Antes de empezar a leer sobre Salomé, para unos segundos.
Piensa qué sabes sobre ella.
¿Qué imagen te ha llegado?
¿Cuál es su historia? ¿Cuál es su motivación?
(…)
Yo no sabía mucho sobre Salomé cuando empecé a buscar datos sobre ella. Quería hacer una selección de Las Primeras Pecadoras de la historia para investigarlas a fondo. Me sonaba lo del baile de los siete velos y la decapitación de un profeta. Había visto alguna versión moderna, que no la sacaba de ahí.
Decidí que debía que estar sí o sí en la lista al enterarme de la edad que tenía cuando murió el Bautista. Ahí va su historia…
Un poco de contexto histórico:
Estamos entre los años 28-29 d.C., en Maqueronte, la fortaleza-palacio de Herodes Antipas. Este Herodes era hijo del otro Herodes famoso, el Grande. Fue el que ordenó matar a todos los niños menores de 2 años, para asegurarse de eliminar a un tal Jesús (futuro rey, según una profecía). Y era hermano de otro Herodes, Filipo I.
El pueblo judío no era muy fan de estos herodianos, por su cercanía a Roma. Los anteriores gobernantes sí que provenían de una familia judía “de verdad”, los Hasmoneos, descendientes del mismo Judas Macabeo. Así que, tanto el padre como los hijos buscaban alianzas políticas con ese linaje. ¿Cómo? Con matrimonios.
Y aquí aparece Herodias, que…
«estaba casada con Herodes [Filipo], hijo de Herodes el Grande, nacido de Mariamne, hija del sumo sacerdote Simón. Tuvieron una hija, Salomé. Después de su nacimiento, Herodías decidió transgredir las leyes de nuestro país, divorciándose de su esposo mientras aún vivía y casándose con Herodes [Antipas], hermano de su esposo por parte de padre, quien era tetrarca de Galilea»
Flavio Josefo, Antigüedades judías 18, 5:4 (año 93-94)
En solo dos palabras: “Herodias decidió transgredir”, ¿no te parece adivinar un tono algo tendencioso? Es una pena no poder saber realmente cuánto de romanticismo y cuánto de política hay en esta historia. Pero lo que sí podemos suponer es que las mujeres no tuvieran un poder total sobre sus propias vidas. Menos aún cuando hablamos de hombres poderosos. En fin, seguimos…
Por otro lado tenemos a Juan, que había bautizado a Jesús. Jesús ya predicaba en Galilea, y su fama crecía. Pero la estrella del momento era Juan Bautista. Y el mismo historiador nos dice:
«Y como muchos se reunían para escucharlo, Herodes temió que su elocuencia pudiera llevar al pueblo a una rebelión (pues parecía que estaban dispuestos a hacer todo lo que él dijera). Por eso, pensó que lo más prudente era eliminarlo antes de que provocara una revuelta. Fue así como Juan fue enviado prisionero a la fortaleza de Maqueronte, y allí fue ejecutado»
Flavio Josefo, Antigüedades judías 18, 5:2 (año 93-94)
Es decir, según el historiados Flavio el hecho es este: Herodes arresta a Juan y ordena su ejecución.
Hasta aquí, el contexto histórico. De aquel momento no contamos con piezas visuales, artísticas, que representaran la escena. Pero sí la narraron en algunas piezas de ficción. Veámoslas…
Érase una vez «los evangelios«
Llevamos 2000 años tomando los Evangelios como fuentes históricas irrefutables. ¿Lo son? Incluso desde la teología se cuestiona esa lectura literal. Según el teólogo Servinus Haryanto Nahak, «Marcos compuso su relato en base a un cuento popular» y posiblemente suavizó una versión más agresiva, donde Herodes aparecía menos inocente.
«La versión de Marcos será un relato escrito con cierta libertad literaria, de lo que se susurraba oscuramente en los bazares o mercados de Palestina en ese momento»
(Servinus Haryanto Nahak. La decapitación de Juan el Bautista. Estudio exegético de Mc 6,14–29, Universidad Pontificia Comillas, 2020)

A ver, en serio: un banquete así de importante, con decenas de asistentes… ¿y no queda ni rastro de la historia? Si hubiera una mínima posibilidad de que fuese cierto, un testigo, un pequeño rumor, cualquier detalle al que agarrarse para culpar a dos mujeres de la muerte de un hombre, ¿no te parece que Flavio Josefo se hubiera agarrado a esa anécdota como un clavo ardiendo? ¿Por qué en su crónica no aparece Herodías, ni Salomé, ni la danza, ni la bandeja?
(Imagen: Escena del banquete de Herodes y la decapitación de Juan el Bautista. Evangelios de Otto III, ca. 1000. Bayerische Staatsbibliothek, Múnich)
¿Por qué la versión más conocida de esta evidente lucha de poder no es la fuente histórica, sino la simbólica? Solo hay una respuesta posible, la de siempre: al patriarcado le conviene más el cuento que la realidad.
Bien, entonces analicemos en los textos religiosos las dos suposiciones que se han dado por históricas.
Suposición 1: el motivo del arresto es la denuncia pública del “incestuoso” matrimonio entre Herodes y Herodías, esposa de su hermano Filipo.
«Porque Herodes había mandado prender a Juan, y le había atado en la cárcel, a causa de Herodías, mujer de Felipe, su hermano, porque la había tomado por mujer. Pues Juan decía a Herodes: No te es lícito tener la mujer de tu hermano.» (Marcos 6:17-18)
Suposición 2: Herodias quería vengarse pero no podía, porque su esposo temía a Juan. Ella acechaba esperando el momento oportuno. Y ese momento llegó. Justo…
«cuando se celebraba un día oportuno, en que Herodes, en su cumpleaños, hizo un banquete a sus señores, oficiales y principales de Galilea» (Marcos 6:21)
Ahora sí, veamos cómo una breve anécdota que aparece en dos evangelios es suficiente para consagrar a la pequeña Salomé, de 11 o 12 años, en la mujer fatal por excelencia.
Fase 1: el evangelio ilustrado
Durante más de mil años, la versión de los evangelios fue la oficial, la que se trasladó al arte. La intención de todas las obras parece ser narrativa. Son escenas completas del episodio, a veces viñeta por viñeta: Salomé bailando de forma casi circense, con piruetas varias. El rey ofreciendo un regalo a Salomé, agradecido por el baile. Herodías y Salomé hablando. El verdugo ejecutando a Juan. Salomé entregando a su madre la cabeza de Juan en una bandeja.
¿Macabro? Sin duda. Pero siguiendo al pie de la letra la versión de los evangelios.





(Créditos de las imágenes)
1, 2 y 3: Capitel de Gilabertus: La muerte de san Juan Bautista. Museo Episcopal de Vic. Siglo XII; 4: Capitel de la colegiata de Sta. Maria de Alqueza. Siglo IX; 5: Tímpano de la Catedral de Rouen. Salomé baila en el banquete de Herodes (abajo). 1200)
Si lees los textos religiosos y observas las imágenes que los narran, la conclusión es que, hasta ahora, Salomé es un instrumento.
Fase 2: la hija perversa del Renacimiento
Finalmente, el arte toma partido. Durante el Renacimiento y el Barroco (siglos XVI y XVII), la escena de Salomé deja de ser una narración de múltiples pasos para convertirse en un solo momento congelado: ella, triunfante, sosteniendo la cabeza de Juan. Ya no importa tanto el contexto ni la cadena de decisiones. Lo único que importa es quién la sostiene. Y cómo.
(imagen: Tiziano, Salomé con la cabeza de Juan el Bautista, ca. 1515)

Salomé se convierte en protagonista absoluta. Y en mujer. Porque sí: en el arte de este periodo ya no es una niña, sino una joven con rostro sereno, escote desarrollado y mirada segura. No hay rastro de duda ni obediencia. Solo belleza, poder… y una cabeza ensangrentada.











(Créditos de las imágenes)
1: Caravaggio, Salomé con la cabeza de Juan el Bautista, ca. 1609–1610. Óleo sobre lienzo. Museo del Prado, Madrid. 2: Andrea Solario, Salomé con la cabeza de Juan el Bautista, ca. 1506. Óleo sobre tabla. Museo del Louvre, París. 3: Antonio Gerini, Salomé con la cabeza del Bautista, siglo XVI. Colección privada. 4: Artemisia Gentileschi, Salomé con la cabeza de Juan el Bautista, ca. 1610–1615. Óleo sobre lienzo. Museo de Arte, Universidad de Ohio. 5: Atribuido a Juan Bautista Maíno, Salomé con la cabeza del Bautista, ca. 1620. Museo del Prado, Madrid. 6: Bartolomeo Veneto, Salomé con la cabeza del Bautista, ca. 1520. Óleo sobre tabla. Kunsthistorisches Museum, Viena. 7: Lucas Cranach el Viejo, Salomé con la cabeza de Juan el Bautista, segunda mitad del siglo XVI. Bob Jones University Museum & Gallery, Greenville, EE. UU. 8: Palma il Vecchio, Salomé con la cabeza del Bautista, ca. 1515–1520. Óleo sobre lienzo. Museo Thyssen-Bornemisza, Madrid. 9: Sebastiano del Piombo, Salomé con la cabeza de Juan el Bautista, ca. 1510. Óleo sobre tabla. National Gallery, Londres. 10: Atribuido a Bernardino Luini, Salomé con la cabeza de Juan el Bautista, ca. 1525. Óleo sobre tabla. Museo de Bellas Artes de Budapest. 11: Vincenzo Catena, Salomé con la cabeza de Juan el Bautista, ca. 1520–1529. Óleo sobre tabla. Royal Collection Trust, Reino Unido.
Podríamos decir que los rasgos de Salomé y Herodías se unen. Que la madre y la hija se funden en un único arquetipo: la mujer perversa, seductora, culpable. Da igual quién odió a Juan. Da igual quién dio la orden. La que lo exhibe es la hija, pero bien podría ser su madre.
Hay un detalle que me gusta destacar: si algo pareció decidir Salomé en los evangelios fue que la cabeza se le entregara en una bandeja. En Marcos
(6:24-25) leemos: «Ella, saliendo, dijo a su madre: ¿Qué pediré? Y ella dijo: La cabeza de Juan el Bautista. Entonces ella, entrando luego con prisa a la presencia del rey, le pidió, diciendo: Quiero que me des en un plato la cabeza de Juan el Bautista». Tanto Marcos como Mateo incluyen ese detalle del plato. Que luego fue una bandeja, supongo que por el tamaño de la cabeza.
Quizás porque estando en medio del banquete, lo vio apropiado. Aunque seguramente, como apuntó mi amiga Ángeles, era chica: intentó evitar que el pasillo se llenara de la sangre que chorreaba. Sea como sea…
El caso es que el elemento diferencial de Salomé, su arma, su amuleto, es la bandeja.
Así nace la hija perversa. Y lo que era obediencia, se convierte en placer. La conclusión aquí es que Salomé es una asesina.
Fase 3: La literatura anuncia a la femme fatale
En la segunda mitad del siglo XIX, la literatura decide que Salomé no era una niña. Ni una víctima. Ni siquiera una secundaria. Salomé, de repente, es un objeto erótico. Consciente o no, despierta deseo en el rey.

El primer ejemplo literario donde la danza es erotizada explícitamente llega en 1870 con Arthur O’Shaughnessy: La hija de Herodías.
Salomé es protagonista, es oscura, es misteriosa, es bella y… amenazante. Ya no hay rastro de obediencia ni de madre manipuladora. Salomé brilla por sí misma.
(Imagen: Gustave Moreau, La aparición, ca. 1876. Acuarela sobre papel montado. Museo del Louvre, París)
«Su voz sonaba extrañamente dulce»
«Su largo cabello negro danzaba a su alrededor como una serpiente»
«Tenía una extraña y flexible belleza. Había algo mortal en sus ojos»
En estas tres frases se activan todas las alarmas simbólicas. Se convoca a sus antecesoras: la serpiente de Eva y Lilith, la mirada letal de Medusa. El deseo con forma de maldición. ¡Es el principio de la perdición!
La Herodías de Gustave Flaubert (1877) vuelve a centrar el foco en la madre. Es política, es estratégica, es capaz de todo… incluso de utilizar a su propia hija. Salomé es joven, bella y dócil. Pero su cuerpo —la madre lo sabe bien— ya es todo un espectáculo.
Flaubert describe la danza desde la mirada de Herodes: larga, sensual, detallada hasta la extenuación.
«…Sus actitudes expresaban suspiros… hacía temblar sus dos pechos… danzó como las bacantes de Lidia… semejante a una flor agitada por la tempestad…»
Tras el baile vuelve a ser niña. Y «ceceando un poco, pronunció estas palabras con aire infantil: “Quiero que me des en un plato…” Había olvidado el nombre pero continuó sonriendo: “…la cabeza de Iaokanam”».
Desde este momento, es fácil adivinar qué futuro le espera a nuestra pequeña Salomé. Salomé ya es objeto de deso.
Fase 4: Podía ser peor. Podía bailar
Oscar Wilde sube a Salomé al escenario (1891). Literalmente. El giro es bestial.
La convierte en una adolescente deseada por el rey. Pero esta vez, ella también desea. De hecho, ella desea más que nadie. La describe absolutamente obsesionada con besar a Juan, al que acaba de conocer en la cárcel, degradado, apestoso… Pero ella lo desea. Insiste. Y es rechazada.
Su danza —el premio— se convierte en el medio para obtener su propio fin: besar esa boca.

El baile es voluntario. La venganza, erótica. Lo más perverso de la obra: antes morrearse con una cabeza cortada que quedarse con las ganas. Mejor violencia que frustración. Mientras nos resuena la típica excusa masculina tras un abuso: ella se lo buscó, leemos la frase de Salomé al obtener su regalo:
“He besado tu boca, Jokanaan.”
(Imagen: Aubrey Beardsley, La Coiffure de Salomé, 1893–1894. Tinta sobre papel. Ilustración para la edición inglesa de Salomé de Oscar Wilde.)
DATO FUNDAMENTAL: Wilde no describe el baile. Pero hace algo mucho más contundente: le da nombre. La Danza de los Siete Velos se convierte en la marca registrada de Salomé. Más famosa, y casi tan perjudicial, que la mismísima Coca-Cola.
Por cierto, no pudo representarla en Inglaterra (por la prohibición de subir personajes bíblicos a la escena). Se estrenó en París en 1896. Y fue un escándalo internacional.
Hay versiones feministas que interpretan esta Salomé como liberadora. Tal vez es una forma de verlo. Pero para mí, lo que hacen es encerrarla —otra vez— en el territorio de lo sexual.
Sigamos bailando…
En 1905, Richard Strauss Wilde adaptó la versión de Wilde a su famosa ópera Salomé.
Parece que él imaginaba una danza inocente, “como si se hiciera sobre una estera de oración”. Inocente él. Porque, mira por donde, terminó por consolidarla como icono erótico-trágico. La polémica estaba servida (servida en bandeja, qué apropiado)
Después de su estreno en Dresde, estuvo prohibida en Viena hasta 1918. Llegó a Nueva York en 1907… donde, según las crónicas del momento, la bailarina “no dejó ni un resquicio a la imaginación”. Algunas señoras del público “se taparon los ojos con los programas de la obra” No se volvió a representar en la Met hasta 1934.
(Imagen: Eugène Ansen-Hoffmann, Salomé, ca. 1900. Óleo sobre lienzo. Colección privada)

Salomé, con siete velos que caen al ritmo de la música. Imparable. Esta vez, trascendiendo el objeto de deseo. Salomé convertida en sujeto de deseo.
Fase 5: Salomanía. Cuando el baile se volvió viral
Después del escándalo operístico, llegó el cabaret. La Salomanía se extendió por Europa como un perfume nuevo (y picante): un estallido de plumas, música, cuerpos insinuantes y velos, muchos velos.

