El patriarcado también viene en coreano.
El primer K-drama lo vimos mi padre y yo casi al mismo tiempo. O quizá sería más justo decir que caímos juntos.
Nos lo había recomendado mi hermano (le gustaba el protagonista, razón más que suficiente) y decidimos probar. Sin grandes expectativas. No sé mi padre, pero yo sospechaba que no era exactamente para mí.
Conviene detenerse un momento en este dato: mi padre ha visto todas las películas que existen sobre las guerras mundiales. Todas. Tiene incluso una lista con sus valoraciones. Ese es el tipo de espectador.

Y, sin embargo, allí estábamos los dos, viendo un k-drama: Start-Up (2020)
Todo nos era extraño, parecido pero totalmente distinto: la forma de hablar o la ropa; pero también los planos de miradas eternas, el ritmo, la forma en la que está construido el relato…
Mi madre ni nos escuchaba. En realidad, nunca escucha nuestras recomendaciones porque tenemos gustos radicalmente distintos.
A ella le gustan las comedias románticas. A mí no. Más aún: las odio bastante. Su película favorita es Tienes un email, con Meg Ryan. Creo que eso la define bien.
Durante más de un año mi padre y yo seguimos viendo k-dramas sin despertar en ella el menor interés. Pero una noche se decidió. Se puso una que había recomendado mi padre.
Ella no daba crédito.
—¿Esto ves tú?
No sé cuál era, pero parece que la mitad de los capítulos transcurrían en un instituto. Y claramente era una comedia romántica. Narrativa fácil, tono amable, hombres guapísimos.
Se enganchó. Sin más. Como no la había visto engancharse a nada en años. Días enteros, noches enteras… Ah, y mi madre no necesitó ponerse excusas culturales ni geopolíticas como hice yo.
Yo, en cambio, había entrado con coartadas respetables.

Primero El afecto del rey: una mujer que se hacía pasar por hombre para poder reinar. Histórica, política, casi feminista, me dije.
Después llegó Crash Landing on You, con su conflicto norte-sur, su costumbrismo local, ver mundos tan diferentes divididos por una frágil frontera… Geopolítica pura, olvidemos la belleza perfecta de Hyun Bin.
Siempre había un motivo serio para empezar otra.
–Una mujer que escribe en la corte de Joseon.
–Una mujer que dirige un emporio.
–Ésta es rural y hay una comunidad de mujeres mayores.
–Otra mujer abre un negocio de productos sexuales en los años ochenta…
Una se cuenta que está viendo historias rompedoras. Y la verdad es otra.
Se acaban las protagonistas excepcionales, pero ya estás enganchada al azúcar.
Ay, entonces ya te da igual todo. Necesitas ver cualquier k-drama que tenga la palabra amor en el título.
Hay algo cómodo. No entras por el romance, pero cuando quieres darte cuenta, el romance ha entrado en ti. Ha vuelto, cuando lo habías desterrado de tu vida. Ojo, en la ficción. Afortunadamente, el efecto no llegó a mi realidad.
Durante un tiempo me tranquilicé pensando que, en realidad, aquello tenía un sentido casi profesional. Que no estaba enganchada: estaba observando cómo el patriarcado viajaba, se adaptaba y encontraba nuevas formas de instalarse en nuestras pantallas. Una labor casi antropológica.
––Amigas, me he sacrificado por vosotras–– Decía. Y le daba al siguiente capítulo.
Solo tenemos paradojas que ofrecer
En esos momentos me repito algo que uso a menudo. Siempre que noto tambalear una certeza feminista recuerdo la frase de Olympe de Gouges: solo tenemos paradojas que ofrecer. Y quizá tenga razón. Lo importante no es vivir fuera de la contradicción, sino mirarla a los ojos, a ver qué hay detrás.
A mí me divierte analizar, ver cómo opera el sistema (también en mí), cómo cambia de forma, cómo se disfraza y cómo sigue encontrando maneras de resultar deseable.
Los K-dramas tienen algo. Negarlo sería absurdo. Llegan en un momento en el que estamos cansadas, saturadas, un poco anestesiadas de tanto estímulo, y ofrecen exactamente lo contrario: pausa. Ritmo lento. Narrativas calmadas. Una estética amable que te arropa. Sabes que nada se va a romper del todo, que el mundo será un lugar amable durante ese capítulo.
Además, manejan una gramática emocional casi infantil. No solo sabes lo que va a pasar, es que lo esperas.
Los tropos románticos más repetidos…
Hay tópicos tan típicos que tienen merchandising, memes, nombres propios…
- el paraguas compartido,
- el tropezón que casi termina en beso,
- las miradas interminables,
- el destino que los unía desde siempre,
- el paseo bajo los cerezos,
- él cargándola a la espalda,
- el deseo aplazado durante capítulos…
Y, lejos de cansarnos, esa previsibilidad reconforta.



Fotos: El típico tropezón en El Afecto del Rey, paraguas compartido en Propuesta laboral y paseo «a caballito» en Lovely runner.
Lo que sí funciona (y merece reconocimiento)
Enseguida voy a venirme arriba con la crítica. Pero antes, conviene decirlo: estas series también hacen cosas interesantes. Y no son detalles menores.
Las protagonistas no están hiper-sexualizadas
Esto es un descanso para nosotras. Un alivio visual, la verdad. No hay escotes estratégicos, no hay planos de culos, no hay ropa interior convertida en protagonista. No tienes que soportar que la cámara escrute cada centímetro del cuerpo femenino mientras el guion intenta convencerte de que lo importante es la trama.

Más bien, se decantan por exponer el cuerpo masculino: ellos son los que salen a cámara lenta del coche con un movimiento de lo más sexy mientras el pelo ondea al aire. Ellos nos muestran “por accidente” sus torsos perfectamente musculados. Ellos aparecen con un halo de luz artificial que parece un brillo angelical. Y ellas las que miran, reaccionan… babean, je.
Aunque no resuelve el problema de la objetización, y a pesar de que la belleza en ellos siempre está unida a la fuerza, al menos redistribuye un poco el peso.
Es un cambio: pasamos a mirar y no tanto a ser miradas.
Por otro lado, los hombres lloran y hablan de sus vulnerabilidades
Sin que la narración los castigue por ello. Esto es muy curioso. Por ejemplo, cuando no alcanzan sus supuestas metas como proveedor de la casa, lo verbalizan. Reconocen miedo, inseguridad, fracaso. Y no pierden su estatus de protagonista deseable por hacerlo. Eso, en un panorama audiovisual donde la masculinidad todavía se mide por la capacidad de aguantar sin pestañear, es notable.
Y el cuidado suele ocupar un lugar central.
Hay barrio, comunidad, comida compartida, amistades que sostienen. Parece que el. mensaje es que nadie ha de atravesar la vida completamente a solas.
Lo cotidiano se vuelve un espacio de encuentro: mesas llenas, tuppers que van y vienen, favores que no se contabilizan. Ah, y me encantan los grupos de mujeres reunidas «a la fresca» mientras hablan o preparan kimchi…
Frente a un audiovisual cada vez más volcado en lo espectacular, los K-dramas recuerdan algo casi olvidado: que la vida también ocurre entre personas que se cuidan.
Las protagonistas, además, suelen tener vida propia más allá del romance.
Trabajo, ambiciones, conflictos éticos, amistades complejas. No son satélites girando alrededor del protagonista masculino esperando a que las elija. Toman decisiones, se equivocan por sus propios motivos. Y no lo dejan todo por amor. Igual se adaptan un poco, pero no abandonan.
Nada de esto convierte a los K-dramas en relatos feministas, no nos embalemos. Pero sí los vuelve más respirables en ciertos aspectos. Y precisamente por eso conviene afinar la mirada. Porque bajo esa dulzura, bajo esa apariencia de progreso, muchas historias te cuelan, uno tras otro, los viejos mandatos del amor romántico. Solo que envueltos en otra estética.
El fenómeno Hallyu y los peligros del azúcar
Lo que está claro es que esta ola coreana (Hallyu) viene de lejos. Y le queda recorrido. Así que analicemos los peligros, no nos vayamos a ahogar en azúcar.
Muñequitas
Si no hay hipersexualización evidente en ellas es porque opera otra forma de control: la presión estética constante, la delgadez extrema, la juventud eterna, la piel perfecta.
Nota: al menos de momento, porque en las nuevas series se nota la influencia del público occidental. Empiezan a copiar las escenas sexuales tipo Hollywood. Eso lo hablamos otro día, que es temazo.
