Señoras invisibles everywhere: ¿es nuestro súper poder?

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Señoras invisibles everywhere


Leen más, van más al teatro, llenan actividades culturales y se recomiendan unas a otras qué ver, qué leer y adónde ir. Las señoras están en todas partes. Aunque la cultura no siempre parezca verlas.

No sé tú, pero yo últimamente voy a muchos eventos culturales en mi ciudad. Y siempre que miro alrededor veo lo mismo: señoras. Señoras como yo. Lo he comentado muchas veces con mis amigas, también señoras. Piensan igual, que más o menos es esto:

Las señoras están en todas partes

Teatro: señoras. Cine: señoras. Exposiciones: señoras. Presentaciones de libros: señoras. Conferencias: señoras. Visitas guiadas: señoras. Viajes culturales: grupos y grupos de señoras.

Una vez empiezas a mirar, es casi cómico. Están. Absolutamente. En todas partes.

Aunque si quieres escribir sobre algo, pensé, lo mejor es buscar datos que confirmen tus impresiones. ¿Qué tenemos? Por ejemplo:

No son el único público, evidentemente. Pero están. Y en números que no son pequeños.

Y si seguimos tirando del hilo de la lectura, aparece algo interesante. Desde 2017, el grupo de mayores de 65 años es el que más ha aumentado su hábito lector: 13 puntos, hasta alcanzar el 58 %.

Y eso que las mujeres tenemos menos tiempo disponible para el ocio y la cultura

Cuando preguntan a quienes no leen o leen poco por qué no lo hacen, la respuesta principal es la falta de tiempo. La señala el 51 % de las mujeres, frente al 35 % de los hombres. Y afecta especialmente a la población entre 25 y 65 años: 47 %. Ese motivo baja al 27 % de quienes ya han cumplido los 65.

Es decir: somos muy lectoras. Pero llega esa etapa de la vida en la que hay que encajar trabajo, casa, cuidados, maternidad y, por supuesto, seguir estando estupendas. Y resulta que cuando nos preguntan qué nos impide leer, contestamos: no tengo tiempo.

Hasta ese momento, a veces la jubilación, a veces antes, a veces después, en que empezamos a recuperar algo que durante buena parte de nuestra vida ha escaseado bastante: tiempo para nosotras.

Con esos datos, me atrevo a decir: las mujeres leeríamos todavía más si tuviéramos tiempo.

También me llama la atención cómo una cosa alimenta la otra. Lees más. Descubres una autora. Se la recomiendas a una amiga. Ella te habla de una exposición. Otra propone una obra de teatro. Alguien encuentra una charla. Se monta un grupo de WhatsApp. Una dice «¿vamos?» y cuatro contestan «voy».

Los datos también apuntan en esa dirección. Quienes leen libros participan más que la población general en otras actividades culturales: van más a museos, al teatro, a conciertos y al cine. Lo mismo ocurre con quienes visitan museos, galerías o exposiciones: participan más en el resto de actividades culturales.

No sabemos qué fue primero, si el libro llevó al teatro o el teatro al libro. Pero quizá tampoco importa demasiado.

La cultura genera más cultura. Y la curiosidad, más curiosidad.

Pero creo que hay algo más. Las mujeres no llegamos a la madurez siendo las mismas que éramos veinte o treinta años antes. Hemos leído, aprendido, discutido, cambiado de opinión, descubierto cosas, cuestionado otras. Hemos crecido. Y seguimos haciéndolo. Quizá todo eso también cambia lo que buscamos cuando por fin tenemos algo más de espacio para elegir.

Por eso mi impresión no es simplemente que las señoras «tengamos más tiempo y salgamos más». Es que puede estar ocurriendo algo bastante más interesante: el tiempo que recuperamos lo estamos convirtiendo en cultura, conversación y comunidad.

Y casi siempre: juntas

No tengo datos de esto. Solo cuento con mi propia observación y lo que he comentado con otras mujeres. No solo me llama la atención que estén. También cómo van: en grupo.

Así que esto va más allá de «la mujer mayor que por fin puede ir sola a donde quiere». Claro. Ahora puede, sabe lo que quiere y quiere hacerlo. Y lo hace con otras. Elige ir con otras mujeres.

Las amigas.

En determinado momento de la vida aparecen grupos de mujeres que van juntas al teatro, viajan, comen, leen, visitan exposiciones, hacen cursos, descubren cosas y se las recomiendan unas a otras.

