(libro) Ética para Celia, contra la doble verdad

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Me apetecía mucho hablar del doble rasero, un tema que no tiene fin, voy a estrenarlo con una reseña del libro de Ana de Miguel, Ética para Celia, contra la doble verdad. Está en mi lista de imprescindibles para empezar en el feminismo, porque nos explica muy clarito cuál es la base del sistema. Ana nos habla de la doble verdad, de la forma en la que el nuevo patriarcado continúa ofreciendo lo mismo de siempre de manera ¿más sutil? Privilegios para unos, cargas para otras. Seguimos inmersas en esa contradicción elemental: las mujeres por fin podemos votar, estudiar, trabajar, viajar, tener propiedades, relacionarnos con quien queramos, podemos tener un proyecto de vida… peeero no nos hemos librado del mandato de cuidar y sostener el proyecto de quienes nos rodean.

¿Y cómo nos hemos creído esta mierda? Peor aún, ¿cómo han conseguido que tomemos parte en nuestra propia opresión? Entre otras cosas, haciéndonos creer que la desigualdad es cosa del pasado. Pero sigue siendo lo mismo, solo que, como le dice a Ken un ejecutivo en la peli de Barbie, “ahora lo disimulamos mejor”. Yaaaa, síiii, hemos avanzaaado. Pero ni tanto, ni tan rápido, ni tan fácil, ni tan definitivo como nos hacen creer.

Dicen que vivimos en un patriarcado basado en el consentimiento, qué cuestión más perversa. Consentimiento es esa palabra que en realidad parece decir: veeenga, vaaale, no me conviene mucho, pero consiento por avanzar un poquito. Podríamos definirlo mejor (al patriarcado moderno occidental, ojo) con otro concepto: la libre elección (temazo de otro gran libro de la misma autora, por cierto). Nos dicen que todo va bien y que, si ves mujeres-objeto, ya no es un problema, porque ellas lo eligen. Tú eliges ser objeto porque quieres ser objeto. 

Antes no elegías, era una cuestión legal, no podías escapar. Según avanzan los derechos femeninos, curiosamente, los valores sociales se transforman y de repente acaban ganando de nuevo los mismos. Bueno, no se transforman solos, los transforma alguien, alguien que tiene el poder de hacerlo. Y, bueno, no es una sola persona, son muchas personas remando en la misma dirección, muchas personas con los mismos intereses. Tampoco es que se reúnan para decidirlo y hacerlo, es más una inercia a la que se suman individuos, grupos, gobiernos, religiones, arte, filosofía, historia, ciencia… y el poder moderno por excelencia: el dinero. Hoy, el mercado y los medios de comunicación se retroalimentan en un no parar de jodernos para seguir mandando y, de paso, ganando dinero a nuestra costa. Sí, guapa, vete a trabajar, pero con la talla 38. Aspira a un ascenso, pero cobrando menos y aparentando 24 años y, ¡ah!, sin dejar de criar y cuidar y limpiar…

Ay, espera, que ya hemos llegado (¡qué rápido!) al quid de la cuestión: El mundo está hecho para hombres cuidados por mujeres. Durante toda su vida. Primero su madre, luego su pareja. Luego su nueva pareja más joven. Y si no tiene pareja, todas las demás “mujeres satélite” que hay a su alrededor. Este concepto lo escuche en un episodio de Radiojaputa y me encantó, junto con otro concepto, la “ineficacia estratégica”. Juntos, forman el combo de la “fantástica vida independiente masculina”. Fantástica en su significado literal de fantasía, porque de realidad tiene cero: hermanas, madres, amigas, cualquiera que esté cerca y les sirva para hacer de canguro, de cocinera, limpiadora, psicóloga, animadora, etc. Como siempre les cubrimos, tienen la falsa ilusión de ser autónomos. Y nadie lo es, ojo, pero ellos menos. Vamos, que se dicen hombres independientes, pero… no lo son.

“Los hombres no se limitaron a hacer un mundo a su medida y semejanza, hicieron un mundo a la medida y semejanza de hombres con mujeres incorporadas a su proyecto de vida”. 

— Ana de Miguel

Hace unos días, una amiga me comentaba lo que le había impresionado algo de un museo de miniaturas y exclamó: «¡me pareció alucinante! ¿Cómo conseguía el tío hacer esas piezas tan pequeñas y tan increíbles?» Sin pensarlo un segundo, salió de mi boca: «yo te digo cómo. No tenía que pensar en la comida, ni levantarse a fregar, ni a llevar al niño al cole, ni ayudar a ducharse a la abuela, podía tirarse todo el puñetero día sentado frente al puñetero alfiler hasta que le salía bien ese puñetero diminuto dibujo. Horas y horas de no hacer nada más». La misma respuesta sirve para todos los demás hombres que han hecho cosas, si cambias “puñetero alfiler” y “puñetero dibujo” por lo que sea que han hecho. Solo se me olvidó añadir una cosa: «Y luego todo el mundo le aplaude. Y el dinero supuestamente lo gana él. Cuando hay una (como poco) mujer que ha estado sosteniendo realmente a ese hombre con todo ese trabajo ¡gratis!»