A ellas no les han vendido la revolución sexual como empoderamiento (como nos la venden aquí cada pocos años). Pero aparecen con frecuencia como seres frágiles, infantilizadas, casi muñequitas que hay que proteger. Pueden ser poderosas, pero al enamorarse se transforman en una adulta de 7 años.
Y la represión sexual se presenta como virtud más que como limitación. Pero también para ellos. El discurso habitual es que controlar las emociones románticas y sexuales sirve para centrarse en el trabajo. Y lo emocionante en la trama es que al final se van a rendir al amor, por supuesto. Se van a relajar, por fin, para disfrutar de la vida. Porque es el amor, amiga, lo único, lo más importante en la vida… de una mujer.
Relaciones de poder
Resulta especialmente interesante, perdón: preocupante, cómo se romantizan relaciones atravesadas por jerarquías claras: jefe-empleada, como en Un beso con chispa (2025), hombre poderoso-mujer vulnerable, como en Propuesta laboral (2022) o, más exagerado aún, en Bon appétit, majestad (2025).
En ese proceso de enamoramiento, en la trama, para darle interés incluso “juegan” a disfrazar el amor de odio. Y como al final hay beso, perdonamos. Peor aún: como sabemos que habrá beso, entendemos que el fin justifica los medios. Jefes que humillan a sus empleadas, ricos que maltratan a pobres, reyes que encierran a súbditas… pero cambiarán por amor. ¿Te suena?
Se nos presentan como amores inevitables cuando en realidad contienen un desequilibrio de poder evidente. No, no es romántico, es abuso de poder.
Lo mires como lo mires, es maltrato
Si quieres ver un ejemplo de todo esto, atención a esta escena de Un beso con chispa (2025), al final del episodio 3 (y comienzo del 4). Se gustan en secreto, pero la relación es imposible: ella trabaja para él, él quiere que abandone la empresa y ella se resiste. Necesita su firma para un informe urgente y acude a la piscina a buscarlo.
La serie ya nos ha contado algo decisivo: ella no sabe nadar. Y él lo sabe.

A partir del minuto 58 se encadenan el maltrato psicológico, la humillación, la destrucción de su material de trabajo y una situación de riesgo físico real. El trabajo de ella y de sus compañeras está en juego. Él lanza el informe al agua y se va. Ella se mete en el agua e intenta recuperar las hojas (igual se han quedado sin tinta, no me preguntes por qué no imprimen otra copia) pero llega a la parte donde ya no toca suelo y… parece que va a ahogarse…

Todo envuelto en una escena que, sin embargo, muchos leerán como romántica: Mira cómo la analizan en este vídeo, que afirman: «Jang Ki-yong salva a Ahn Eun-jin tras caer al agua sin saber nadar. El contacto visual en silencio transforma un momento de miedo en una poderosa expresión de amor, confianza y conexión».
Wow. «La salva», dicen. No se acuerdan de quién la ha puesto en peligro…
Insistencia
Luego está esa vieja conocida: la insistencia tras el no, el aparecer sin avisar, seguirla a todas partes con disimulo… Aquí se acaban las paradojas, que toca ponerse serias y nombrar bien: es acoso. Está en Secret Garden (2010) y sigue estando en Cuando la Camelia Florece (2019).
Ah, y hay dos escenas típicas, odiosas, que deberían llevar una advertencia de peligro. Por sencillas. Por letales.
Escena odiosa número 1: agarre de muñeca (Wrist Grab). Después de discutir o de un malentendido, ella se gira decidida y se va. Pero en el último momento, él la agarra del brazo, le da vuelta (a veces a cámara lenta) y ahora esperamos… ¡sí, el primer beso!