Da igual su estado civil. Enviudan, se divorcian, nunca tuvieron una relación con un hombre o viven con uno pero hacen cada cual lo que quiere (faltaría más). No soy yo la única que afirma que ellas trabajan esas redes de amistad más que ellos.

Entonces, están, y son muchas. Ocupan mucho espacio. ¿Por qué no las vemos?

La paradoja cultural

A medida que las mujeres envejecen, desaparecen de las pantallas. De los carteles. Incluso de las promociones de los eventos. 

Los informes de CIMA y otros observatorios de igualdad en la cultura lo confirman. La investigación sobre representación audiovisual lleva años documentando una doble penalización por sexo y edad: las mujeres pierden protagonismo en las ficciones mucho antes y mucho más rápido que los hombres.

A medida que envejecen las mujeres desaparecen de las pantallas y aparecen en las butacas. Las llenan, diría yo.

El dato del cine es más sorprendente de lo que parece a primera vista. Porque buena parte del cine comercial y, sobre todo, de su maquinaria promocional persigue prioritariamente al público joven. Las señoras no son el target preferente de las grandes franquicias, las sagas, los estrenos masivos.

No estamos en el circuito A.

Y, sin embargo, seguimos yendo al cine. Eligiendo. Llenando determinadas salas en determinados horarios.

No puedo demostrar que las señoras sostengan el cine independiente, el europeo, el de autor, la Filmoteca. Solo tengo la sospecha de que, si alguien se molestara en medirlo, saldría corriendo a darles las gracias.

Ahora, sal del cine y vete a un club de lectura. Vete a una charla de lo que sea. Vete a la Universidad Popular. Vete a un taller municipal. ¿Qué ves? Señoras.

Incluso en espacios sociales…

Más allá de la cartera

Porque no todo es taquilla, no siempre hay compra de entradas. Y menos mal, porque recordemos la terrible brecha de género en salarios y pensiones. Los hombres siguen teniendo salarios y pensiones más altos que las mujeres.

Sí, el dinero importa también a la hora de acceder a la cultura. Después de la falta de tiempo, para las mujeres el dinero es el segundo motivo para no leer o no hacerlo con más frecuencia. Para los hombres, no: es la falta de interés.

Con las migajas de las que viven algunas, da gracias que puedan ir el martes al cine porque solo les cuesta dos euros. Y tres hurras por el bono oro, con el que les sale gratis el bus y consiguen descuento en el teatro.

Las señoras también destacan como público de todos esos recursos culturales comunitarios: actividades municipales, universidades populares, asociaciones, talleres gratuitos, grupos de lectura...

Ojo, no hablo del relato de las mujeres como cuidadoras. Parece que estamos siempre dando, también a la comunidad. Porque eso existe, obvio, pero lo que veo ahora es distinto, es la otra dirección. Hacen comunidad también para recibir. Para ellas.

Se apuntan a una asociación. Hacen ganchillo juntas. Van a un taller. Organizan cosas. Aprenden. Siguen aportando. Pero están disfrutando. Demostrando que la cultura nunca es solo cultura.

No toda la cultura es solo cultura

Otro temazo. Cuando las estadísticas cuentan el consumo cultural, meten en el mismo saco cosas muy distintas.

Por ejemplo, la música es cultura. Evidente. Obvio. Un festival de música es cultura. Pero se han convertido en un dispositivo muy concreto. Cuando alrededor de la música construimos noche, fiesta y alcohol, estamos construyendo una forma determinada de socialización.

La música y la fiesta se asocian, se funden. Desfase incluido. ¿Y dónde quedan las señoras en ese modelo? No las queremos ahí. O no nos queremos ahí, hay de todo. Hay rockeros viejos. No desentonan. Puede que alguna rockera vieja. Pero no verás ni la mitad de señoras. ¿No te parece que se vuelve un formato cultural joven y/o masculino? A mí me lo parece, cada vez más.

(Paréntesis: Empecé a trabajar en agencias de publicidad a mediados de los noventa. A veces tocaba hacer campañas para marcas de alcohol. Aquí no estoy sospechando, no necesito buscar datos. Lo viví desde dentro. He trabajado para varias industrias con limitaciones publicitarias: alcohol, tabaco, leche de fórmula, juguetes… sé cómo han ido sorteando esas barreras legales a su promoción. Barreras que existen por motivos obvios: no puedes ir diciendo a la infancia que beba y fume, por ejemplo.

Bien, pensaron, patrocinemos conciertos, escenarios, festivales. También eventos deportivos, por cierto. Ejem, ejem. Hasta el punto de que la marca no sostiene un festival. Es el festival. Es el nombre, el logo del festival. Ya no hay concierto sin cerveza. Y va a más. Cierro paréntesis)

Y de la noche al tardeo; y del tardeo al aperitivo. A este paso, pronto habrá festivales de música mientras desayunas… con carajillo, por supuesto.

