¡Anda, mujer! ¡Nosotras también caminamos!

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Yo no empecé a andar por gusto, por el placer de andar. Lo hacía continuamente, pero para desplazarme de un lugar a otro. Hasta los 31 años no aprendí a conducir. Me saqué el carnet porque quería ser mamá y todo el mundo me decía que era imposible ser mamá sin tener coche. Me lo creí. Y eso que los recuerdos que tenía de mi propia infancia lo desmentían.

Mis recuerdos infantiles

Aunque mi madre conducía, siempre ha andado mucho. Nos cogía a mí y a mis tres hermanos (entonces solo tenía tres, luego llegó uno más) y nos llevaba a pie de un lugar a otro sin ningún problema. Me recuerdo caminando a su ritmo, agarrada a un lado del cochecito de los gemelos, con Marcos agarrado al otro lado. Con mi madre, solo íbamos en coche si salíamos de la ciudad. Nos llevaba al camping, donde pasábamos los fines de semana, por ejemplo. Y conducía muy bien.

Antes de que nacieran los gemelos, mi madre también tenía coche. Un R5 rojo. No lo recuerdo mucho, pero sale en el álbum de fotos. Cuando la familia creció, el suyo y el de mi padre se fusionaron en uno familiar. El Seat 31 «ranchera». Así lo llamábamos entonces, «la ranchera», que es el coche de mi infancia.

Era una gran coche en todos los sentidos. Recuerdo viajar en el «maletero» con varias amigas a las que había invitado a mi cumple, amontonadas. Ahora parece una barbaridad, claro, pero si obviamos el peligro… ¡fue estupendo!

Mi padre siempre se movía en coche. Mi madre andando o en bus (o la llevaba mi padre, si se dormía y llegaba tarde a trabajar, que era muy a menudo. A ella le gustaba andar, pero le gustaba más dormir). Él es un gran chófer, porque le encanta, le chifla conducir. Llámale a cualquier hora, que te recoge y te lleva a donde sea. Una vez, sonó el teléfono. Era mi hermano, desde Finisterre (vivimos en Valencia). Habló, colgó, se levantó y se fue a por él. Lo juro. Lo recuerdo porque me encargué de buscarle hotel para pasar esa noche en Santiago.

Como decía, mi madre caminaba mucho, erguida, estilosa, incansable. Incluso con zapatos de tacón. Todavía tiene unas piernas estupendas. Estoy segura de que nadie la hacía apartarse cuando se cruzaba con ella, como me sucedía a mí constantemente Ya os conté en otro artículo lo que me costó lograr «mis paseos en línea recta».

Yo no ando erguida. Ella siempre me «reñía» por ir encorvada. Creo que iba por el mundo intentando esconderme. Cosas de la timidez.

Bueno, al grano. Como decía antes, no empecé a andar por gusto. Me desplazaba mucho a pie, eso sí. Camino rápido y me cuesta menos llegar así que esperar al bus, soportar el tráfico y tener que interactuar con otros seres humanos. Más cosas de la timidez.

A mí me gustaba correr, la verdad

Sí, lo que me gustaba mucho era correr. No como deportista profesional, ojo, nada épico. Me di cuenta muy joven de que me iba a pasar media vida sentada escribiendo. Y empecé a correr por hacer ejercicio.

Correr es gratis, se puede hacer en cualquier momento, en cualquier lugar, no requiere infraestructura, ni matrículas, ni compañía, ni siquiera necesitaba mucha técnica. Como no tenía ninguna intención profesional, aprendí yo sola a mantener la respiración, a notar cuándo debía dar la media vuelta y volver para no llegar demasiado agotada… solo necesitaba unas zapatillas. Y un sujetador deportivo. Bueno, y unos auriculares mejoraban la experiencia. Podía ponerme la radio y se pasaba la hora como si nada.

Pero, más que lo físico, descubrí que correr (despacito, a un ritmo cómodo, que podía mantener un buen rato) me enganchaba por otras cuestiones. Era una hora solo para mí, para pensar en mí. Se despejaba la mente, ordenaba mis ideas. De hecho, ¡fluían las ideas! (y mi trabajo es tener ideas…)

Empecé a andar por resignación

Lo malo de correr, en mi caso, fueron mis rodillas. Tras varias consultas médicas, plantillas, vitaminas, rehabilitación, etc, me tuve que resignar. Con cuarenta y tantos años, decidí dejarlo y empezar a «andar rápido». Andar no produce ese impacto sobre las rodillas y podía aguantar mucho más tiempo sin dolor.

