Es 1748 y estamos en Montauban, más allá de Toulousse. Allí nació una ideóloga feminista, cuando todavía no llamábamos feminismo a nada. Era Marie Gouze, de familia humilde (aunque, toma nota de esto que es importante: hija ilegítima de un marqués, el de Pompignan).
Marie debió tener una infancia normalita para el momento. La casaron a sus dieciséis años con un señor mucho mayor, algo bastante habitual. Y antes de los veinte ya era madre y viuda. Menos mal, porque ahora viene lo interesante: decidió negarse a seguir el guión que el patriarcado había escrito para ella. ¡Ja! Cogió la pluma y escribió la revolución.
Practicó el feminismo por instinto. Para iniciar su nueva vida, cambió el apellido de su marido por el segundo nombre de su madre, Marie-Olympe. Se trasladó a París por amor, o gracias al amor, o aprovechando algo parecido al amor: el caso es que conoció a un oficial de la marina que pasaba por allí y fue el motivo o la excusa para mudarse a París; la relación fue larga, incluso tuvo otra hija con el elegido, Jacques Bietrix de Roziere, pero se negó a casarse con él, a ser un objeto, a obedecer a un hombre. Incluso dejó bien claro, por escrito que el matrimonio era “la tumba de la confianza y del amor” y la felicidad de una mujer pasa por su libertad.
Mientras tanto,
la ilustración. París. Todo el mundo pensaba, opinaba. Las mujeres organizaban tertulias mixtas en sus propias casas, espacios donde los famosos filósofos pudieron discutir aquellas ideas revolucionarias. Y sí, las mujeres estaban allí. Por primera vez, podían imaginar un futuro diferente para ellas.
En París, se atrevió a pensar. Allí conoció a la élite intelectual y a aquella «campesina» se le abrió el mundo y… casi se lo comió. Aparecía en el «Quién es quién” (1774) de París. Disfrutaba reflexionando, conversando, siendo escuchada. Pero también veía, a su alrededor, montañas de injusticias y de pobreza que no soportaba. Comentaba todo lo que vivía. Empezó cruzando cartas con su madre, su hermana… Sin saberlo, estaba dando forma a su vocación.
Aquella «campesina” necesitaba escribir. Lo hizo. Y sin saber escribir, decían, incluso con faltas de ortografía. Nada le paró. Escribió teatro (fundo incluso su propia compañía), novelas, artículos…
Ocupó el espacio público con sus palabras. Y utilizó sus palabras para defender sus ideas. Por ejemplo, la abolición de la esclavitud, en su obra «Zamora et Mirza» (1785), que consiguió representar más tarde, nada fácil para una mujer (y, por cierto, acabó siendo cancelada por «incendiaria»). Otro escrito famoso fue “Reflexiones sobre los negros” (1788).

