Si prefieres escuchar, dale al play que te lo leo:
Es significativo que lo primero que hagamos al llegar a casa es quitarnos los tacones mientras suspiramos de alivio. Es más que significativo. Yo he llevado pocos zapatos de tacón en esta vida, pero había situaciones en las que parecía deseable, a veces inevitable. Siempre pienso que, si nos sorprende una catástrofe repentina y hay que salir corriendo para salvar la vida, muchas de nosotras moriremos por no poder escapar, atrapadas en nuestro look. ¿Te apetece imaginar conmigo una situación absurda? Venga, va, ¿la Gala de los Óscar?, ¿la Meet Gala? ¿O (no nos vayamos tan lejos)… la boda de tu amiga en el salón de moda?
Empieza la acción.
Ya estamos casi en el postre. La gente empieza a relajarse, a pedir que se besen y a cambiarse de mesa… Imagina que, de repente, se produce un gran incendio o una explosión; o que se estrella el helicóptero de Tulipán en la entrada; o que hay un terremoto; o que empieza el apocalipsis zombie… Mejor salir pitando. La multitud se agolpa taponando las enormes puertas, que ahora parecen enanas, tropieza en las escaleras, se empuja, corre, grita, el caos es terrible y empezamos a ver gente pisoteada, personas cayendo por las barandillas, asfixiadas entre la multitud, golpeadas contra las columnas del pasillo, contra las butacas… pocas logran escapar indemnes.
Pausa… ¿Quién crees que tiene más probabilidades de salvarse en un caso así? ¿La señora con falda hasta los tobillos, faja y tacones de 4 cm o el chavalote que puede combinar su traje elegante con unas zapatillas? ¿La jovencita con sandalias de tacón de 8 cm, sujetas con una mínima tira de piel sobre los dedos y otra que rodea el tobillo, o el señor más clásico que lleva esos zapatos de vestir de toda la vida, bien sujetos en cada uno de sus pies, con cordones finos pero perfectamente atados?

¿UNA CARRERA?
En realidad, no hace falta llegar a imaginar una situación tan catastrófica. Sufrimos pequeñas desgracias diarias que son más que suficientes como para tirar los zapatos de tacón al contenedor naranja: dolor de pies, tendinitis de Aquiles, juanetes, callos; torceduras, incluso caídas (repasa las subiditas accidentadas a recoger un Óscar o en los desfiles de modelos y, ojo, se supone que ellas tienen nivel PRO andando con tacones); molestias en rodillas, cadera, espalda…; incluso lesiones a largo plazo, porque, si los llevas a diario, fuerzas un cambio en tu postura natural que afecta a cualquier rincón del cuerpo. A mi madre, a veces le animo a llevar unas buenas zapatillas, pero me dice que no puede andar lisa, que necesita un mínimo de cuña. Conozco varias mujeres mayores que repiten lo mismo. ¿No habrán modificado su estructura ósea de tantos años de taconeo? No conozco ninguna mujer joven que diga que no puede caminar sin cuña.
Si haces una búsqueda rápida en Google sobre problemas causados por los zapatos de tacón encuentras montañas y montañas de información. Pero casi todos los artículos terminan con recomendaciones para usarlos: no usarlos más de dos o tres horas seguidas, que no tengan más de tres o cuatro centímetros, evitar andar largas distancias, descansar a menudo sentándose y, si es posible, quitárselos… Todo menos decir: mira, chica, mejor si los cambias por unas buenas botas planas, que las hay muy monas. Pero no, dicen cosas como: «si no puedes evitar el uso de tacones…» ¿Si no puedes evitarlo, en serio? ¿Me estás queriendo decir que es obligatorio en algunos casos, situaciones, lugares? A ver, ¿dónde te pueden obligar, en algún trabajo? Eso es, como poco, discriminatorio. ¿El compañero los lleva? No. Pues tú, tampoco. Punto. Y, si hablamos de prevención de riesgos laborales, en fin, también es un peligro evidente. Torceduras, dolores, lesiones… Que no nos la cuelen más. ¿Quieren adornos? Que se compren una lámpara.
Por cierto, un «callo» es tanto una dureza del pie como una persona fea. Aquí lo dice la RAE.
Divertido, ¿no?, que buscar la belleza provoque fealdad.
