Acabo de cumplir cincuenta y dos años. Y pienso cumplir muchos más.
Nunca en la historia habíamos vivido tanto. ¡La esperanza de vida actual de las mujeres españolas es de 86,34 años! Hace un siglo nadie pasaba del medio siglo, joder. Es toda una proeza social, y personal, llegar a la vejez. ¿Por qué molesta tanto, entonces?
No paran de vendernos, a nosotras, cremas anti-edad. Productos para cuidarnos, dicen. Pero que empiezan insultándonos, rechazándonos, acomplejándonos desde sus etiquetas. Un reflejo perfecto del ideal patriarcal que quiere que estemos siempre jóvenes, siempre atractivas, siempre deseables.
Cumplir años: una historia de amor (propio)
Hace poco, hablando con una chica que no me conoce mucho, bastante más joven que yo, salió el tema de mi cumpleaños. Ella me dijo, como piropo, que no aparentaba cincuenta para nada. «Por si sirve de algo», dijo exactamente. En teoría era un cumplido, pero no lo recibí así. Lo entendí, ojo; no me ofendí ni me sentí incómoda. Simplemente cambié de tema.
Nunca me ha molestado cumplir años. De niña, como todas las niñas, quería ser mayor. Y, no sé muy bien cómo, he ido pasando de década en década deseando las ventajas de la siguiente etapa.
Spoiler: tenía razón.
Mis veinte
Cuando empecé a trabajar, con veintipocos, tenía la sensación de que no me tomaban en serio por culpa de mi juventud. Eso tan valorado fuera, en la calle, se volvía una desventaja en cuanto entraba en la oficina. En las reuniones, en las presentaciones, era «la nena». A veces me lo decían tal cual: niña, nena. Irritante es poco. Era un juego con reglas desiguales.
Con veinticinco me rapé el pelo, intentando parecer más dura, más radical, o más algo —no sé muy bien qué esperaba, pero desde luego buscaba otra reacción del mundo.
No sirvió de mucho, claro. En el fondo, la versión que querían de mí era la otra.
Entonces todavía creía en la igualdad. Todavía pensaba que si no me hacían caso era porque YO no me lo curraba lo suficiente, o porque YO no sabía explicarme bien, o porque YO parecía más joven y eso implicaba aparentar menos experiencia. Inocente… Así que me pasé los veinte dedicada al trabajo.
Y si conoces el mundo de la publicidad, ya sabes lo que eso significa: jornadas infinitas, fines de semana, vida social limitada a la gente del trabajo…
En cambio, fuera del trabajo eso de aparentar menos años era un cumplido. Culturalmente era algo bueno, deseable. Como cuando te dicen que estás delgada. Delgadez y juventud son los dos ideales femeninos. Claro, así nos quieren: hambrientas e inocentes.
«Pues no los aparentas», me repetían, año y tras año. Ese supuesto cumplido, que debía agradecer con sonrisa complaciente, era justo lo que me impedía ascender en mi trabajo, ser tomada en serio, hacerme un sitio. Me impedía, en realidad, tener una vida mejor.
Como siempre, nosotras con deberes extra: buscar el equilibro entre la belleza juvenil y la experiencia profesional. Estamos atrapadas en atrapada en un juego que no podemos ganar.
Mis treinta
Tenía muchas ganas de cumplir los treinta. A mí eso de ser aún joven pero ya madura me apetecía un montón. ¡Me tomarían en serio, por fin! Profesionalmente me parecía un súper momento, porque en mi sector todos los jefes tenían treinta y tantos. (Ojo, todos jefes, no jefas, pero de eso tampoco me daba mucha cuenta entonces.) Me imaginaba controlando ya mi vida, con mi carrera, con la vida resuelta. Pero la realidad fue otra.
A la gente que conocía no le gustaba nada abandonar la veintena, ni siquiera en la ficción. En la pantalla lo pintan como una tragedia. (Ahora mismo me vienen a la cabeza los dramáticos episodios en los que Rachel Green o Ally McBeal cumplían treinta. Casi había que mandarles un equipo de rescate).
Llegaron los treinta. Fui jefa pronto. Y también fui madre. Todo se tambaleó.
Cambié de vida, para ajustarla a las necesidades de mi nueva etapa. Me hice autónoma. Pasé esos años criando, trabajando y embarcándome en proyectos extra. Agotada, básicamente. Así que, en un sentido hedonista, no me enteré demasiado de mis treinta. (Aunque por otro lado, me alegro de haber tenido a mi hija en esa etapa: todavía tenía energía para criarla.)
En cuanto a lo físico y los piropos… cesaron. Cogí «algo» de peso: pecado. Mi cara reflejaba mi cansancio y apenas sonreía: pecado. No tenía tiempo para «cuidarme» (ese «cuidarme» que en realidad significa ser decorativa para los demás): pecado.
Ah, y empecé a hacerme preguntas. Sobre mi vida. Sobre mi trabajo. Sobre el sistema: otro pecado.
Ser madre me enfrentó a lo más bestia de ser mujer. Si hasta ahora me había creído que vivimos en igualdad, el patriarcado llegó a darme la bofetada definitiva. La desigualdad se me hizo tan obvia que no pude volver a cerrar los ojos. Aunque todavía no le había puesto nombre, algo se estaba gestando
Mis cuarenta
Y, sin darme cuenta, llegué a los cuarenta. Cuarentona. Cuarentañera.
Aquí empezó la edad a dejarse notar de verdad. Perdí vista, perdí fondo físico, perdí fuerza… Todavía no era alarmante; es como ir bajando de marcha, lentamente, de manera casi imperceptible. Es como tener que poner un poquito más de ti para conseguir lo mismo, pero sin que te avise.
