Feliz día de la madre (que no salió perfecta)

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Ilustración de La madrastra con la manzana, MMedea con una pócima y Clitemnestra con una daga en la mano, representadas de perfil.

Llega tu día. El día en que te mereces un descanso, un ramo de flores y, si hay suerte, que alguien friegue sin que se lo pidas… o sin que se lo recuerdes cuatro veces. 

También es el único día en que el mundo entero omite su opinión sobre cómo lo estás haciendo. Sobre si trabajas demasiado o demasiado poco. Si eres demasiado protectora o demasiado laxa. Si eliges A o B. Si te sacrificas. Si pasas.

Llevamos siglos así. Y no es casualidad.

El juicio más antiguo del mundo

Antes de que existieran las redes sociales, los foros de maternidad y las vecinas con criterio, ya había un sistema muy eficiente para mantener a las madres en su sitio. Relatos. En nuestra cultura occidental se ven claramente en los mitos griegos y en la Biblia. Por eso me gustan tanto hablar de Las Primeras Pecadoras.1 En ellas se asientan las primeras ideas sobre lo femenino. Que son idénticas a las que tenemos ahora… 

Aquellas historias fueron contadas una y otra vez, en el teatro, en las plazas, en las casas; fueron pintadas, grabadas en piedra. Historias que enseñaban, con mucha claridad, qué tipo de madre era aceptable y qué tipo de madre era un monstruo. Que naturalizaron las mentiras que hoy nos seguimos tragando sin masticar lo mas mínimo. 

Ahí van tres relatos: dos mitos y un cuento.

La madre protectora

Clitemnestra era espartana. Su marido, Agamenón, había sacrificado a su hija con doce años para conseguir viento favorable para sus barcos. Y se fue a la guerra de Troya. Ella esperó diez años, gobernando su reino. A su vuelta, lo degolló.

Y lo reconoció, orgullosa: así obré y no voy a negarlo.

Ilustración: Clitemnestra, por Tutticonfetti

El patriarcado la convirtió en el monstruo de la historia. Adúltera. Ambiciosa. Desnaturalizada. Mala madre. 

Su propio hijo Orestes la mató, con ayuda de su hermana Electra. Y cuando ese matricidio fue juzgado, Atenea (ojo, Atenea, una diosa nacida de la cabeza de Zeus, el dioseñoro por excelencia) dictó sentencia: matar al padre es un crimen mayor que matar a la madre, porque la madre no es la verdadera progenitora.

Orestes quedó absuelto. Más que absuelto: convertido en héroe. 

Y ella, nosotras, en vasija.

Eso fue contado así en el año 458 antes de nuestra era. Pero el mecanismo sigue funcionando igual: si una madre protege a sus hijas e hijos del propio padre, el sistema la convierte en peligrosa. Si no acepta que la violencia masculina sea el precio a pagar por su familia, es monstruosa. 

¿Os acordáis de Juana Rivas? De cómo se contó su historia. De cómo el sistema quedó en evidencia… y aún así no pasó nada.

Si Clitemnestra protege… Medea es el límite.

La madre destruida

Luego está Medea. Hija de un rey, nieta de un dios, aprendiz de la hechicera más poderosa del mundo conocido. Medea lo tenía todo. Hasta que llegó Jasón.

La historia de Medea es la historia de un maltratador contada con nombres mitológicos. La sedujo. Le prometió sacarla de allí. La aisló de su familia. Se aprovechó de su poder. Durante años. Y cuando ya no la necesitó, la cambió por una más joven, hija de un rey rico, y le dio dos semanas para recoger sus cosas.

Y entonces la historia oficial dice que Medea se volvió loca. Y que mató a sus hijos.

Pero hay otras versiones. Que fue un accidente. Que los mató para salvarlos de algo peor. Que los mataron los corintios y la culparon a ella, porque era la extranjera, bruja, una culpable perfecta.

Y hasta una versión en la que sí lo hizo, destrozada por dentro, y cargó con ese peso para siempre.

Ilustración: Medea por Tutticonfetti

No sabemos cuál es la verdadera. Sí sabemos cuál es la más conveniente: Medea deleitándose con las lágrimas de Jasón. Porque si ponemos el foco ahí, no paramos a preguntarnos ¿qué la llevó hasta ahí? ¿Qué le pasó a ella antes?

Si una madre llega a un punto de locura, ¿qué hay detrás?

Seguimos haciendo lo mismo. ¿Cuántas veces hemos leído un mensaje de «la ex» y pensado: menuda perturbada, pobre chico? ¿Cuántas veces le creímos a él antes de saber los motivos de ella?

