No gustarse en las fotos

Published by

on

Todavía era bastante joven cuando pasó a ser habitual: ese momento en que te ves en una foto y te ves fatal. ¿He dicho una? Me pasaba en todas. Entonces eran fotos en papel (sí, hace bastante). Llegaron las cámaras digitales y la cosa fue a peor, porque hacíamos más y más fotos y se multiplicaban los fallos: ese michelín, esas ojeras, esa tripa, esa cara hinchada, esos antebrazos enormes, ese pelo chafado que hacen que odie esa maldita foto, que me odie a mí, porque yo no quiero ser así. O, si lo soy, no quiero saberlo. 


Entonces pensaba: si saliera solo yo, si fuera solo mía, la rompería o la borraría. De hecho lo hago a menudo (quién no borra nueve de cada diez fotos propias). Pero a veces no podía, era el único recuerdo del cumpleaños de alguien, del primer o ultimo día de algo, de un viaje, era la única en la que salía esa persona… Así que decidía no mirarla más y a otra cosa, mariposa. 

El tiempo pasaba y, tras un año, dos, tres, volvía a mirar la misma foto y ya no me disgustaba. A ver, no es que fuera la mejor foto de mi vida, claro, pero no la veía igual que en aquel momento. Esa tripita ya no es para tanto, esa cara ya no está tan hinchada, esos antebrazos están estupendos… y así con todo. Pero entonces aparecía otra foto mía, de ayer, y vuelta a empezar: no me gusta nada, mira esa tripa, esos antebrazos, bla, bla, bla. El argumento absurdo era que antes me equivocaba, estaba bien, pero que ahora es real, ahora soy un asco.

Igual es porque soy de darle vueltas a todo e intentar escudriñar esos procesos, a ver por qué narices siento las cosas que siento. El caso es que al final llegué a una conclusión bastante evidente: cada vez que no me gusto en una foto es un efecto temporal. Empecé a decirme, bueno, dentro de tres años ya no te disgustará, je. Me di cuenta de que miraba con más objetividad esas fotos pasadas, como si ya no fuera yo, como si mirara a otra: con menos exigencia y con menos crueldad. Eso por un lado. Por otro lado, también me di cuenta de que, efectivamente, cada vez que me veo en una foto, lo primero que hago es buscar mis defectos. Igual que cada vez que me miro en el espejo. Me paso el escáner patriarcal. Me acostumbré a hacerlo incluso antes de que llegara la adolescencia y todos sus cambios físicos, y empecé a jugar con diferentes grados de impiedad. Lo hacemos todas porque, ya sabes, no podemos evitarlo, nos han educado así. Y es bastante insano. Lo que no sabía entonces es que no era una cosa mía…

Esta es la última foto en la que, al verme, me gusté, sin más. Debía tener diez años y, ya, estoy monísima, pero luego también, sin embargo, nunca más me sentí así. A partir de ese momento, empecé a buscar con lupa cualquier excusa para odiarme, como si fuera obligado autoflagelarme.

«Cómo te ves» no es igual a «cómo eres», y no es igual a «cómo te sientes». Ay, cómo te sientes, eso sí lo es todo

¿No te pasa que ves una foto y recuerdas exactamente lo que estabas sintiendo en ese momento? Yo lo recuerdo, con muchísima precisión en algunos casos. Ahora, en las fotos de antes busco mi mirada. Hay veces que, aunque me guste cómo salgo, sé lo que sentía y, jo, me dan ganas de darme un abrazo. Puedo recordar la tristeza o la necesidad de afecto que había detrás. Perfectamente. Y me miro con cariño. Con veintipocos años, tuve una foto favorita, que me encantó desde que la revelamos porque me veía «guapa». Ahora la miro y veo el abandono emocional que sentía en aquel viaje, vuelvo a estar sentada en las escaleras traseras de aquella impresionante catedral, sintiéndome invisible, sorprendiéndome de que el objetivo de la cámara, por fin, se dirigiera a mí sin que tuviera que esforzarme por llamar su atención. Esa foto captó un segundo de felicidad, que duró lo que tardó en hacer «clic». Entonces, ¿es mejor salir bien o estar bien?

Por eso, ahora, cada vez que me veo en una foto nueva y se me van los ojos a la papada (uno de mis nuevos complejos, siempre hay nuevos complejos) me fijo en otras cosas. Sobre todo, intento centrarme en cómo me sentía, porque, ahora, muy a menudo es ¡bien! Me voy arrugando pero me siento mejor. Igual que cada vez que me miro en el espejo a ver si tengo más o menos tripa, que todavía lo hago, buf, e intento acariciarla con cariño. Ya no me molesta (tanto). Al menos ya no la odio. Porque ya no me odio.