Esa es otra. Las horas y horas y horas de cuidados no pagados. Ya se preguntó Virginia Woolf qué necesita una mujer para crear. Que lo mismo sirve para crear que para vivir, a secas. La respuesta es la misma: dinero y una habitación propia (mejor casa propia, hoy en día). Antes, simplemente nos prohibían trabajar, heredar, tener propiedades… ahora podemos, pero cobramos menos, ascendemos menos, somos menos premiadas y menos visibles, dominamos las profesiones peor valoradas y peor pagadas… De nuevo, doble rasero para que nada cambie.

¿Otra engañifa?: El reparto de tareas. Antaño, él hacía bricolaje (una vez al año) y ella la comida (varias veces al día). Ahora, tengo la teoría de que el reparto sigue siendo poco equitativo, pero que está muy camuflado. Me da que nos tocas las tareas más repetitivas, aburridas y con menos valoración social. Veo muchos hombres que cocinan y pocos preocupados por el wc. Me gustaría un estudio serio para confirmar esta sospecha. Pero, solo con nombrarte otro importante concepto usado por las feministas, ya me darás la razón en cuanto a esto del reparto. Ahí va… ¿preparada?… ¡la carga mental! ¡tachán! ¿Tengo razón? Si además nos centramos en la época de crianza, buf… Parece que los padres modernos ya están súper integrados en eso del criar, ahora que tienen bajas de paternidad tan largas como las bajas de maternidad, sin haberse embarazado ni haber parido ni nada, por cierto. Y ya se pueden quejar de lo duro que es cuidar. Pero en la paternidad, sorry, mi teoría sigue en pie. De hecho, padrazos ellos por poco que hagan; malas madres nosotras por poquito que se nos escape.

También bromea Ana en el libro con la idea de que existe el mito de la viuda alegre, la mujer que empieza a vivir al quedarse sola. Pero no existe el mito del viudo alegre. Lo normal es que ellos vuelvan a casarse para ser cuidados de nuevo. Hoy, con tantos divorcios, también vemos la rapidez con la que vuelven a tener pareja. Necesitan a alguien que les apoye… ¿Y nosotras, qué necesitamos?

«Susie Orbach y Luise Eichenbaum, terapeutas, escribieron un libro con el endiablado título de ¿Qué quieren las mujeres? Cansadas de escuchar siempre las mismas quejas en su consulta, se decidieron a interpretarlas. Llegaron a la conclusión de que el problema de las mujeres no era que fueran más dependientes de los hombres, sino justamente al contrario. Que echaban la vista atrás y no había nadie en quien apoyarse»

El apoyo es vital. Ellos lo tienen. Nosotras no. Lo que nos gustaría a todas es poder delegar la casa, el cuidado, poder olvidarnos del qué vamos a comer, de las consultas médicas, de la ropa, poder pensar solo en nuestro proyecto pero, claro, teniendo todo lo demás hecho, bien hecho, como por arte de magia y como a nosotras nos gusta. Como si hubiera unos ratoncitos de dibujos que vienen por la noche a hacerlo todo. O como si los calcetines sucios realmente fueran arrastrándose hasta la lavadora y luego se colgaran en el tendedero y luego saltaran al cajón y se doblaran solos. ¿Te imaginas? Porque muchos hombres creen que funciona así.

Otra cosa que no estaría nada mal es el reconocimiento por las cosas que hacemos. Apoyo y reconocimiento, ¿te lo puedes imaginar? No, no los “me gusta” de Instagram o el “qué guapa” que nos decimos al vernos. El reconocimiento es una necesidad humana vital. Sentirnos validadas como personas con plenos derechos, con valor por ser, por existir, esa valoración que viene de fuera, pero alimenta lo de dentro, ayudaría a que no nos sintiéramos una mierda. ¿Por qué tantas mujeres brillantes tienen el síndrome de la impostora? ¿Por qué las mujeres se miran al espejo para odiarse, para buscar el fallo? Ay, amiga, el autodesprecio es otro de los grandes éxitos del patriarcado. 

Pues, mira, resulta que, entre nosotras, podemos aprender a valorarnos y a relajarnos, lejos de la mirada masculina. Pero, vaya, también nos hicieron creer que la amistad era algo de hombres. En el pasado, nos obligaron a competir por casarnos con un hombre para poder sobrevivir. Y mientras lo hacíamos, ellos decían de nosotras que era nuestro verdadero ser, que las peores enemigas para las mujeres son las demás mujeres. Así de paso nos mantenían separadas… ¡vaya, otra casualidad!

