar conciencia de su situación.

Una de las mejores escenas de Mad Men, que ilustra aquello que Betty Friedan explicó como «El malestar que no tiene nombre» (en su libro La mística de la feminidad).

Antes aceptaban (mejor dicho, se resignaban con) su papel en el mundo porque lo veían natural; o inmodificable; o por un orden divino… Hoy, el espejismo de la igualdad hace que pensemos que es que cada una de nosotras (individualmente) somos incapaces de llegar a todo, que no tenemos talento o que tenemos mala suerte. El espejismo niega la existencia de desigualdades y, por tanto, normaliza la injusticia social. Peor aún, hace incluso que sientas que aquello que interesa al sistema es lo que tú deseas o necesitas o mereces: aquí podemos hablar de la libre elección, del concepto de mérito neoliberal…

En fin, que si nadie más reclama algo de manera pública, se supone que hay consenso. No se discute. No existe el problema. Nunca se decide sobre él. Resumen: el poder también se expresa en la capacidad de decidir sobre qué se decide.

¡Más utopías!

Las utopías son importantes por eso, porque la sociedad exige lo que puede imaginar en ellas. Pero esto se modela también desde la cultura. Y la narrativa del poder siempre ha sido otra. Pero, mira, ahora hay niñas que quieren ser futbolistas o astronautas, porque han visto que se puede. Ha costado.

Aparte de las peticiones de los movimientos sociales, que son fundamentales, hay otra forma de imaginar el futuro: La ficción. Leer, escuchar o ver historias de futuros ideales nos ayuda.

O de futuros aterradores, ojo, como avisos de lo que NO podemos consentir. Mira qué lejos ha llegado la historia de El Cuento de la Criada, de Margaret Atwood. El libro ya fue un éxito, pero la serie la ha convertido en un icono feminista, justamente para explicar lo que nos espera si no nos ponemos las pilas.

Me gusta nombrar a Shonda Rhimes, y explicar cómo nos va colando en sus series aparentemente chorras, pequeñas utopías sociales para un público masivo. Es que ni te das cuenta de lo que hace hasta que te lo has tragado. Muchas veces nos muestra mujeres muy poderosas ejerciendo un tipo de poder muy patriarcal, formando parte de ese «poder sobre» (Annalyse, de Cómo defender a un asesino; Olivia, de Scandal; la reina Carlota, en Bridgerton). Pero Shonda es muy lista y nos deja ver la evolución de esas mujeres hacia una autoridad más consciente del sistema de mierda en el que vivimos. Y que hacen cambios. Y que tienen limites y sororidad. Otras veces nos muestra lideresas de las que todas querríamos como jefa. Hablaremos más de esta gran creadora y productora y de cómo usa su propio poder desde esas series de éxito.

Entonces, ¿hay mujeres que ejercen este tipo de «poder sobre»?

Sí, las hay, claro. Participan de él, lo reproducen. Seguramente porque de no actuar así no lo hubieran logrado; y no se les permitiría permanecer en él. Margaret Thatcher es un buen ejemplo porque tenía un estilo de liderazgo muy patriarcal. Se tuvo que adaptar a ese sistema. Incluso tuvo que modificar su tono de voz, como explica Mary Beard en «Mujeres y Poder» (lee este otro artículo en el que comentamos ese libro).

Ojo, tiene un punto positivo ver mujeres ahí arriba porque nos permite imaginarnos mujeres ahí arriba. Pero ahora hagamos la pregunta de otra forma: ¿hay mujeres feministas ejerciendo este tipo de poder? Mmmm, esa pregunta lo cambia todo. Precisamente, porque el poder que reclama el feminismo es otro. Las feministas, si quieren llegar al poder, es para cambiarlo. ¿Por qué las dirigentes como Jacinda Ardern duran poco en el puesto, declaran haberse quedado «sin energía»… y renuncian?

El verdadero poder no necesita violencia

Voy a intentar una conclusión bonita. No es mía, es de Hannah Arendt. Ella tenía claro que el poder solo lo es si pertenece al grupo, si es colectivo. Para ella, el tipo de poder que hemos visto hoy no puede llamarse poder. ¿Por qué? Pues porque si alguien necesita ejercer violencia, evidente o no, visible o invisible es, precisamente, porque carece de poder real. El verdadero poder es colectivo, positivo, constructivo y feminista… y hablaremos de todo esto en el próximo artículo.

La imagen es de la peli sobre esta fantástica pensadora. Puedes verla en Filmin.

Lo dicho, en el siguiente artículo veremos esos otros tipos de poder. ¿Te apetece reflexionar sobre el poder que sí queremos ejercer, que sí queremos para el mundo que queremos? ¿Habías pensado ya en esto? ¿Tienes cerca gente capaz de liderar de otra forma?


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4 respuestas a «El empoderamiento se ha desempoderado (3): ¿Cuál es ese poder que tanto anhelamos?»

  1. Avatar de
    Anónimo

    en este momento no se me ocurre que comentario hacer, ya que no me gusta el poder por el poder, sea de quien sea, el poder hoy no se comparte, se disfruta y se presume, si hoy miro atrás, no me gusta lo que recuerdo cuando lo tuve, si lo tuve o me hicieron creer que lo tenia, solo por ser el cabeza de familia y vaya mierda de cabeza que no se daba cuenta de lo que vivía solo por serlo

  2. Avatar de Maldita Pecadora

    No se te ocurre qué comentario hacer pero has hecho un comentario muy interesante.

    Eso que nos hicieron creer tiene que ver con los mandatos de género. Te programaron para ser cabeza de familia, jefe fuera de casa, etc y te contaron todo lo que suponía eso. Es algo tan bien hecho, tan perfectamente orquestado, que no lo vemos… hasta que lo vemos.

    Ahora lo ves. A mí me hace feliz desvelarlo y, sobre todo, ver que más gente abre los ojos. 😉

  3. […] En el artículo anterior analizamos «el poder sobre”: Es el más frecuente, el primero que nos viene a la mente. Es el más nocivo, el que nos ha conducido a la desigualdad, a la injusticia social y, obviamente, a nuestra subordinación. Que alguien esté arriba implica que alguien ha de estar abajo. Y quien está abajo no puede (o, mejor dicho, cree que no puede) reaccionar. […]

  4. […] Así acabamos confundiendo el poder con el empoderamiento. Y confundiéndolo, además, con ponerse tacones y pintalabios rojo bien llamativo. (Aquí hablo más… […]

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