Dejar de odiarme fue una decisión

Decidí tratarme mejor cada vez que me mirara y, oye, todo cambia. No sin esfuerzo, hablamos de años de entrenamiento. Actualmente, si me lo propongo, puedo llegar a verme estupenda, depende del día. Ojo, no es una cuestión de cumplir con los cánones de belleza o no. Porque mi gente cercana me dice a menudo: «pero es que tú estás muy bien». Puede ser, puedo ser bastante normativa (esa palabra), pero te aseguro que de joven estaba igual de estupenda o más, mucho más, y yo no lo tenía nada claro. Hoy no hablo de cánones de belleza, eso para otro día. Estoy hablando de que incluso las mujeres más espectaculares, según nuestros cánones, seguro que hacen lo mismo: se miran y buscan el fallo. Se odian.

No, no es que me haya quitado todos mis complejos, ¡para nada! Siempre digo que el feminismo me salvó la vida en muchos aspectos. Ese es uno. Ahora, intento convivir con esos complejos, aceptarlos. No sé, igual suena exagerado, pero entender por qué las mujeres nos odiamos me ayudó a mirarme de otra forma, no solo a verme desde fuera y con unos ojos que no son los míos. Si lo piensas bien, nos miramos con los ojos de un viejo verde. Puaj. ¿Recuerdas una canción que se hizo viral de Jax, Victoria’s Secret? Aquí te la dejo. Ese señor que vive en Ohio, está instalado también en nuestras cabezas y opina por nosotras cuando nos miramos al espejo. Casi na.

«Psst, conozco el secreto de Victoria y, niña, no te lo vas a creer: Ella es un anciano que vive en Ohio, que gana dinero con chicas como yo, aprovechando sus problemas corporales, vendiendo piel y huesos con grandes tetas…»

Además, sería imbécil si pensara que, si no me acepto ahora, me aceptaré algún día

Esto va a más, ley de vida, cada vez habrá más cosas que criticar de mí misma, más canas, más arrugas, más manchas, más michelines… Es lo que tiene seguir respirando. Y es lo que tiene el cuerpo, que se empeña en reflejar los años por más que nos empeñemos en disimularlos. Eso es la edad, vista desde ese ángulo: sumar años es sumar distancia con una belleza irreal, absurda e imposible. Pero seguir viva aporta muchas cosas.

De nuevo, puedes seguir luchando contra la edad, que es lo mismo que seguir luchando contra ti misma, contra tu amor propio. Puedes decidir seguir las tendencias del mercado, odiándote siempre y comprando más productos cosméticos que no te darán la felicidad, tapando lo que no te gusta con más maquillaje o pinchándote para borrarlo temporalmente, incluso operarte… Puedes meterte en el mar e intentar parar las olas con tus propias manos y enfadarte porque no lo logras y seguir empeñada en conseguirlo. O puedes meterte en el mar y disfrutar del baño. He decidido que prefiero concentrarme en lo bien que he llegado hasta aquí: puedo agacharme si se me cae algo, puedo pasar cuatro horas andando por la montaña, puedo hacer un sprint si veo que llega el autobús, puedo subir andando hasta el cuarto si se estropea el ascensor, puedo bailar, saltar, vestirme sola, montar muebles, incluso abrir botes, con esfuerzo, pero lo consigo. Eso es el cuerpo, posibilidades. Mi cuerpo es un privilegio.

Sobre todo, intento acostumbrarme a darle la vuelta, a mirarme y decirme: chavala, ¡estás en el mejor momento del resto de tu vida! Así me dan ganas de disfrutarme y quererme más

Seguramente tú tampoco eres la mejor amiga de esa que ves en el espejo cada mañana. Si esta reflexión desordenada te ha servido para pensar en ello, guay. Si quieres leer algo más, hay un clásico del feminismo, El Mito de la Belleza, de Naomi Wolf, publicado en 1990 que desvela los mecanismos patriarcales y capitalistas que hacen que nos despreciemos. Y tan actual como el patriarcado mismo. Otro día lo desgranaremos, hoy solo necesitaba desahogarme, no sé por qué. Igual escribo esto porque me he despertado con la tripa hinchadísima, y necesito convencerme a mí misma, otra vez, de que no pasa nada. Así que puede que esto sea una de mis ultimas reflexiones pre-menstruales. Tómalo así.

En realidad, para mí va mucho más allá, dejar de maquillarse, tintarse, depilarse o decorarse compulsivamente también es político. Porque eso que tardé tanto en entender, por más que pensara en ello, es que no soy yo, es el puñetero sistema. Así que acabaré con unas palabras de Naomi, para darle un toque más racional y reivindicativo a la reflexión de hoy 😉

«Cada vez más mujeres empiezan a pensar que no se trata de que estén neuróticas y solas, sino que hay algo muy importante que está en juego, algo implícito en la relación entre la belleza femenina y la liberación de la mujer»

Naomi Wolf, El mito de la belleza (1990)

Como siempre, te invito a que leas más y más sobre feminismo. Si te apetece probar con el libro de Naomi Wolf, aquí tienes un enlace directo.


Descubre más desde pecados patriarcales:

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

One response to “No gustarse en las fotos”

  1. […] fin, ya he hablado antes del precio de no gustarse en las fotos, de cumplir años, de educar a las niñas para gustar y cuidar, de ir por la vida andando sobre […]

Deja un comentario

Descubre más desde pecados patriarcales:

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo