La humanidad aprendió a tejer miles de años antes de inventar la rueda. La primera tecnología, la que cambio nuestro cerebro y nuestra historia, se quedó escondida detrás de una piedra. Y todavía la llamamos «mis labores».
El feminismo, que se replantea todos los detalles del mundo que conocemos, se replanteó también la división entre Arte y artesanía. En los sesenta y setenta, se preguntaron: ¿Quién decide que una disciplina se considere Arte o se quede como artesanía? ¿Quién impuso la jerarquía? ¿Quién decidió que lo artístico era elevado, digno de museo, y lo artesano menor y olvidable? ¿Por qué el tejer no se ha valorado, se ha pagado poco, mal o nada? ¿Por qué se ha relegado a lo doméstico? ¿Por qué se ha invisibilizado a sus creadoras?… ¿Tendrá algo que ver con que sea una actividad tradicional y mayoritariamente realizada por mujeres?
La cultura es todo lo que nos define como grupo social. Pero ellos jerarquizan las actividades y, cómo no, se piden lo mejor. Así, por un lado tenemos la Cultura, sí, con mayúsculas: se asocia al “genio creativo”. Ese talento capaz de generar obras maestras, dignas de ser admiradas; y que pertenece, por derecho propio, a un señor con barba. Por otro lado está la multitud de actividades que (quizás por repetitivas, por cotidianas, aburridas, pesadas o vete a saber por qué) realizaban ellas: Cosas de casa. Cosas de mujeres. Se quedaron abajo. Perdieron valor. Que no importancia, ojo.
¿Cómo sucede esto? Hagamos un poco de historia… o de prehistoria.
Me basaré sobre todo en tres libros que tratan este tema1, uno sobre el patriarcado en sí y dos sobre la historia del tejido. Y en los mitos griegos clásicos. Vamos allá.
¿Quién inventa el tejido?

