La mujer no nace…

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Decía Simone de Beauvoir que la mujer no nace, se hace. Y me ha dado por pensar, a mí también, en cómo “se hace»:


Claro que no naces mujer. Naces ser humano, naces persona, quizás la variante hembra del ser humano, sin más. La mujer que serás se hace mientras la persona que eras se deshace. No es un juego de palabras, es un proceso. Porque, si te fijas bien, para ser mujer has de matar todo lo que podías haber sido al nacer, lo que venía contigo, de serie. Has de reprimir todo lo que va surgiendo de ti al crecer. Tienes que dejar de ser, para soportar. Tienes que dejar de sentirte, para mirarte desde fuera. Dejar de pensar en ti, para priorizar a otros. “Otros», así, en ese masculino nada genérico. Dejar de cuidarte, para cuidar. Dejar de moverte, para posar. Dejar de jugar, para gustar. Dejar de soñar, para servir. Dejar de escucharte. Dejar de tener tiempo, dejar de ocupar espacio. Según aprendes las reglas de lo femenino, vas olvidando lo que eras, hasta que ya no te acuerdas de ti y llegas a creer que piensas, actúas o decides lo que tú quieres, porque tú quieres. Pero esa ya no eres tú, porque, ¿quién narices va a querer realmente vivir así, sometida?

Así que permitidme una versión de la famosa frase, porque creo que ni nace, ni se hace. La mujer no nace, te deshace.


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