Vamos, que empecé a notar lo obvio: que sí, efectivamente, el cuerpo tiene límites. Y, otro spoiler: esto no ha hecho más que empezar.
En cambio, en mi aspecto, en realidad, no se notaba un gran cambio. Como mi hija ya crecía, tenía un poquito más de tiempo para dedicar a… mi cuerpo. Y volvieron los piropos, aunque empezaban a transformarse ya en «qué bien te conservas».
Pero, sobre todo, durante esa década tuve una crisis personal. Grande, mayúscula. Mi peor momento vital, sin duda. Toqué fondo. Y empecé a sentir mi cuerpo de muchas maneras, pero no desde el espejo ni desde el gimnasio.
Fui consciente de que mi cuerpo era un objeto para «otros». En muchos sentidos.
Pero, como si fuera una película, justo en ese momento en el que sentía que me ahogaba, encontré mi salvavidas. De color violeta. El feminismo.
Las piezas de mi vida empezaron a encajar. Recuerdo que llevaba años sin leer. Agotada. Las novelas que me dejaban me costaban horrores. Clásicos que «debería» conocer, pero no conseguía disfrutar.
Y entonces, de repente, empecé a leer autoras feministas. Nombres que nunca había escuchado. Me apunté a cursos, a formaciones, incluso a un máster (después de raparse la cabeza, nada refleja una “crisis existencial” como apuntarse a un máster con cuarenta y muchos años). Necesitaba devorar páginas y páginas de pensamiento sobre las mujeres. Y, de alguna manera, me veía en todas ellas. Estaba creciendo.
Cuanto más crecía por dentro, más cambiaba la percepción de mi cuerpo. De pronto, mi ya no era un reflejo, ni un objeto. Era mío. Para moverme por el mundo y disfrutar de él, no para que el mundo lo juzgara (o utilizara). Yo soy mi cuerpo. Y yo soy para mí.
Mis cincuenta
Los cincuenta son los que más he notado en el aspecto físico. Obvio. Estoy perimenopáusica perdida. La distancia con el «hace diez años» es más grande. Y noto que cada vez crecerá más. Y más rápido. Pero también…
Empiezo a sentir algo que envidiaba de otras mujeres maduras. Justo eso: la madurez. Es un concepto curioso, si le pones una pizca de perspectiva feminista.
¿Qué diferencia hay entre envejecer y madurar? ¿Por qué nos repiten una y otra vez que debemos «conservarnos bien»¿ ¿A qué se refieren? Lo que de verdad significa es esto: aparentar juventud e inocencia. Que no crezcas. Que no evoluciones. Que no se te note por fuera y mucho menos por dentro.
Pero, joder, es tan satisfactorio crecer…
¡Es tan satisfactorio crecer!
Aun lucho con mis complejitos, evidentemente. Pero, incluso con ellos, a pesar de ellos estoy contenta. Joder, ¡cincuenta y dos ya! ¡Y los que quedan!
Si los años nos dan experiencia, sabiduría, ¿por qué no es bueno aparentar la edad que tenemos? ¿Por qué creemos que estar estupendas es aparentar menos? Me cuido físicamente para estar fuerte y llegar bien a vieja. Para que mi cuerpo me sirva a mí. Pero no quiero borrar mis años.
Vuelvo a la metáfora: ¿Cremas anti-edad? ¿Qué mierda es esa? Hidratante, solar y poco más. No me voy a obsesionar con borrar mis arrugas. No quiero borrar mi vida.
Celebramos poco la madurez femenina.
Lo veo también en otras. Conozco a muchas mujeres que me encantan, que me aportan, a las que admiro. Muchas de las cualidades que me gustan de ellas se las ha dado el paso del tiempo. Pero, en el cumpleaños, nos centramos en decirles lo bien que se mantienen o lo guapas que están.
En realidad, no es la edad en sí lo que las hace especiales, sino que no dejan pasar el tiempo sin más. Se han esforzado por reinventarse, aprender, hacer terapia, cambiar de trabajos o reciclarse en los que ya tienen. Y lo hacen de una manera que no veo en los hombres.
Tengo varios amigos, buenos amigos, que apenas han cambiado desde la primera vez que los vi: tienen más canas pero piensan igual, se expresan igual, leen lo mismo, se ponen los mismos discos, les flipan las mismas pelis… Tienen más de lo mismo.
Cuando una mujer cumple años, no le decimos: lo agradable que es conversar con ella, porque tiene una experiencia bestial y se le nota. No le decimos que su forma de mirar el mundo es fascinante y nos da nuevos puntos de vista. No le decimos, que se nota que lleva toda una vida diseñando, o cantando, o curando, o haciendo declaraciones de la renta, o cocinando (o lo que sea que hagan) y que ha llegado a un nivel mágico. No le decimos que admiramos cómo ha aprendido a enfrentarse a la vida. No le decimos que es un ejemplo.
No. Cuando una mujer cumple años le decimos: qué guapa estás.
Resumiendo: los cumpleaños significan algo más que el paso del tiempo. Para empezar, significan seguir respirando, y eso ya es más que suficiente. Pero también significan vida, no solo acumulada, sino evolucionada. Cada año que sumamos es una victoria, un nivel más que hemos superado.
Así que celebremos la edad. Celebremos, al menos, que aquí seguimos. Porque, repito: hace un siglo, pocas personas pasaban del medio siglo. Celebremos cada línea, cada arruga, cada cambio. ¡Viva la edad! ¡Viva la madurez! Y, como siempre… ¡viva el feminismo! 😉
¿Y tú cómo celebras tu edad, tu madurez?


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