Así que empecé a salir a andar casi a diario, resignada. Me parecía menos serio, menos «atlético». Aunque pronto me sorprendió que, aquello que me gustaba de correr, se mantenía ahí… Oye, me despeja. Me ordena la mente. Me gusta mucho pensar andando. Cuando me bloqueo trabajando, cierro el portátil y me voy a andar. Es como tener unas pequeñas vacaciones diarias.

Acabé andando por convicción

A veces cuesta encontrar tiempo. Para que valga la pena has de sacar, al menos, una hora al día. Y cuesta. En mi caso, pensé que, ya que es tan fácil de hacer, más incluso que correr, lo iba a integrar de verdad. Es decir, no va a ser «un deporte», sino una parte de mi vida, de mi día a día. Esto me llevó a otras dos decisiones:

  1. Cada vez que tengo que ir a algún sitio «lejano», reunión de trabajo, ocio con amigas… acudo andando. Y me sirve de paseo diario. Es como aprovechar el tiempo. Cada vez que visito a mi madre y mi padre, él se ofrece a llevarme en coche. Siempre. Es divertido. Y siempre le respondo: no, prefiero ir andando.
  2. Para poder cumplir eso, siempre, siempre, siempre debo ir preparada. Andar no requiere planificación, pero hay algo importante: los pies. El calzado ha de ser adecuado, con buena suela, cómodo, que sujete bien el pie pero que no apriete… Así que decidí que siempre, siempre, siempre iría por la vida con zapatillas. Otro detalle que mejoró mi calidad de vida.

Ah, hace no mucho también descubrí que el senderismo mola. Reconozco que antes no le veía la gracia, me parecía de gente mayor y aburrida… ya ves. Ahora me fascina. Igual porque me he hecho mayor y aburrida. No lo hago muy a menudo, porque hay que salir de la ciudad y eso sí requiere cierta preparación. Pero sí, lo he integrado entre mis aficiones.

Y ahora me ha dado por leer sobre andar

El otro día publiqué un audio-artículo sobre mis paseos en línea recta. El artículo original lo escribí hace más de un año y casi lo había olvidado. Y en pocos días el tema de andar me aparecía con diferentes formas:

Acababa de descubrir «metrominuto«, una web donde fomentan caminar como método de desplazamiento urbano. Tienen planos de varias ciudades con las distancias medidas en minutos andando. Parece un plano de metro, pero cada tramo es una distancia a pie. ¿No es fantástico?

Y acaban de publicar el de Valencia. Entra a cotillearlo y verás cuántas poblaciones hay. Puedes descarga los que quieras. ¡Qué parece moverse a pie por cualquier ciudad!

Esa misma semana, en una charla sobre otro tema, alguien nombró un libro que me llamó la atención: La revolución de las flaneuses, de Anna Mª Iglesia. Tomé nota.

En cuanto llegué a casa, abrí el ordenador y busqué el libro. Y pensé, qué casualidad, todo me lleva a pensar en lo mismo. Y me puse a buscar más lecturas sobre el andar, el caminar, el viajar a pie. Hay mucha literatura sobre el tema y, ostras, igual no te lo crees (modo irónico) pero casi toda está escrita por hombres. Hay muchos paseantes famosos. Sí, desde los peripatéticos, en tiempos de Aristóteles, Rousseau, los Flaneurs, peregrinos religiosos… ellos han andado, han pensado caminando, han escrito sobre andar y pensar y… ¿y ellas? ¿Qué han hecho ellas? ¿Quién nos lo cuenta?

He encontrado estos libros, que he añadido a mi lista. He empezado dos (uno en audiolibro, mientras paseo; qué maravilla). Aquí los dejo. Hay reflexiones sobre el andar. Algunos más prácticos y otros más espirituales. Memorias. Y para ampliar más el tema, he añadido varios sobre urbanismo feminista. Si conoces alguno más, envíame la referencia.

