(libros) Del mansplaining a la violación en un par de mitos

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El mansplaining es uno de los conceptos más interesantes del feminismo, por acertado y habitual. Y porque ha logrado que deje de pasarnos desapercibido el silenciamiento y el desprecio que sentíamos a diario. Muchas pensábamos que nos sucedía por nuestra propia incapacidad para hacernos escuchar, o para explicarnos mejor. Hasta que conectas: ah, esto también nos pasa a todas, esto también lo hacen todos… Nunca eres tú, amiga, siempre es el patriarcado.

Pero es la puntita del iceberg. Por eso me apetecía conectar cada una de esas pequeñas interrupciones con la cultura de la violación, con la falta de credibilidad de la voz femenina, entre otras ideas. Voy a apoyarme en dos autoras: Rebecca Solnit y Mary Beard, para que aporten el fondo serio. E intentaré que no quede muy seria la lectura.

  1. Empecemos con el mansplaining, que nos abrió los ojos
  2. Con Telémaco empieza todo
  3. Penélope, la mujer ideal que espera sin rechistar
  4. Medusa, víctima convertida en culpable, incluso antes de hablar
  5. Moraleja: si te violan, calla. Y calla para que no violen
  6. Resumiendo: los tres niveles del silencio
  7. Si el poder tiene voz masculina, cambiemos la estructura

Empecemos con el mansplaining, que nos abrió los ojos

Otra ventaja de este concepto es que resulta un poquito ridículo, divertido (y las cosas sin gracia con humor entran mejor). Imagina: tertulia, señor mayor, rico, trajeado, seguro de sí mismo explicando a una mujer más joven el significado verdadero de un libro… sin saber que justo esa mujer, que escuchaba paciente, perpleja, era la autora de la obra que él comentaba. Era Rebecca Solnit, y esa escena inspiró su posterior libro: Los hombres me explican cosas, donde se bautiza oficialmente ese bendito término, mansplaining, que en español podemos traducir como “macho-explicación”. (Gracias, señor mayor, su arrogancia sirvió para algo).

Otra anécdota: Valencia, primavera de ¿2018?, ¿2019? Solecito, un grupo de amigas y amigos de aperitivo en una terraza… y sale el tema del feminismo, cómo no, en aquel momento. Una de mis amigas pregunta qué es exactamente el mansplaining y cuando otra empieza a contestar (la más formada y leída del grupo, muy académica, mucho) es interrumpida por un miembro masculino de mi manada (manterrupting), que se lanza a explicarnos a todas eso de un hombre que explica cosas que ya saben las mujeres, en plan condescendiente. La mejor definición que he escuchado, un meta-mansplaining, ejemplo práctico incluido.

Hasta aquí es gracioso, visto así. A todas nos explican, a todas nos ignoran, a todas nos callan de diferentes formas. Pero estas pequeñas machistadas no son nada pequeñas, nada inocentes. Son la base que permite llegar a otras formas de callarnos más violentas… ¿Siempre ha sido así? ¿Cómo empieza esto? ¿Por qué nos parece normal?

Con Telémaco empieza todo

La historiadora Mary Beard, en Mujeres y Poder. Un manifiesto, relata la falta de voz de las mujeres a lo largo de la historia y la trae a la actualidad, para explicar esa conexión del silenciamiento con nuestra falta de poder. Empieza contándonos el primer caso documentado de manterrupting. En el Canto I de la Odisea de Homero, donde Telémaco, hijo de Ulises, le dice a su madre, Penélope :

¿Por qué es tan interesante ese párrafito puesto en la boca de un adolescente? Porque desvela varias cuestiones estructurales, digamos, se le ve el plumero al sistema. Primero, establece la división de lo doméstico y lo público. Tú a las labores de casa y los hombres al relato y al gobierno (lo público, lo importante).

Segundo, porque el niño Telémaco se hace mayor callando a su madre, como llevando a cabo un rito de paso a la edad adulta. ¡El hombre se hace hombre cuando domina a la mujer!

Tercero, ella, si bien se pasma, en vez de castigarle sin postre, obedece sin rechistar y se retira «hacia dentro de la casa», naturalizando el hecho patriarcal de que el ámbito de las mujeres es ese, el hogar. Fíjate, el patriarcado resumido en tres líneas. División de género, violencia masculina y naturalización de la sumisión femenina.

Telémaco, vaya chafón, con lo que me gustaba a mí ese rubio de rizos cuando veía Ulises 31. ¡Cancelado! Es muy significativo ese texto. Es muy significativo todo lo que sabemos de la Grecia clásica porque, aunque nos suena tan lejano, tan pasado, es uno de los pilares de nuestra cultura. Marvel no ha inventado nada. Ni Juego de Tronos. Ni los cantautores como Serrat, ni los poetas como Neruda. Todas nuestras ideas acerca de cómo son (quieren que sean) las mujeres y cómo son (más quisieran ellos) los hombres se encuentran ahí, en esos mitos, en esas odiseas… Da igual si son ciertas o no; da igual si lo de Troya sucedió o no, o cómo fue; si las amazonas existieron o no; lo interesante es que escribieron lo que querían que creyéramos, lo que querían que fuera una verdad social.