En las primeras décadas del siglo XX, Salomé deja de ser un personaje literario o bíblico y se convierte en un arquetipo escénico. Cientos de bailarinas —algunas famosas, otras anónimas— recrean “la danza de los siete velos” en escenarios de cabaret, varietés, teatros populares y salones burgueses.
Salomé ya no es de Wilde, ni de Strauss. Salomé es una figura pública asociada al baile erótico. Ahora es puro espectáculo.
De ahí al striptease de las despedida de solteros solo hay… una despedida de solteros.
(Imagen: Robert Henri, Salomé, 1909. Óleo sobre lienzo. Colección privada.)
Salomé se volvió tan viral que terminó por modificar el propio mundo de la danza. Como explica María Dolores Tena Medialdea en su estudio sobre este fenómeno:
“Tendríamos que destacar el fenómeno de la Salomanía dentro del marco del cabaret (…)
La exploración de nuevos modelos de expresión dancística supuso en las metrópolis occidentales el surgimiento de la danza moderna, mientras en las capitales de Medio Oriente significó la aparición de la danza oriental, disciplina que, transgrediendo fronteras territoriales, se ha asentado en todo el mundo..”
(“Salomanía”: la construcción imaginaria de la danza oriental, Extravío, nº3, Univ. de Valencia, 2008)



El relato ya no va de una historia bíblica. Hablamos de un cuerpo, de una forma de exponerlo. Un tipo de movimiento. Un nuevo lenguaje. Pero la propia Maria Dolores cuestiona también: “¿Es ésta una danza realmente femenina, o es sólo femenina tal y como la definen las sociedades patriarcales?”
Esa pregunta sigue resonando.



(créditos de las imágenes)
1: Manuel Orazi, Salomé, ca. 1900. Ilustración para la edición francesa de Salomé de Oscar Wilde. Técnica mixta sobre papel. Colección privada. 2: Pablo Picasso, Salomé, 1905. Dibujo a lápiz sobre papel. Colección privada. 3: Wilhelm Trübner, Salomé, 1897. Óleo sobre lienzo. Staatliche Kunsthalle Karlsruhe, Alemania.
Porque mientras en Occidente florecía la danza moderna y en Oriente se construía la danza oriental como disciplina artística, Salomé hacía de puente… o de excusa. De mujer liberada… o de fetiche reiterado.
Porque, ahora, hemos sumado un nuevo elemento a la imagen de Salomé. Teníamos la bandeja, la cabeza… Ahora sus retratos incluyen, al menos, una teta. ¿Es liberación? ¿Es representación? ¿O es simplemente lo de siempre, reducirnos a cuerpos, sexualizarnos?
Adivina, adivinanza, ¿cuando el patriarcado habla de la mujer como sujeto de deseo, a que se acaba pareciendo ese deseo? Te lo digo yo: al deseo masculino… Ya hemos completado el proceso: Salomé bailarina de striptease
Fase 6: podía ser peor, podía f*****
Bien, ya nos han acostumbrado a la Salomé desnuda. ¿Ahora qué? Parece que la imaginación les pide todavía un paso más. Un cuerpo femenino desnudo, ¿para qué sirve, si no es para el uso sexual?
Supongo que todo empezó con el beso de Wilde, que se repetirá en el arte una y otra vez, con diferentes estilos, desde la publicación de la obra hasta hoy.