También se nos valoraba por estar casadas, claro. Y todavía nos hacen creer que nuestra felicidad depende de ello. Claro que nuestra supervivencia (que no felicidad) dependía de ello, antes, pero ahora podemos comprarnos nuestra propia comida. Así que los mitos del amor romántico sobrevuelan nuestras cabezas como locos. Ay, el amor, nada como el amor para distraernos en la búsqueda de ese reconocimiento básico, vital. Como alguien nos ama, un hombre, y socialmente ya supone una recompensa, nos despistamos. Nos conformamos con eso, nos olvidamos del resto. Bueno, ahora nos dejan no-casarnos porque así no parece lo mismo, incluso podemos vivir cada cual en su casa, más transgresor, pero seguimos siendo validadas por estar en pareja. Por eso las pelis terminan con el beso, porque el inicio de una relación es como la meta. Para nosotras… Porque el amor nunca es igual para ellos que para ellas. Las chicas, dice Ana, se quejan continuamente del amor, por el cruel desengaño del compañero que no es tal compañero, que no es lo que les habían vendido. Una vez se apaga la llama… ¿qué queda? En cambio, dice…

«hablo con los chicos y no escucho esa queja ni veo en las librerías títulos como: «hombres que aman demasiado», y «hombres que ya no sufren cuando les dejan». De los hombres se escucho más a menudo quejas como que las chicas guapas pasan de ellos. Más que un hombre, un voto parece que la nueva promesa de la democracia es un chico, una tía buena. ¿También es una promesa para ellas? No, porque ellas son precisamente las que tienen que aprender a valorar el interior de los muchachos»

Mientras, Don Juan sigue vivo. Cambiado, poliamoroso, vivito y coleando, nunca mejor dicho. Ahora también parece muy transgresor eso de ser una mujer que pasa del amor y tiene relaciones varias y variadas, sin compromiso. Hacer como ellos. Pero nunca, nunca es lo mismo. No hay recompensa social para nosotras por hacerlo y, en cambio, sí corremos más riesgos. Por otro lado, ¿solo sexo? Pero el sexo… ¿qué es el sexo? El único sexo que conocemos es el patriarcal, centrado en el deseo masculino. Me hizo mucha gracia un párrafo del libro: «en principio, un pene es un trozo de carne, sin más. Un rasgo físico de la mitad de la humanidad. Se sitúa colgando por mitad del cuerpo y su función principal es hacer pis». Visto así casi parece inofensivo. Pero también señala que otro gran triunfo del sistema, posiblemente el mayor, ha sido «convertir este trozo de carne en una religión» Y, hablando de doble rasero, ya sabes cuándo algo es la polla o es un coñazo…

Un coñazo, curioso porque los persiguen como locos, pero los ponen a parir. (Nunca mejor dicho… Me lo ponen en bandeja). Sí, les encantan, por eso nos convirtieron también en sus juguetes sexuales. Y ahora, además, nosotras mismas nos sexualizamos porque queremos. De nuevo, la libre elección. Yo no conozco a ninguna niña que diga: «de mayor quiero ser puta», pero al paso que vamos… Al paso que vamos, ¿dónde queda nuestro deseo? En ningún lugar del mundo las mujeres deciden sobre su sexualidad, bien porque la censuran o porque la fomentan, cuando no la venden, la alquilan… ¿Dónde narices queda nuestro deseo? Yo todavía no sé responder a esto.

“Yo salgo desnuda y tú sales vestido, bendita libertad. Si existe la servidumbre voluntaria, la de las mujeres es la más perfecta y sutil que quepa imaginar”. 

— Ana de Miguel


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5 responses to “(libro) Ética para Celia, contra la doble verdad”

  1. […] 31 de enero de 2024 Empoderamiento, Feminismo, Hermanas, Igualdad, Mujeres, Niñas, Patriarcado, Sin categoría, Sororidad (libro) Ética para Celia, contra la doble verdad […]

  2. Avatar de
    Anónimo

    Me encanta!! Según te escucho, me voy retorciendo un poquito más por dentro.

    Y es que…habrá que ponerse a pecar para remediarlo.

    Mil gracias, un abrazo, hermana.

    Carmen.

    1. Avatar de Maldita Pecadora

      Un placer, como siempre. Me anima leerte. 🙂

  3. […] te apetece más sobre este tema, vayamos a la maestra: Ana de Miguel. Ya te hablé de otro libro suyo, Ética para Celia, donde habla del doble rasero. En este, «Neoliberalismo sexual. El mito de la libre elección», […]

  4. […] entra el concepto de doble rasero (la doble verdad de la que habla Ana de Miguel en Ética para Celia. Lee mi reseña aquí). A medida que las mujeres hemos ido ganando derechos legales y transformando valores sociales, el […]

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