También publicó al menos treinta panfletos con avanzadas ideas políticas. En uno de ellos, “Carta al pueblo” (1788), pide mejorar las condiciones de las madres, que se abran casas de acogida infantiles, para ancianos abandonados, para obreros sin trabajo… En otro, propuso una Caja Patriótica, un impuesto voluntario de la gente rica para ayudar a quienes no tenían nada; también reclamaba al clero, a la nobleza y a los ricos que ayudaran a la nación en un momento de crisis feroz; en otros textos, imaginó un París ideal, donde nadie pasaba hambre…
Mientras tanto,
la gente moría de hambre. Escasez. El precio del pan por las nubes. Insatisfacción del pueblo… y oídos sordos del gobierno.
Por cierto, momento culebrón: mientras vivía y pensaba y se movía por la sociedad parisina, conoció a su padre biológico y a su hermano. Con este último llegó a relacionarse, pero su padre, el marqués de Pompignan, nunca la reconoció como hija y eso le dolió en el alma. Cuando se enteró de su muerte debió pensar: pues te vas a enterar, porque se va a enterar todo el mundo. Y decidió novelar su historia en: “Memoria de madamme de Valmont“ (1788). Cambiando los nombres, contaba su verdadero origen familiar.
Quiso vivirlo todo, escribirlo todo. Participaba en los salones. Escribía en los cuadernos de quejas. Pensaba que realmente estaba formando parte de algo grande y quería estar en el centro de todo. Por ejemplo, cuando se volcó en el teatro, se había mudado cerca del teatro. Ahora, como si fuera adivina, decidió trasladarse a la villa de Versalles, el epicentro de los próximos acontecimientos. Otra mudanza.
Mientras tanto,
el pueblo sigue hambriento y furioso. El rey convoca Estados Generales (1789). Se inician los Cuadernos de Quejas. En la Sala del Juego y la Pelota, declaran la Asamblea Nacional Constituyente. Aparece el ejército. El pueblo se levanta. ¡A la Bastilla! Llega la Revolución. Y nace LA DECLARACIÓN DE LOS DERECHOS DEL HOMBRE Y DEL CIUDADANO.
Muchas mujeres sabían que su aportación a la Revolución había sido importante. Olympe, que estaba de nuevo en París, seguía escribiendo, fundaba sociedades fraternas, encabezó la delegación de mujeres que donó a la Asamblea sus joyas, incitaba la participación femenina… Pero vio repetirse la historia: de nuevo, media humanidad era silenciada, pero esta vez ¡en el nombre de la razón!
Un paréntesis: Cuando estudiabas esto en el cole, ¿alguien te explicó que el sufragio universal no era para nada universal? ¿Que toda la libertad de la que presumía la revolución era solo para «ellos»? ¿Que para lograr sus derechos, su igualdad necesitaban esclavizar a las mujeres en sus hogares? La palabra clave al parecer no era ni libertad, ni igualdad: sino fraternidad. Lo entendimos como hermandad genérica, pero solo era, de nuevo, un pacto entre varones.

Pues Olympe (como muchas otras) lo entendió. Y no le hizo nada de gracia. Reclamó el lugar que merecía la «otra mitad» de la ciudadanía. Si los derechos de las mujeres no eran reconocidos tal como los de los hombres, la revolución sería incompleta. La Revolución necesitaba otra Revolución: empezaría haciendo un preámbulo con sus intenciones, dejando claro que “la ignorancia, el olvido o el desprecio de los derechos de la mujer son las únicas causas de los males públicos y de la corrupción de los gobiernos”.
Y nos incitó a luchar: Allí estaba, la DECLARACIÓN DE LOS DERECHOS DE LA MUJER Y DE LA CIUDADANA, un preámbulo, diecisiete artículos y un epílogo. Era septiembre de 1791.
“Mujer, despierta; el rebato de la razón se hace sentir en todo el universo; reconoce tus derechos (…)
El esclavo ha multiplicado sus fuerzas y ha tenido necesidad de recurrir a las tuyas para romper sus cadenas. Una vez libres ha sido injusto con su compañera. ¡Oh, mujeres! ¡Mujeres! ¿Cuándo dejaréis de estar ciegas? ¿Qué ventajas habéis obtenido de la Revolución? Un desprecio más patente, un desdén más marcado. En los siglos corruptos solo habéis reinado sobre las debilidades de los hombres. Vuestro imperio está destruido. ¿Qué os queda? La convicción de la injusticia de los hombres…”

Reivindicó derechos como el voto, la educación, la propiedad, la total autonomía femenina, la libertad de la tutela del varón, el divorcio, la presencia en todos los ámbitos de la vida, sean púbicos o privados, incluso el acceso a la política y al ejército, reclamó el reconocimiento de las madres no casadas y sus criaturas, sean de quien sean, sugirió pedir cuentas a cualquier agente público de su gestión administrativa. No se le escapa nada. Quería igualdad, libertad… felicidad.
Muchos de estos temas los trató también, en aquellos años, otra mujer: Mary Wollstonecraft. Podríamos definir la vindicación de Mary como el ensayo filosófico imprescindible. Y a Olympe como la voz militante, contestataria. Una fue reflexión; la otra, acción.
Ya sabrás o ya supondrás que todo lo que pidió entonces no tuvo el efecto deseado. Pero ella siguió protestando. Era tauro. Creas o no en esas cosas, tauro es pura cabezonería.