También hay una obligatoriedad social, en eventos como el que hemos comentado, bodas, galas, actos elegantes en general. ¡Elegancia e incomodidad, esa maldita pareja! Además, nunca vienen solos. Igual Rosalía (o quien se lleve ahora) puede ir con chándal y zapatos de tacón, pero tú y yo no vamos a ir así a una boda, ¿a que no? Los tacones llegan acompañados de toda una pandilla de incomodidades: el poco movimiento que permiten la mayoría de los vestidos de noche, que solo quedan bien si permaneces estirada, con los hombros hacia atrás, metiendo tripa, sin moverte demasiado; la insoportable levedad del ser (del ser mujer que se orina en medio de una de esas fiestas y se tiene que bajar y volver a colocar todo el modelito); la falta de bolsillos, compensada con bolsitos mínimos que te obligan a elegir si llevarte el móvil o el tabaco (elige móvil, claro. Si no puedes dejar de fumar, siempre puedes gorronear); el frío que se pasa con unos ridículos tirantes y medias transparentes en pleno invierno… ¡El chal!, que en la foto del catálogo quedaba muy bien, pero eso no hay quien lo lleve con gracia y, además, joder, no abriga una mierda, ¡aquí no hay quien se mantenga erguida y caliente a la vez!…
Ay, pero vamos bellas, elegantes, y… los tacones nos hacen las piernas bonitas. Porque esa es otra, ¿te habías dado cuenta de que las mujeres no tenemos las piernas bonitas? Nacemos con ese otro defecto de serie. Las piernas masculinas son bonitas tal como vienen al mundo, y tal como evolucionan, llenas de pelos y con sus formas naturales. Pero las piernas femeninas necesitan varios retoques y posiciones especiales. Por eso hay que depilarlas completamente, eso por supuesto, untarlas de cremas, broncearlas y luego poner el pie como una Barbie, bien estirado hacia arriba, de puntillas, elevando el talón hacia el cielo y dejando todo el peso del cuerpo en la punta -esa parte del pie, por cierto, tiene un nombre que sirve para título de una película de acción, «Ataque al metatarso»-. Parece ser que los tacones logran un efecto visual de alargar las piernas al mismo tiempo que las «tornean». ¡Otra cosa curiosa!, porque si se consigue ese efecto es porque al ponernos de puntillas se tensan los gastrocnemios, popularmente conocidos como los gemelos, lo cual, parece ser, nos embellece las piernas. Y digo que es curioso porque en pocas ocasiones los músculos de las mujeres son considerados como algo bello.
La fuerza parece opuesta a la belleza femenina. De hecho, unas piernas de mujer musculosas de verdad, de normal (sin ponerse de puntillas ni nada de eso), pero lo suficientemente musculosas para que cuando las veas pienses: «ostras, en caso de catástrofe inminente y repentina, esa mujer conseguirá salir corriendo y salvar su vida», esas piernas no tienen valor patriarcal. ¡Una mujer que parece capaz de salvarse a sí misma! ¡Fallo de sistema, fallo de sistema! Si no son bellas, belleza delicada, blanda, suave, débil, no tienen valor patriarcal. El músculo, mejor dicho, la ilusión de músculo que producen unos tacones altos sí que tiene valor patriarcal. Será porque nos impide el movimiento, la acción, porque solo es una ilusión. Como decía un anuncio antiguo… la potencia sin control no sirve de nada.

Será porque es solo eso, una ilusión, porque como decía un anuncio antiguo… la potencia sin control no sirve de nada.
Igual estás pensado que exagero, que he puesto un ejemplo extremo y que las mujeres no siempre calzamos así. Todas no y cada vez menos. Pero seguimos priorizando la estética a la comodidad. Antes muertas que sencillas. Para presumir hay que sufrir. Ya sabes.
El mundo de la moda, además, se ha encargado de convertir ese objeto de tortura en un icono. Los diseñadores de mayor prestigio nos deleitan con sus modelos imposibles. Como el famoso Manolo Blahnik, que, por cierto, Manolo tenía que llamarse… Ellos no los usan. Ellos solo se hacen ricos mientras destrozan nuestros pies. Según un artículo de Marie Claire, el artífice del famoso tacón de aguja fue Salvatore Ferragamo, en 1940. Y explican también que «Aquello fue una revolución: los tacones de aguja logran que el pie se vea más pequeño y más delicado, que las piernas se alarguen como por arte de magia y que la espalda permanezca erguida, con lo que resalta el pecho y hace que el trasero destaque hasta un 25 por ciento más»… Wow.
Hay zapatos de tacón tan, tan, tan increíbles que solo de verlos ya estás deseando quitártelos.
No importa que no siempre llevemos tacones. Con los zapatos planos, si bien no es tan exagerado, pasa lo mismo, que muchas veces son incómodos pero, como son bonitos, los llevamos. Las sandalias que se salen del pie todo el rato, las bailarinas que solo cubren los dedos y apenas el talón (y también se salen del pie todo el rato)… Calzado cómodo durante 15 segundos. ¿Para la foto? Estupendo. ¿Quieres andar? No sirven.
Tengo pruebas. Cada tarde salgo a pasear, me pongo mis zapatillas y ando un buen rato por una zona de paseo, sin semáforos, sin cruces. En verano, por un paseo de playa. Es un tramo largo en el que la gente está ahí por dos razones: o van a (o vuelven de) la playa o van a pasear, como hago yo. Empezó a llamarme la atención que la mayoría de gente que paseaba eran parejas y que se repetía un curioso patrón. Ellos van cómodos; ellas, guapas. Y repito que estamos en una zona de pa-se-o. Se supone que están ahí pa-ra an-dar. No daba crédito. Empecé a hacer fotos y tengo una buena colección para ilustrar mi argumento. Aquí hay algunas.