(Créditos de las imágenes)
1: Guillermo Pérez Villalta, Salomé, 1998. Técnica mixta sobre papel. Colección privada. 2: Julio Romero de Torres, Salomé, ca. 1910. Óleo sobre lienzo. Museo Julio Romero de Torres, Córdoba.3: Lucien Lévy-Dhurmer, Salomé, 1896. Pastel sobre papel. Colección privada.
Aunque nos hemos acostumbrado a que un beso es el final de la historia, en este caso, puede ser el punto de partida para algo más. Podía ir más allá de Wilde…
A ver qué te sugieren a ti las siguientes imágenes. Yo les pondría dos rombos en la esquina superior derecha.






(Créditos de las imágenes)
1: Adolf Frey-Moock, Salomé, ca. 1905. Óleo sobre lienzo. Colección privada. 2: Max Oppenheimer, Salomé, 1913. Óleo sobre lienzo. Colección privada. 3: Takato Yamamoto, Salomé, ca. 2000. Tinta y acuarela sobre papel. Colección privada. 4: Ester Foglia, Salomé, ca. 2000. Técnica mixta sobre lienzo. Colección privada. 5: Federico Beltrán Masses, Salomé, 1918. Óleo sobre lienzo. Colección privada. 6: Alfredo Claros García, Salomé, ca. 1950. Óleo sobre lienzo. Colección privada.
Epílogo: recuperemos la infancia de Salomé
Repito, insisto: en realidad, no hay ni una sola fuente histórica que hable del baile de Salomé. Sabemos que pudo no haber ocurrido nunca. Y aun así, hemos pasado dos mil años imaginándolo, describiéndolo, juzgándolo… y sexualizando a una chiquilla.
Incluso cuando intentamos crear versiones feministas… la seguimos empoderando desde lo sexual. Como si no hubiera otra forma.
De hecho, si buscamos una sucesora de aquella niña, la encontramos en otro personaje tan irreal como ella: Lolita. Otro arquetipo. Otra menor a la que los hombres desean sin cortarse un pelo, alegando su excusa favorita:
“es muy madura para su edad”.

Así que voy a intentar neutralizar a los sugar daddies de todos los tiempos.
Voy a volver al año 28 —o 29— de nuestra era para darle otra oportunidad a la pequeña Salomé.
Y allí donde nadie ha escrito su historia, yo le voy a regalar una.
Otro final para la historia de Salomé (versión no autorizada)
Tuvo una infancia corriente. Todo lo corriente que podía ser la infancia de una niña hasmonea. Pasaba tantos ratos jugando y bailando, como ratos preparándose para ser una poderosa reina en un peligroso tablero de juego.
Decidieron casarla con su tío, Herodes Filipo II. Y vivieron entre Betsaida —donde sucedió el milagro de los panes y los peces— y Cesarea de Filipo, una ciudad consagrada al dios Pan, con cuevas, terrazas y templos excavados en la roca.
La joven Salomé tenía la cabeza muy en su sitio (nótese la ironía). Conocía bien cómo funcionaba la corte, las mujeres, los hombres. Y sabía lo que quería. Mejor dicho, sabía lo que no quería.
Decidió elevar aquellas tierras a algo más que polvo bíblico. Y lo hizo, porque Fil —así le llamaba— le hacía caso en todo. Seguramente por eso se le recuerda como gobernante justo, algo ciertamente destacable en su terrible linaje. Esa buena fama llegaría incluso a la wikipedia, dos mil años después. Eso sí, sin reconocimiento alguno al papel de su esposa.
Sin embargo, fue ella quien le aconsejó renombrar Betsaida como Julias, en honor a la hija del César; y que llamara a la nueva ciudad Cesarea, para tener contento al emperador. Así cumplía con Roma, con los dioses antiguos y con el pueblo judío. Una jugada maestra.
También fue ella quien trazó el plan de ampliación y enriquecimiento de Cesarea. Y quien propuso la construcción de espacios públicos, la red de terrazas, los santuarios.
Cuando Fil murió, Salomé aun tenía toda una vida por delante. Decidió dejar la política.


Deja un comentario