Escena odiosa número 2: contra la pared. Otro malentendido provoca que tengan que esconderse en silencio y la única solución es que él la arrincone a ella contra la pared. Él es más grande y más fuerte. Se miran con deseo, esa proximidad calienta el ambiente. Pero, ¿están en igualdad de condiciones? Eso que nos resultaba tan atractivo, qué chico tan alto y qué buen físico tiene, puede convertirse en una barrera insalvable.
De nuevo, ¡sí, ahí esperamos el primer beso!
Estas escenas no son románticas. Y no es exagerado señalar que alimentan lo que hoy llamamos «cultura de la violación»: ese conjunto de creencias, actitudes y prácticas sociales que normalizan, trivializan o incluso justifican la violencia sexual. Cuando vemos una y otra vez que «agarrarla sin permiso» acaba en beso apasionado, que «insistir tras un no» es persistencia romántica, que «arrinconarla físicamente» es tensión sexual, ¿qué estamos aprendiendo (o reforzando)?
Aprendemos que el consentimiento es negociable, que la resistencia es parte del juego, que el deseo masculino justifica la invasión del espacio femenino. Esas escenas las habíamos desterrado de la pantalla precisamente por esto. Y han vuelto. Con subtítulos en coreano, pero han vuelto.
Así que no.
NO sigue siendo NO. 아니요. En coreano también.
¡Ay, y el destino! Se conocieron de peques, se conocieron en otra vida… cuando opera el destino y no hay nada que hacer, se despierta nuestra famosa media naranja. Y entonces, qué le vas a hacer, lo tienes que soportar todo por amor. ¿También te suena?
¿Por qué hemos bajado la guardia?
Aquí pasa algo curioso. Cuando estos patrones aparecen en una serie occidental solemos detectarlos rápido. Pero si llegan desde una cultura que percibimos como lejana activamos la indulgencia automática. “Será cultural”, nos decimos.
Pero hay algo más operando aquí. Creo que es una mezcla de varios factores que se solapan:
Primero, el cansancio.
Llevamos décadas activando el radar crítico constantemente: analizando series y películas, detectando micromachismos, desmontando narrativas tóxicas. Es agotador. Y cuando algo llega desde fuera, desde una cultura que no es la nuestra, hay una parte de nosotras que quiere descansar. “Esto no va conmigo, es de otra parte, puedo relajarme”. Como si el patriarcado respetara fronteras geográficas.
Segundo, el exotismo.
Lo que viene de lejos nos parece inofensivo precisamente porque no lo entendemos del todo. La distancia cultural funciona como un filtro que difumina los contornos. «Es que allí son así», «es que es otra cultura», «es que tiene otro rollo». Y bajo esa excusa del relativismo cultural, nos tragamos escenas que en un contexto cercano identificaríamos como problemáticas de inmediato.
Tercero, la estética nos desarma.
Y están tan mezcladas con escenas amables, que a veces cuesta separar unas de otras. La forma de rodar también es diferente. Llevas siete episodios esperando que se besen. Todo está sucediendo a cámara hiperlenta, con una música melódica in crescendo, con pétalos rosas cayendo de los almendros o fuegos artificiales de fondo. La escena hiperlenta se repite tres o cuatro veces para ver bien ese acercamiento de labios desde diferentes puntos de vista…
Están poniendo el foco de forma tan exagerada que es imposible fijarte en nada más. La belleza visual anestesia el análisis crítico.
Y cuarto, ¿hay un deseo de creer que existe un patriarcado “mejor»?
Quizá, inconscientemente, queremos pensar que en algún lugar del mundo el amor romántico no está contaminado por la toxicidad que conocemos. Que puede haber cuidado sin control, devoción sin sumisión, romance sin violencia. ¿Los K-dramas nos ofrecen esa ilusión?: «mira, aquí los hombres cuidan, cocinan, lloran». Y queremos creerlo, tanto que no vemos lo que hay debajo.
Pero lo cierto es que el patriarcado no tiene versiones más amables. Solo tiene formas distintas de presentarse. Y los K-dramas han encontrado una especialmente efectiva: envolver los mismos mandatos de siempre en una estética de cuidado, en una narrativa pausada, en una promesa de seguridad emocional.
Y funciona. Vaya si funciona.
Paremos un momento, para comer
Hay otro elemento fascinante que atraviesa todas estas historias, que tiene tanta presencia como una co-protagonista: la comida. No es atrezo; es lenguaje emocional. Se cocina para consolar, para pedir perdón, para acompañar una enfermedad o simplemente para decir “me importas”.