Me encanta el capítulo en el que Gerda Lerner imaginó a una madre prehistórica que tuvo que ingeniárselas para inventar una bolsa y poder así recolectar alimentos. ¿Y por qué una madre? Obvio: porque, mientras, sujetaba en brazos a su criatura. La tecnología surge de necesidades muy concretas que tenemos como especie. Y los historiadores, antropólogos, arqueólogos… tardaron en entender algunas necesidades reales porque miraban con sus propios ojos de señoro privilegiado.
Empecemos por el principio: el cordel, la cuerda, el hilo
No hemos caído en este detalle hasta hace poco. Virginia Postrel (en El tejido de la civilización) dice que lo que conocemos como Edad de Piedra, perfectamente podría llamarse Edad del Cordel. Los primeros arqueólogos nos explicaron la importancia de la piedra para construir herramientas (sobre todo armas, lanzas)… y llamaron Paleolítico a esa etapa larguísima.
Claro, el cordel se pudre. Con los métodos actuales se puede ver a partir de restos microscópicos, ahí estaba; pero antes no, no se veía. Lo que no me ha quedado claro es cómo pensaban los arqueólogos que se sujetaba la punta, cómo creían que se quedaba unida al palo. ¿Resina? ¿Magia? ¿Mocos? No parece tan descabellado, si eres científico, pensador, inteligente deducir que faltaba algo. Algo que unía las dos piezas y las transformaba en una herramienta: la lanza.
«Los pelos cortos de algún animal lanudo, o una planta fibrosa, enroscados fuertemente, dan como resultado una cuerda tan larga como la paciencia del hilador lo permita. La cuerda es una de las herramientas más versátiles que nos hemos inventado, y es también una de las más antiguas, aun más que la cerámica y mucho más que la agricultura. Algunos arqueólogos hablan de la “revolución de la cuerda”, ya que es la base de muchos otros inventos, como la red o la polea, que a su vez tienen miles de usos que hicieron más fácil la vida a nuestros antepasados»
Annuska Angulo y Miriam Mabel Martínez (El mensaje está en el tejido)
Con un cordel puedes hacer un sedal para pescar. Puedes poner trampas para cazar. Puedes colgar comida, transportar animales o fabricar arcos. Puedes atar cosas, como la punta de la lanza a su palo. Puedes atarlos entre sí y crear redes, bolsas, o porta-bebés. Permite dominar la naturaleza.
Varios hilos formaban un cordel. Imagina cuando se dieron cuenta de que también podían crear un tejido…
Luego llegó el tejido: la ropa aparece hace 190000 años
Es verdad que el tejido apenas dejó rastros visibles. Y es cierto que las primeras herramientas para tejer eran tan sencillas que se confundían con simples palos. Esto dificultó la interpretación correcta de esos yacimientos. Pero la sospecha de Anuska y Miriam (autoras del libro El mensaje está en el tejido) es que «el impedimento principal para el estudio de la prehistoria del tejido es que, hasta hace sólo unas docenas de años, había pocas arqueólogas que tejían y que pudieran reconocer restos arqueológicos textiles. Hemos menospreciado tanto el trabajo de las mujeres que casi lo hacemos invisible».
Ahora sabemos cómo eran los primeros tejidos. Varios hilos formaban un cordel. Pronto, entrelazaron varios cordeles una y otra vez… y descubrieron una tecnología que lo cambiaría todo. Todo.
Lograr un tejido era lento. Primero había que hilar y luego tejer hasta lograr una sola prenda. Darle forma a una bolsa, que parece nos parece ahora una pieza tan sencilla, podía costar un mes.
Pero sí, parece que aún éramos nómadas y ya íbamos por ahí con ropa. Supuestamente, por la necesidad de abrigarnos, pero muchas autoras hablan también de otra necesidad (o placer) de esos primeros grupos humanos: expresar su identidad.
El caso es que, desde que aprendieron a tejer, no cesaron de mejorar la técnica, de investigar las materias primas, de aplicarlo a más actividades y productos… El trabajo se fue haciendo más complejo. Aprendieron que no todas hebras servían para hacer tela. Las más valiosas eran el lino y lana. Pero tener toda ese material disponible requería otro gran avance: la agricultura y la ganadería.
Que siempre hemos pensado que esas dos actividades surgen por la necesidad de alimentarnos regularmente. Pero, mira, resulta que la necesidad de obtener materia prima para los tejidos era incluso mayor.
Miles de años después, hace 10000, ya en el Neolítico, aparece el telar
Cultivaban lino y criaban ovejas. Hilaban y tejían con herramientas sencillas, y el trabajo requería demasiadas horas. Hasta que apareció el telar en China, Mesopotamia, Egipto, Turquía… y la civilización dio otro paso enorme. Un salto, más bien.
Y esto también facilitó el trabajo de los arqueólogos. ¡Por fin encontraban pistas claras, herramientas evidentes! Llegaban a la excavación, sacaban aquella estructura y pensaban: ostras, esto debe servir para algo… Aunque ese algo fuera “cosas de mujeres” y decidieran contárnoslo como algo menor. Aunque en el museo sigan expuestos detrás de las tecnologías que creían masculinas, como las armas.
Otro dato curioso: costaba mucho más trabajo (y requería más material) el hilado y tejido para elaborar las velas de un barco que fabricar el propio barco. Así que sin ellas, no había barcos, no había comercio, no había guerras. Ya sabes, sin nosotras: nada.