Penélope, la mujer ideal que espera sin rechistar

Penélope es la imagen que nos llegó de la esposa ideal, de la mujer ideal. Calladita, quietecita, tejiendo y esperando a su amado, que se pasó casi veinte años viajando, viviendo aventuras y follando todo lo que quiso. Y nos han contado esa relación como un modelo del amor incondicional. Todavía se venera a las Penélopes. La de Serrat es la versión moderna y de clase obrera, la pobre todo el día en la estación, años y años con su bolso de piel marrón (no había Zara entonces).

En el espacio doméstico la mayoría callaba, porque entre la casa, la crianza, la alimentación… en fin, hay tanto trabajo que, no es que no quisieran alzar la voz, no les quedaba aliento. Por si acaso, para nuestros pequeños amagos de hablar: ignorarnos, hacer como que no han escuchado nada ( y si es interesante, se lo apropian), ningunearnos, menospreciar nuestras palabras, insultarnos, ridiculizarnos, sea en privado o, mejor aún, en público. Y por si no funciona el estilo Telémaco, un pasito más…

Medusa, víctima convertida en culpable, incluso antes de hablar

Para apoyar el aleccionamiento previo de las mujeres ideales, están los finales terribles de las malas mujeres, como advertencia. Incluyen varias estrategias de castigo para aquellas que no han querido callar, con diferente nivel de violencia según el caso, desde la humillación pública hasta la muerte violenta. Y pasa por todo tipo de torturas y barbaridades, iniciadas también en aquellos mitos griegos. Mary Beard destaca el caso de Medusa, porque les ha dado mucho juego, incluso en la actualidad.

Medusa, la historia de siempre: había una vez una hermosa jovencita y un señor poderoso y viejo, Poseidón, que se puso cachondo al verla y, como entre tantos poderes no destacaba el de la contención, la viola. Naturaleza masculina, ya tú sabes. Pero esto pasó en el templo de Atenea1, que es como la Victoria Kent2 de la Grecia antigua. Si nos fuéramos de copas con Atenea, sería la típica que suelta frases como: «las mujeres somos las peores enemigas para otras mujeres». «Pues yo no creo en las cuotas, yo me lo he currado y he conseguido ascender, que se lo curren las demás». En fin… Atenea coge a la jovencita vejada y la convierte en un monstruo: le cambia el pelo por serpientes y le regala la maldición de convertir en piedra a quien mirase, así no podría seducir (¡seducir ella!) a nadie más. Fin de temporada. En la segunda temporada llega Perseo, otro señor que se va de aventuras, por sus propias movidas familiares, y necesitaba superar un reto de esos épicos de verdad. A los griegos les gusta mucho convertir en monstruos a las malas mujeres y luego inventar escenas gloriosas para castigarlas.

Al final, Perseo le corta la cabeza a la pobre Medusa, con un truco que le chiva Atenea, mirándola a través del reflejo del escudo. Y esa imagen es de las más repetidas de la historia, usada para hacer memes cada vez que se quiere ridiculizar a una mujer pública. Donde ves la cara de Medusa, puedes poner a Hilary Clinton o a la que te apetezca mancillar hoy.

Moraleja: si te violan, calla. Y calla para que no violen

La amenaza de violación se ha convertido en una forma de silenciamiento específico. Es el miedo por excelencia que planea sobre nuestras cabezas desde niñas, impregna el ambiente mientras crecemos, mientras nuestro cuerpo cambia y nos convertimos, nos dicen, en un objeto de deseo y nos culpan y castigan por ello. Seremos como Medusa, feas, malas y con un trágico final. Mientras, la violación se usa como excusa para hacer arte, en los cuadros de antes, en las series de ahora. Los cuerpos de mujeres violadas y asesinadas se nos muestran como algo hermoso en la pantalla, casi sensual. Desde Laura Palmer… ¡cuántos bellos cadáveres hemos visto ya! Todo forma parte de esa cultura de la violación.

(Paréntesis: por cierto, sobre una amenaza cutre y salchichera… ¿cuántas veces tenemos que escuchar que lo que necesitamos en una buena polla? Como si al penetrarnos fuéramos a levitar y a sentir la iluminación divina. Con esa diabólica idea también hicieron desaparecer el clítoris de nuestro imaginario, silenciando de paso el verdadero placer femenino. Pero de eso hablaremos otro día.)

Resumiendo: los tres niveles del silencio

Rebecca Solnit ordena esto en tres niveles de silencio. El primero es la autocensura, las inseguridades, los miedos que nos impiden hablar. Todo eso que se va gestando con tanta interrupción, con tanto ninguneo, con tantos mitos en sus versiones modernas. ¿De dónde crees que se alimenta el síndrome de la impostora? Y por crecer sin referentes de voces poderosas femeninas.

El segundo nivel, las fuerzas que desde fuera nos silencian, desde la humillación pública a la violencia física. Noticias de mujeres que denuncian y no consiguen nada. Noticias de mujeres castigadas por hablar. Mitos antiguos revisitados una y otra vez en la vida real. La moderna quema de brujas en la que se han convertido las redes sociales para las mujeres con discursos feministas. ¿Has visto Nevenka, en Netflix? Un gran ejemplo de toda esta estrategia patriarcal.