Como ves, no todo son tacones y la mayoría son de cuña de esparto, que dicen que es lo más de lo más… y muchas van con sandalia plana, pero plana, plana, sí. Lo que me llama la atención no es tanto la sandalia o la cuña en particular: me llama la atención el patrón. Es decir, montones y montones de parejas que sobre las 6 o las 7 h se plantean qué hacer y deciden que se van a PA-SE-AR. Y, repito, todos ellos se ponen cómodos para andar un buen rato. Pero todas esas mujeres han decidido calzarse así para ir a PA-SE-AR, todas ellas han priorizado la estética a la funcionalidad. No sé si paseáis muy a menudo, pero puedes probar a hacer el mismo paseo, pongamos de una hora de duración, de diferentes maneras: Día 1, unas sandalias bonitas y planas, sueltecitas, que se vea bien el pie y destaquen las uñas recién pintadas. Día 2, unas preciosas cuñas de esparto que se atan al tobillo con cintas de tela. Día 3, unas zapatillas deportivas, con una buena suela y bien atadas, que sujeten el pie, sin apretar. Las hay bonitas, por cierto. Las hay incluso con brillos y lentejuelas, si es lo que te apetece. Bueno, cuando lo hayas probado, me encantaría que me escribieras y me dijeras qué paseo ha sido más agradable para tus pies, tus piernas (y tu espalda, según la edad que tengas, je).
La buena noticia es que cada vez se ven más zapatillas y zapatos o botas cómodas, incluso en los pies de mujeres muy mayores. ¡Bien! Mira, esta foto la hice ayer en mi paseo de ciudad:

Ah, ya lo habrás leído alguna vez, pero recordemos: los tacones los empezaron a usar los hombres. Para elevar su altura, supongo que por virilidad o rango; para andar por las calles sin ensuciarse (claro, no estaban asfaltadas y no había alcantarillado, imagínate todo lo que se pisaba a diario); o para enganchar bien el pie a la espuela cuando cabalgaban… Pero desde la Revolución Francesa abandonaron su uso y nos lo impusieron a nosotras, además de mandarnos a casa… Ay, no, no, como cantaba Francisco, no es por casualidad… nana na nananá, nana na nana naaanaaa…
Ha habido muchos otros objetos de tortura en el mundo de la belleza. Ya nos habíamos librado de los corsés y ahora nos parece imposible utilizar una prenda semejante. Un solo corsé es capaz de provocar hasta 97 enfermedades diferentes (en serio, hay una lista publicada en 1874, según cuenta Summer Strevens en el libro Fashionably Fatal). Dentro de un siglo se compadecerán de nosotras en el Tratado de los zapatos de tacón del SXXI. También quedaron en el pasado aquellas faldas ampulosas, con materiales altamente inflamables y terroríficos miriñaques, estructuras que amplificaban el diámetro y reducían la capacidad de movimiento de su usuaria. De nuevo, no exagero. Parece que eran tan grandes que resultaba imposible que dos mujeres compartieran sillón (mejor así, no vayan a juntarse a hablar y tramen algo). Y en caso de incendio, estaban condenadas a morir quemadas. Una de esas tragedias se cuenta en la serie «El Bazar de la Caridad», que empieza con un incendio real sucedido en 1897, en París, en el que perdieron la vida 126 personas, casi todas mujeres de la alta sociedad y sus criadas. Como la idiotez con la que he empezado este artículo, pero en este caso la desgracia fue real.
En fin que, todavía hoy, para presumir hay que sufrir en mil trescientas variaciones. La única ventaja que le encuentro a todo esto es que me da mucho material para escribir sobre lo absurdo de la moda femenina, así en general. Otro día atacaré la ropa deportiva, que desde hace un par de años está dejando de ser el oasis de la funcionalidad. Grrr…
Para terminar, otra situación absurda: ¿Te imaginas a un hombre que sale de compras y elige un traje, un pantalón, una camisa, unos zapatos, lo que sea, que le apriete, que le estire, que no le deje moverse, que resulte mínimamente incómodo? ¿Te lo imaginas diciendo: «da igual que sea incómodo, estoy guapísimo»? ¿Te imaginas un hombre yendo por la vida incómodo?
PD: Antes de que de lo digas: los trajes masculinos en pleno verano, la corbata… Ya, pero piénsalo bien: ¿por qué lo llevan? Desde luego, no es por gustar más, menos aún por gustarnos a nosotras. ¡Es el símbolo del poder! Antes armas, ahora corbatas, porque la fuerza ya no asegura el poder; el dinero sí. ¿Y los que ya no llevan trajes? Pues igual también pensamos sobre eso otro día, todos esos Steve Jobs que nos dominan hoy. ¿Será el suéter negro de cuello alto la nueva corbata?…















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