Fue el tejido lo que propició nuestra civilización
Las piezas textiles, además de usarse a diario, se intercambiaban, vendían, han supuesto la base comercial que ha financiado grandes imperios, grandes revoluciones, grandes guerras. Y no solo el comercio: las técnicas y tecnologías del textil son las que han hecho avanzar la industria, las matemáticas, la química… ¡la civilización!
Es decir: las mujeres han tejido la civilización y los hombres se han llevado los méritos… y los beneficios. Pero a nadie le extraña ya.
En la división del trabajo, tejían, mayoritariamente, las mujeres
Ojo, que esto no tenía nada que ver con sus capacidades ni con diferencias fisiológicas ni psicológicas. Más bien, como han afirmaron las primeras antropólogas feministas, con el hecho de que era una tarea compatible con el cuidado infantil, nada peligrosa para las criaturas, que se puede realizar en cualquier lugar, que no requiere una gran concentración, que se puede interrumpir y retomar las veces que sea necesario…
El valor inferior se lo otorgaron después y solo se basa en la apropiación del trabajo femenino
Son piezas prácticas, cotidianas, que además “decoran” nuestro día a día, que nos lo facilitan, que se pueden realizar colectivamente, en compañía, que nos identifican como grupo… Es una tarea funcional, práctica, ¡necesaria!, ¡imprescindible!, ¡valiosa!… y que nadie reconoce como se merece. Todavía sucede.
Todas las civilizaciones la han infravalorado, a pesar de que se basan en ella para evolucionar; todas tienen tradiciones relacionadas con esta actividad, sus propias técnicas, materiales, estética…
Ah, y por su puesto… sus propias mitologías.
Qué nos cuentan (en realidad) los mitos…
En esos mitos, podemos analizar por qué en el reparto del mundo a las mujeres nos tocó tejer. Porque los mitos se crean (muy convenientemente) para explicarnos cómo (quieren que nos creamos que) funciona el mundo. El patriarcado occidental, en su fundación, creó la mitología griega para aleccionarnos. Veamos algunos de los ejemplos más famosos de mujeres tejedoras y los estereotipos que quisieron que interiorizásemos a partir de ellos.
Las Moiras
En un lugar oculto, indeterminado, más allá del tiempo y el espacio, trabajan tres hermanas sosteniendo en sus manos los hilos de nuestras vidas. Tejen nuestros destinos. Cada vida humana es una hebra de hilo que surge de la rueca de Cloto. Láquesis la mide, la sostiene, la cruza con otras, y Átropo la corta cuando llega nuestra muerte.
(Imagen: El triunfo de la muerte o los tres destinos. Tapiz Flamenco, entre 1510 – 1520)

Según Hesíodo (Teogonía) las parió la Noche (sin acostarse con nadie, curioso dato). Luego da otra versión, siempre hay varias versiones de las genealogías míticas, y dice que son hijas de Zeus y Temis, diosa de la justicia. Hoy quiero analizar la primera, verás por qué…
La Noche, la oscuridad, nos hace pensar en la invisibilización de esa labor imprescindible a la que se dedican las tres hermanas. El gran poder de crear y cuidar de la vida, tiene para ellas un alto precio: se someten, se sacrifican por una tarea constante, repetitiva, cuidando de todo el mundo menos de ellas mismas, decidiendo otros destinos pero no los suyos propios, en un lugar oculto, sin salir “de casa” (están juntas, en grupo, al menos)… Es decir, sostienen la vida en silencio, sin esperar nada a cambio. ¿Te suena? Sigamos.
Atenea es la diosa guerrera, sabia, gran estratega… y patrona de las hilanderas
Esta diosa encarna la metáfora de la apropiación de la capacidad creadora por parte de los hombres (¿te suena lo de la envidia del útero?): nos cuentan que Atenea nació de la cabeza de Zeus (que se había comido a la madre; como ves, solo tenía buenas ideas este señor).

Esto justifica también que una chica pueda ser inteligente, porque sale de la cabeza de él; y que pueda pasearse por los espacios públicos como quisiera.
Ah, más curiosidades: nació ya vestida de guerrera y gritando. Una de las pocas mujeres con voz pública. Y otro detalle (no dejan nada al azar): se mantuvo virgen, que parece ser la única forma real de no despistarse con tonterías; si quieres éxito, poder, te quedas sin amor y sin sexo.
Bueno, a lo que íbamos, resulta que otro don de la diosa era que tejía como la diosa que era. La number one, vamos. Aparte de su cuerpo, es la única característica destacable “femenina” que tiene. Pero…
Luego llega Aracne, una muchacha famosa por su maestría en esto del tejer
Y, claro, nos cuentan aquí, de paso, la inevitable competencia femenina (mira que les gusta repetir esa idea). Aracne estaba tan orgullosa de su don que iba por ahí presumiendo de tejer incluso mejor que Atenea. ¡Qué has dicho, calla, chiquilla! Atenea lo escucha y no le hace una pizca de gracia. Se pasa por allí, cabreadísima y monta… una competición. ¡Hala, las dos a tejer un tapiz, a ver cuál es más hermoso! Qué presión.
La diosa tejió la escena de su triunfo en la fundación de Atenas. Bien por ella, legitimando y visibilizando su gran logro.