Compartir mesa crea vínculos, o los desvela…
Y más rápido que cualquier declaración. Que te pongan en el plato un trozo de carne es como pedirte salir, como un primer “te quiero”. Y muchas veces, antes que el médico, aparece un plato caliente. La comida como medicina, como refugio, como hogar portátil.
Las eternas cuidadoras
Claro que este cuidado convive con algo menos luminoso: las madres, y las mujeres mayores en general, siguen siendo las proveedoras constantes de alimento, las que sostienen la vida cotidiana sin que eso se nombre demasiado. Siempre en casa, siempre cocinando. Cuidado real y carga de género coexistiendo sin estridencias.
Las que no, se encuentran dirigiendo empresas o “mandando” de la familia, con un estilo autoritario propio de un dictador. Esa eterna dualidad: mujer servicial buena – mujer autónoma con poder mala.
Otra contradicción más.
Comidas de trabajo
También se repite una escena que dice mucho sobre la estructura social que retratan estas series: la comida de trabajo. No es ocio; es pertenencia. Ojo, no siempre vas por gusto, vas porque toca. ¡El jefe paga hoy! Alcohol (mucho alcohol) comida y confesiones que solo salen ahí.
Durante unas horas parece que las jerarquías se relajan y muchas tensiones se digieren alrededor de la mesa. Lo que no se dice sobria, se dice después de una de esas cenas. Es el escenario perfecto para primeros acercamientos y metidas de pata que luego habrá que disimular.
Quizá por eso estas historias resultan tan confortables: combinan orden emocional y previsibilidad narrativa en un mundo cada vez más incierto.
Con todo esto sobre la mesa…
Ahora que hemos puesto todo esto sobre la mesa (literalmente, como en un K-drama) la pregunta es: ¿y ahora qué? ¿Dejamos de verlos? ¿Los cancelamos? ¿Nos flagelamos por haber caído?
No se trata de dejar de ver K-dramas ni de arruinar ese rato feliz.
Yo veo mucho audiovisual, muy variado, así que no me he sentido en «peligro». Después de una temporada de El Cuento de la Criada, de ver a Saga Norén persiguiendo asesinos en serie en El Puente y el nuevo spin-off de Daryl y Carol, de The Walking Dead, el cuerpo puede pedirme a gritos un contenido «flojo» y me dice: ¡El amor da mucha guerra, esa promete!
Pero luego pienso: hay quien se engancha a esto, pero no sale de ese universo. ¿Qué hacemos? Bueno…
Se trata, simplemente, de mirar sin apagar la cabeza. Podemos disfrutar del paraguas bajo la lluvia, del paseo entre cerezos y del ramen compartido. Pero no olvidemos que, bajo esa dulzura, siguen operando mecanismos muy conocidos.
Desde que mi madre también se enganchó hay algo que me gusta observar: la ausencia total de cinismo con la que se emociona. Reconoce los códigos, anticipa escenas, se entrega sin ironía. Y pienso que quizá estas series están ofreciendo algo que se me había olvidado: la posibilidad de sentir sin mas, sin pedir perdón por ello.
Decidí no luchar contra el fenómeno. Explicarlo.
¿Y sabes cuándo lo hablamos? En el momento más K-drama posible: mientras comemos. Porque en este universo, y quizá también en el nuestro, si alguien te quiere, lo primero que hace es preguntarte si ya has comido.



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