Por último, cuando los relatos pasan a la historia y esa mirada patriarcal se encarga de borrar la voz femenina, cuando no directamente su existencia. La historia de Medusa fue contada por ellos y la perspectiva era muy diferente de la que hemos visto aquí. Medusa era un monstruo. Los detalles previos eran anecdóticos. Medusa mala. Punto. Y aquí viene al pelo otra recomendación, un podcast: Escucha el capítulo 6 de Divulvadoras de la historia: Cómo ocultar a las mujeres. Flipa.

Si el poder tiene voz masculina, cambiemos la estructura

Total, que el relato ha estado en manos y en la voz de los hombres. Y sigue así. De hecho, incluso la propia voz masculina, grave, es el símbolo de la autoridad. Fíjate en las voces que se usan para los anuncios: credibilidad en masculino, sensualidad en femenino. Mary Beard explica que la voz de la autoridad es masculina porque llevamos tres mil años asumiendo esa asociación. En la historia, las mujeres con voz la han tenido de una forma muy concreta, empezando por «darles permiso» para hablar. Destacan sobre todo como víctimas, mujeres llorando, mujeres pidendo auxilio, que ese relato sí interesaba. Las que tenían voz por ellas mismas, eran masculinizadas…

«La reina inglesa Isabel I se dirige a las tropas en 1588 ante la llegada e la armada española: Sé que tengo el cuerpo de una mujer débil y frágil, pero tengo el corazón y el estómago de un rey, el de un rey de Inglaterra»

«Margaret Thatcher reeducó su voz, demasiado aguda, para darle el tono grave de autoridad que sus consejeros creían que le faltaba».

Mary Beard.

Si le damos, incluso nosotras, más valor a la voz masculina es solo por costumbre. Y quien dice voz, dice mirada, dice relato… Si pasáramos una larga temporada escuchando, leyendo, viendo lo que hacen las mujeres en vez del cansino relato masculino, otra gallina cantaría. En el apartado Tentaciones de esta web, hay un Cuaderno de ejercicios. Uno de ellos es: Elige series, libros, exposiciones, podcast… hechos por mujeres. No digo yo que así vayamos a acabar con el patriarcado, pero sí te aseguro que apoyando a otras mujeres, para que sirvan de referencia, que sean rentables en la literatura, en el cine, en los medios de comunicación, en la investigación, en el deporte, en las empresas… el reparto económico empezaría a ser otro. Y el dinero es el principal motor del mundo que nos ha tocado. Cada euro es político. Nuestra mirada cambiaría, nuestra voz cambiaría.

Conclusión: necesitamos aprender técnicas para alzar la voz en lo cotidiano, cuando nos interrumpen o nos explican lo que ya sabemos, para empezar a boicotear el sistema. Yo iré pensando sobre esto. Si se te ocurre alguna, déjala en comentarios. Me encantaría recopilar muchas ideas en un nuevo artículo, que bien se podría titular: Cállate tú, Neruda.

(Foto «prestada» de Infobae. No he encontrado la fuente original)

  1. Atenea es la hija de Zeus. Fue una de las pocas mujeres con poder en el Olimpo. Nació de la cabeza de su padre (¡!), ya toda vestida ella de guerrera y lista para obedecer. No mostraba ningún interés en la belleza o en el amor. No tuvo pareja ni descendencia. Y el de Medusa es solo uno de los muchos mitos en los que la diosa se pone del lado del patriarcado. El poder siempre ha necesitado mujeres así, qué le vamos a hacer. ↩︎
  2. Victoria Kent ​fue una abogada y política republicana española. Es recordada, pobre, por oponerse al voto femenino en el famoso debate de 1931, cuando Clara Campoamor, menos mal, fue la que salió «victoriosa» (je) y consiguió el sufragio para las mujeres españolas. ↩︎

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5 respuestas a «(libros) Del mansplaining a la violación en un par de mitos»

  1. Avatar de Ona Cirerer

    Neruda, ese violador.

  2. Avatar de Maldita Pecadora

    Sí… Neruda, ese (otro) violador.

  3. […] Sí, las hay, claro. Participan de él, lo reproducen. Seguramente porque de no actuar así no lo hubieran logrado; y no se les permitiría permanecer en él. Margaret Thatcher es un buen ejemplo porque tenía un estilo de liderazgo muy patriarcal. Se tuvo que adaptar a ese sistema. Incluso tuvo que modificar su tono de voz, como explica Mary Beard en «Mujeres y Poder». (lee este otro artículo en el que comentamos ese li…. […]

  4. […] que también conoces el término «mansplaining», la macho-explicación… Rebecca Solnit dedica otro libro a este concepto: Los hombres me […]

  5. […] propia Mary Beard lo cuenta en Mujeres y poder (ya os hablé de ese libro aquí). En la Odisea, Penélope le pide al aedo, el señor que canta, que cambie de tema, que lo de Troya […]

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