Wanderlust. Una Historia Del Caminar, de Rebecca Solnit. Está en audio-libro. Yo lo estoy escuchando mientras paseo. No se me ocurre un homenaje mejor. Lo único malo, por quejarme de algo, es que la voz es masculina. Hubiera preferido imaginarme que me lo está leyendo ella, una «ella» al menos.
52 maneras de caminar: Descubre los beneficios físicos, emocionales y espirituales del arte del paseo, de Annabel Streets, en lectura convencional. Es más práctico, lleno de consejos: andar en verano, en invierno, en la nieve, en la playa…
La revolución de las flaneuses, de Anna Mª Iglesia. El famoso flâneur recorría las calles de París del siglo XIX. Pero, ellas también existieron. Querían ocupar el espacio urbano pero no como objetos que han de ser mirados. «Querían mirar, estar, existir en solitario, derecho a la autoría. Este repaso por la historia de las flâneuses, que incluye a nutrido grupo de escritoras y activistas, es de plena vigencia hoy»
El arte de leer las calles: Walter Benjamin y la mirada del flâneur, de Fiona Songel Clark. Un recorrido histórico desde las calles decimonónicas de París o Berlín, que desemboca en una propuesta de renovación encarnada en figuras como la flâneuse ?observadora femenina?, así como en nuevas formas de entender esta práctica desde atalayas emparentadas con dinámicas y realidades actuales. 
Camina: Recorre el mundo, el cuerpo y la mente. Paso a paso, de Libby DeLana. Dicen que es «nos invita a descubrir el efecto transformador de caminar diariamente. Una forma de autocuidado radical»
Y que es un libro «sabio y conmovedor que transmite con fuerza una sencilla verdad: poner un pie delante del otro es un acto transformador. DeLana escribe con perspicacia, corazón e ingenio»
El sendero de la sal, Raynor Winn. Tras descubrir la enfermedad terminal de marido y de perder su hogar, Raynor tomó una decisión audaz: recorrer las 630 millas del Sendero de la Costa Sudoeste de Inglaterra. Con poco dinero y solo lo esencial, enfrentaron la dureza del camino y encontraron en la naturaleza una forma de sanación.Es una historia real sobre pérdida, resiliencia y el poder transformador del entorno natural.
Salvaje, de Cheryl Strayed, se ha convertido en un clásico de las memorias y la superación personal. En 2014 estrenaron la peli protagonizada (y producida) por Reese Witherspoon. En 2016, Lorelai, en «Las Chicas Gilmore», también decide emprender un viaje similar, para encontrase a sí misma… sin éxito. Aunque su experiencia es más cómica que dramática. La historia tiene tanto éxito porque combina aventura, introspección y la conexión con la naturaleza como vía de sanación.
La mujer invisible: Descubre cómo los datos configuran un mundo hecho por y para los hombres, de Caroline Criado Perez. La autora explora desde la medicina hasta la infraestructura. Cuenta cómo el urbanismo ignora las necesidades femeninas, con calles poco seguras y transporte pensado para trayectos masculinos. Un análisis impactante sobre cómo los datos sesgados afectan la vida cotidiana de las mujeres. Por supuesto, también el tema que nos ocupa hoy: andar por la ciudad.
Seguimos con libros sobre urbanismo feminista. este ya lo he citado en otrso artículos. Ciudad feminista: La lucha por el espacio en un mundo diseñado por hombres, de Leslie Kern. Aparte de explicar muy bien eso del diseño en masculino, me encanta el capítulo dedicado a las amigas. Solo por eso ya vale la pena.
Urbanismo feminista: Por una transformación radical de los espacios de vida. de Punt 6 Col·lectiu. Ojo: de descarga gratuita. Expone y critica el diseño urbano, que refleja la unión entre patriarcado y capitalismo, excluyendo a mujeres y otros grupos. Propone una ciudad cuidadora, sostenible y participativa, donde las decisiones respondan a la diversidad y necesidades reales de la población.
Ahora, reivindicando un clásico: Muerte y vida de las grandes ciudades, de Jane Jacobs, fue publicado en 1961 y revolucionó el urbanismo. Critica la planificación moderna que destruye comunidades y defiende ciudades vibrantes, diversas y centradas en las personas. Destaca la importancia de la vida en las calles, el comercio local y la participación ciudadana en el diseño urbano.
Y cerramos con uno bastante actual: La ciudad de los cuidados, de Izaskun Chinchilla (2022), que propone un urbanismo más inclusivo y sostenible, centrado en las necesidades reales de las personas. Critica el modelo actual, diseñado desde una perspectiva masculina y productivista, y plantea soluciones para crear entornos más equitativos, accesibles y adaptados a la diversidad de la vida cotidiana.


Un día de estos, cuando hayamos tenido tiempo de leer un poco, podemos hacer unos paseos por Valencia o más allá, mientras los comentamos. Como peripatéticas, como flaneuses, como caminantas que hacen camino al andar…

Si quieres leer (o escuchar, lo que prefieras) mi artículo “¿De quién es la calle? Mis paseos en línea recta”, aquí tienes el enlace.


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One response to “¡Anda, mujer! ¡Nosotras también caminamos!”

  1. […] unos meses publiqué Anda, mujer: nosotras también caminamos. Allí presumía de uno de mis logros más destacados: salir a andar casi a diario. Confieso que, […]

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