Mientras tanto,
sesenta mil mujeres y algunos hombres toman Versalles. La familia real es apresada. 1792, llega la República… y el Terror. Miles de franceses guillotinados. El Rey intenta huir con su familia. Es condenado. Lo guillotinan en enero de 1793.
Olympe era contraria a la pena de muerte del rey, y así lo había defendido por escrito: “Hemos abolido una monarquía, lo ha perdido todo. Seamos suficientemente grandes para dejarle la vida”. De nuevo, en contra del poder que, ya sabes, ni perdonó la vida de del rey, ni la de la reina… Ni de nadie que le llevara la contraria.
Por muchos motivos, estaba en el punto de mira, pero el principal es evidente: es una mujer con voz. Las burlas, humillaciones y amenazas no la callaban. Llegó a empapelar París con un cartel suyo titulado “Pronóstico sobre Maximilien Robespierre, por un animal anfibio” (1792) en el que podías leer perlas como esta: “Te proclamas autor de la Revolución. No lo has sido. (…) cada uno de tus cabellos lleva un crimen…
También escribió el “Testamento político de Olympia de Gouges” (1793) donde simbólicamente, nos decía: “lego mi corazón a la patria, mi honradez a los hombres (la necesitan), mi alma a las mujeres…”.
Entre muchos otros actos de activismo súper molestos en aquel momento, imprimió otro cartel con el titulo “Las tres urnas o la salud de la patria” (1793), donde proponía elegir entre “tres posibilidades de gobierno diferentes: Republicano, Federal o Monárquico democrático.” Pretendía hacer pensar al pueblo y a sus dirigentes acerca de la absurda situación en la que se encontraban. ¿Para qué había servido la revolución? ¿Por qué no volvemos a preguntar al pueblo?, decía. Intentando distribuirlo, fue detenida…
Estuvo encerrada varias semanas, fue trasladada de una a otra prisión, enfermó (las cárceles no eran un sitio fácil, ni limpio, ni seguro)… y allí dentro siguió escribiendo. Sus últimos textos fueron “Olympe de Gouges en el Tribunal revolucionario» y «Una patriota perseguida” (1793). Te puedes imaginar el tema y el tono.
Cuando por fin la juzgaron, se enfrentó ella sola al Tribunal Revolucionario (sin letrado), en la sala de la “Égalité”. El 2 de noviembre, dictaminaron:
“Según decreto de la Convención de 10 de marzo de 1793, año II de la República… el jurado ha deliberado que Marie Olympe de Gouges ha atentado contra la soberanía del pueblo en unos escritos de los que es autora… por lo que el jurado la condena a pena de muerte, que se deberá ejecutar en un plazo de 24 horas…”
Fue el 3 de noviembre de 1793. En la guillotina… Pensaron haber callado su voz para siempre pero quedó su palabra. La palabra de aquella “pueblerina sin instrucción”, “débil mujer sin cabeza«, capaz de “peligrosas extravagancias«… sí, quedó la chispa de una mujer visionaria, apasionada, radical, inconformista y, como ella misma decía, llena de paradojas. Quedó la ideología de la Revolución, pero no de aquella, sino de la que estaba por venir: la Revolución Feminista.
Nota:
Olympe es mi feminista favorita. Cuando leía sobre su vida, me interesó especialmente, porque me identificaba con ella en ciertos aspectos de su vida o de su forma de ser. Sobre todo, su compulsión por las mudanzas. También lo cabezota que es, su necesidad de decir, de hacer. Su forma casi publicitaria de contar las cosas. Recuerdo a mitad de libro volver atrás y buscar de nuevo su fecha de nacimiento, a la que no había prestado atención, porque aposté conmigo misma que esa chica era tauro, como yo. Y en uno de esos pensamientos absurdos que tengo a veces, pensé que si el ginecólogo de mi madre no hubiera decidido adelantar mi nacimiento (estaba muy de moda provocar partos en 1973) hubiésemos nacido el mismo día, el siete de mayo. Chorradas mías…
Si quieres leer más sobre ella, ahí van unos cuantos libros…


“Declaración de los derechos de la Mujer y de la Ciudadana”. Olympe de Gouges, (1789)
“Olympe de Gouges: La libertad por bandera”. Isabel Medina (2016). Editorial Izana
«Olympe de Gouges». Silvia Sevilla Merino (2025). Pireo Editorial


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