Y tenemos un caso tan mediático como Medea en su día: Rocío Carrasco y su docu-serie Contar la verdad para seguir viva. (Se puede ver en Prime Vídeo)

Pasó lo mismo: durante años fue la loca. Hasta que habló.

Al menos, ella habló.

Ilustración: Rocio Carrasco, por Tutticonfetti

La culpable de repuesto

Y luego está la madrastra. Una figura que fue imprescindible para el sistema: cuando tantas madres morían en los partos, los viudos se volvían a casar. Porque, si no, ¿quién criaba? ¿Quién cuidaba?

En los cuentos originales, no había madrastras. Las abandonadoras, las que competían frente al espejo, eran las madres.

Pero hay explicación. Siempre la hay. Abandonaban por hambre, por no poder alimentar una familia tan numerosa. O competían por sobrevivir. La belleza hoy nos parece superficial. Entonces era supervivencia. Que aparezca una más joven y encima más bella, podía ser tu sentencia de muerte. 

En el siglo XIX, reescribieron los cuentos.

Se acababan de inventar la imagen ideal del ángel del hogar. La madre biológica, entonces, quedó intacta, sagrada, inalcanzable.

Y la mujer viva, la madrastra, la que estaba ahí fregando y criando y resolviendo, se convirtió en la sospechosa.

Ilustración: La Madrastra por Tutticonfetti

Hoy no hace falta que muera nadie para que haya madrastras. Hay divorcios. Hay familias reconstituidas. Hay mujeres que crían hijos e hijas que no son biológicamente suyos, o que conviven con los de su pareja, o que son «la nueva», con todo lo que eso implica. 

Hoy, la madre y la madrastra coinciden.

Pero el cuento sigue ahí, listo para ser activado. Si tenemos un hombre en común, somos competencia. Porque en realidad no es un triángulo. Él está en medio y nos separa.

Lo que celebramos hoy

El día de la madre celebra, en teoría, a las madres. Pero el resto del año celebramos solo un modelo concreto de madre: la que se sacrifica sin quejarse, la que está siempre disponible, la que no pide nada para ella, la que perdona todo, la que nunca tiene sus propias necesidades o, si las tiene, las pone siempre en último lugar. Estamos celebrando un modelo que no existe.

A la que protege a sus hijas e hijos del padre, la juzgamos. A la que llega al límite después de años de destrucción, la llamamos loca. A la nueva pareja de él, sea como sea, la tratamos como a la madrastra del cuento. Lo que tienen en común las tres es un hombre que no se hace responsable de su parte.

Y lo que tenemos en común todas es una sociedad que no nos pasa una.

Mientras, la corresponsabilidad de nuevo suspendida, para septiembre. Las madres siguen cargando con el peso del cuidado, la gestión emocional, la logística familiar, la carga mental. Los padres siguen «ayudando». 

(Sí, ya, hay excepciones. Todos menos ese que tú conoces que lo hace todo, todo. Sobre todo, llevarse los aplausos).

Cuando algo sale mal, la primera pregunta que se hace el mundo es: ¿dónde estaba la madre?

Nunca: ¿dónde estaba el padre?

Feliz día, de verdad. Si eres madre, te deseo algo más útil que flores: que alguien te quite peso de verdad. No que te digan que lo haces genial mientras lo sigues haciendo todo tú.

Y si conoces a una madre a quien han llamado loca, o peligrosa, o mala madre, antes de juzgar, para y piensa. O cuando tu chico te hable mal de tu ex, para y piensa. Son demasiadas locas. Tiene demasiada pinta de patrón. Y ya no cuela. No debería.

Llevan siglos perfeccionando el relato. Llevamos siglos aguantándolo. Y esto va más allá de la maternidad. Va siendo hora de hacer un pacto. Un pacto de mujeres. Un pacto de respeto. Porque, si nos ponemos de acuerdo, podemos cambiar el cuento.

  1. Si te apetece leer más de algunas de las pecadoras, te dejo aquí otros artículos:
    Las primeras pecadoras: Pandora
    Las primeras pecadoras: Lilith
    Las primeras pecadoras: ¿Qué pasó en el Edén?
    Salomé: la historia que, seguramente, nunca sucedió
    Descubre las Primeras Pecadoras: Lecturas Esenciales
    También es uno de mis temas recurrentes en charlas y actividades. Si te apetece enterarte cuando hago una, suscríbete 😉
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