Las señoras mezclan cultura con otras cuestiones

Vuelvo a nosotras. Teatro y amigas y café. Cine y conversación. Taller y grupo. Excursión y comida. Club de lectura y comunidad. Y sus vinos (cervezas, vermuts o lo que sea) cuando quieren, ¿eh? 

Igual tampoco consumimos cultura pura. Utilizamos la cultura para encontrarnos, relacionarnos, aprender, salir, construir una vida compartida. La diferencia es que esa forma de sociabilidad resulta mucho menos visible como fenómeno. No genera grandes titulares ni cifras de asistentes impresionantes. Nadie cuenta a las cinco amigas que han quedado para ir al teatro como un fenómeno social.

Cinco señoras que todos los jueves van juntas a una actividad municipal, ya ves. No parecemos un fenómeno. Y sin embargo… ¡Ojo!

Somos un ejército cultural silencioso

Señoras tomando café. Señoras organizando una excursión. Señoras comentando una obra a la salida del teatro.

Nada especialmente amenazador.

Algunas con dinero para las mejores entradas. Otras expertas en descuentos. Otras fieles de las actividades municipales o asociativas.

Tienen criterio. Tienen tiempo. Y tienen amigas.

Ese grupo de WhatsApp puede ser una pequeña maquinaria de prescripción cultural que no aparece en ninguna estadística. No, no hay estadísticas de esto. Pero tú también lo has visto. Una reenvía un enlace al grupo. Otra pregunta si quedan plazas. Otra compra cinco entradas. Otra más se apunta a última hora y se trae a otra amiga. Siempre igual: alguien propone, alguien decide. Y allá que van. 

Acaban de intervenir en los resultados de la taquilla.

O de llenar una actividad. O de conseguir que un taller funcione y vuelva a programarse.

Repito, es un súper poder.

Porque lo que elegimos ver, leer, visitar, recomendar tiene consecuencias. Una obra que funciona sigue en cartel. Una película que encuentra público permanece en las salas. Una actividad que se llena vuelve a programarse. Una autora que vende consigue publicar otro libro.

Y ahí quería llegar: nuestras decisiones también intervienen en qué cultura consigue seguir existiendo. Qué proyectos encuentran público. Quién consigue seguir creando. Piénsalo, ¿a quién le cuesta más y por eso mismo deberíamos apoyar?

Sí, me refiero a la creación femenina.

Por supuesto, pecadora. Me refiero a apoyar a las mujeres que escriben, diseñan, pintan, investigan, cantan, cosen o bailan. La taquilla es política.

Señoras, tenemos un súper-poder. Somos invisibles. Somos muchas. Estamos en todas partes. Y podemos usar nuestro poder para cambiar la cultura. 

¿Lo sabemos? 

Ya lo decía el tío Spiderman (en las últimas pelis, la tía May, todavía mejor): todo poder conlleva una gran responsabilidad. 

¿Qué hacemos con nuestra invisibilidad poderosa? ¿Nos vemos como colectivo? ¿Entendemos lo que podemos conseguir?

Una piensa que compró una entrada para ir con Carmen. Otra que recomendó un libro en su grupo. Otra que organizó una salida para ocho. Otra que se apuntó a un taller. Otra que llevó a tres amigas. 

Individualmente, gestos pequeños. Decisiones cotidianas.

Pero sumadas…

Tengo una manía: proyecto nuevo, libreta nueva. Así que si esto de #MásTaquillaFemenina va a ser un proyecto, aunque sea pequeñito, necesitamos una. Para apuntar cultura hecha por mujeres, próximas citas, cosas que queremos ver, leer o escuchar y, sobre todo, cosas que después recomendaremos a otras.

Varias libretas Mi Agenda Señora Power estampadas a mano

Y como el objetivo es colectivo, pensé: ¿y si empezamos todas con la misma?

Así nació MI AGENDA SEÑORA POWER, una pequeña libreta casi de bolsillo (9x14cm).

Sirve para anotar tus próximas citas con la cultura hecha por mujeres. Y lo próximo que recomendarás tú a otras.

Las primeras las llevaré a los encuentros. Si quieres la tuya y estás lejos, escríbeme por WhatsApp.

Precio: 3 € (5 € con envío).

Porque, recordemos (esta vez, para siempre)…

Las butacas tienen poder.
Y están llenas de señoras.


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