(Te lo recuerdo: en otro enfrentamiento, esta vez por convertirse en la deidad protectora de la ciudad, Poseidón les había ofrecido a los ciudadanos2 una fuente de agua salada (no te rías, era el dios del mar, no de la imaginación). Y Atenea les ofreció un olivo. El árbol les pareció mucho más práctico (me vas a comparar un vaso de agua que no hay quien se beba con un buen chorro de aceite en las tostadas, vamos) y ganó ella. A la ciudad le pusieron su nombre, le hicieron un templo y todas esas cosas excesivas que tanto gustan a las deidades griegas)
Aracne decidió tejer varios episodios de violaciones por parte de los dioses, incluido Zeus, el papi de Atenea. Atenea al verlo se cabreó mucho, mucho. No sé si por meterse con papi o porque su tapiz no era tan bonito como el de Aracne (las dos cosas juntas, supongo).

La muchacha, acongojada ante la furia de la diosa, intentó suicidarse… imagínate el miedo que daba Atenea. Pero la diosa, esta vez, tuvo algo de compasión por la chica (digo “esta vez” porque no era un acto muy frecuente en ella).
Le perdonó la vida, peeero la transformó en una araña. Quedó condenada a tejer tapices transparentes, de esos que te atrapan como en una red invisible, como una trampa femenina. Competencia femenina, una lección a las presumidas, mujeres que tejen trampas invisibles y te atrapan… ¡Qué bien se le daba a los griegos crear estereotipos!
La princesa Ariadna y su ovillo mágico
Antecedentes: era hija del rey y la reina de Creta, Minos y Pasifae. Su madre había tenido un escarceo con un toro blanco que le envió Poseidón (sí, son muy raros estos mitos: ellos con jovencitas, ellas con animales, en fin). El caso es que dio a luz al famoso minotauro. Y tuvieron que construir un laberinto para encerrar a la criatura y que no fuera por palacio comiéndose a la gente.
Para alimentarlo, desde Atenas, condenada por una derrota militar, enviaban cada año catorce jóvenes como sacrificio. Y Teseo, el hijo del rey ateniense, se presentó voluntario para intentar matar al monstruo y acabar con el cruel castigo. Muy bien por Teseo, por ahora…
Empieza nuestra historia: Ariadna se enamora de Teseo. Él le pide ayuda prometiéndole amor eterno y todas esas mentiras clásicas. Ariadna le explica cómo moverse por el laberinto y matar a su hermano.

Y le da su ovillo para que vaya desenredándolo a su camino. Ella se queda fuera sujetando un extremo, para asegurarse de que el chaval encuentre la salida (que si no, imagínatelo, aún estaría allí dando vueltas).
Teseo mata al minotauro, sale y se lleva en el barco a Ariadna y tooodo el mérito de la misión.
Paran en la isla Naxos y, mientras Ariadna se echa una siesta… él se va y la abandona, la deja ahí, durmiendo. Exacto, lo que estás pensando: ella lo salva, lo deja todo por él, su reino, su familia; y él la deja a ella. Otra lección patriarcal. Las jóvenes salvando el culo a los hombres sin esperar nada a cambio, sacrificando todo por amor. Pero ellos libres de obligaciones, solo a disfrutar del éxito público no merecido.

(Paréntesis: en realidad se libra de una buena. Teseo es penoso. Y luego ella tendrá otra aventura con Dionisos, el del vino y las fiestas sinfín, y se lo pasará bastante mejor. Acaba siendo inmortal, fíjate). En esta imagen: Triunfo de Baco y Ariadna, de Annibale Carracci, 1586.
Otra famosa tejedora de la época fue Penélope, la esposa que espera y espera paciente la vuelta de su chico
Odiseo (Ulises) se fue a la guerra de Troya, que duró diez años. Y luego estuvo otros diez años intentando volver, o eso dice él. En realidad se los pasó de aventuras con monstruos marinos, visitas al inframundo… y hermosas ninfas.
En esa espera, a Penélope se le colaron en el castillo montones de pretendientes. Insistían en que Odiseo debía haber muerto (porque no había llegado aún) y que ella tenía que elegir un nuevo esposo. ¡Faltaría más, una mujer gobernando sola! Ella les convenció de que al terminar de tejer un sudario para su suegro, elegiría marido entre ellos. Así que de día tejía, a la vista de todos; de noche destejía, lejos de todas las miradas. Una labor interminable que, de nuevo, nos habla del sometimiento femenino, de la reclusión en lo doméstico, de la repetición… pasó a la historia como la mujer fiel, a pesar de todo lo que escuchara sobre las aventuras de él; la callada, sacrificada y paciente esposa… la mujer perfecta.

Hay muchos más mitos relacionados con el tejer. He hecho incidencia en cómo desde los inicios de nuestra historia todo lo relacionado con el tejer, el coser, el bordar, ha estado asociado a las mujeres. Y cómo al tejer se han asociado otros atributos femeninos, como la invisibilización, lo doméstico, el sacrificio, lo que no tiene valor. No es una cuestión de la actividad en sí, imprescindible, sino que al asociarse a lo femenino se han retro-alimentado la mujer y los hilos en una vorágine de ocultación patriarcal.
Pero hay otra lectura. Para empezar, el nivel de técnica, de conocimiento de materiales, las horas de aprendizaje, la constancia, la habilidad, la creatividad, etc que requiere el tejido es impresionante. Además, como hemos visto, la necesidad de esas piezas en el día a día, su papel en el avance de nuestras civilizaciones, en el financiamiento de sus empresas, de sus construcciones, de sus guerras… es evidente. Pues, mira, ¡todavía nos queda un aspecto más interesante aún!
«No sólo Aristófanes en su Lisístrata se refiere a esta actividad, también Filomena expresa su tragedia al tejer, como Helena de Troya se convierte en cronista en su telar; la crónica sería después integrada a la Ilíada. Ifigenia también narra al tejer y Clitemnestra asesina a su marido con una trampa textil. Tejer, en el mundo griego, es el idioma de las mujeres»
Annuska Angulo y Miriam Mabel Martínez, El mensaje está en el tejido
Tan asociado a las mujeres ha estado que incluso las primeras feministas lo asociaban a una forma de sometimiento, pero…
Pero es mucho más. Las mujeres utilizaron el tejido como forma de conectarse, de expresar, de denunciar, de vengarse… Tejer ha sido sinónimo de resistencia, de denuncia de comunicación, de sororidad… Ha sido una forma de ganarnos la vida, en algunas épocas incluso de ganarnos muy bien la vida. Así que, seguiremos con el tema.
En el próximo artículo…
Veremos un poco más de esa historia del tejer de las mujeres, algunos momentos en los que parecían florecer y cómo el patriarcado conseguía devolverlas a lo doméstico. Y veremos también mi parte favorita: ejemplos subversivos de mujeres y colectivos de mujeres que tejen. Denuncias, reivindicaciones y acciones que revalorizan el tejer, que lo devuelven al espacio público, que lo llevan a los museos, incluso que replantean el propio papel de los museos… En fin, ¡Pecadoras que Tejen!
Y termino ya, con otra cita del libro de Annunka y Miriam sobre el tejer, creo que la que más me gusta:
El pasado masculino se quedó en Oriente, mientras que el presente femenino se extendió hacia el futuro.
- La creación del patriarcado, de Gerda Lerner nos cuenta ese proceso en el que pasamos de la división funcional de las actividades a la apropiación de la capacidad reproductiva, del cuerpo de las mujeres… de su vida. El mensaje está en el tejido, de Miriam Mabel Martínez y Annuska Angulo Rivero es el que más perspectiva feminista pone en esto del tejer. Y El tejido de la civilización, de Virginia Postrel es el que más datos históricos nos aporta. Una impresionante narración de nuestra historia a través de los hilos, técnicas… ↩︎
- Ciudadanos: lo pongo en masculino porque así era: en Grecia la ciudadanía no era genérica, solo para algunos hombres, ni esclavos, ni pobres, ni mujeres. Con eso de llamarle la democracia más antigua también nos la han colado. ↩︎


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