En el artículo anterior recorrimos el origen del tejido, esa tecnología milenaria que precede a la rueda y a la escritura, y que ha sido históricamente tarea de mujeres. Vimos cómo, hilo a hilo, se tejieron imperios, dioses y mitos. Explicamos que no se trata de un instinto femenino, sino de una lógica práctica: el tejido se podía hacer en cualquier parte, mientras cuidaban criaturas, en grupo, sin dejar de vigilar la olla.
Es decir: las mujeres tejieron la civilización… pero los hombres escribieron la historia.
Hoy retomamos esa historia, para ver el salto la rueca manual y femenina, al telar industrial y masculino. Y después, veremos ejemplos de subversión feme nina. Del bordado al museo; del pañuelo al acto político.
Porque no solo bordamos flores, señores, también tejemos revoluciones.
Del hilo a la revolución industrial
1. Lo que cuesta un hilo
Hilaban siempre ellas. Siempre. Y siempre por cuatro perras. Porque el hilado —la tarea previa y esencial para cualquier tejido— ha sido históricamente uno de los trabajos más duros, lentos y peor pagados. Las hilanderas preindustriales lo hacían mientras cuidaban criaturas, vigilaban rebaños o esperaban a que hirviera la olla. Podían hilar en casa o fuera, solas o en grupo.

Pero nada de eso aligeraba la carga. Vamos a visualizarlo: para hacer un vaquero hacen falta 10 kilómetros de hilo, lo que suponía unas 110 horas de hilado (14 días de trabajo a jornada completa); unas sábanas de matrimonio requieren 47 kilómetros, o 924 horas (casi 4 meses); una vela de barco, 154 kilómetros, que eran 4.529 horas de trabajo: más de un año y medio hilando sin parar. Mucho más tiempo que el resto del barco. Hasta una toga romana necesitaba 40 kilómetros, y podía suponer 114 días de trabajo con un telar antiguo.

Tejer civilizaciones, sí. Pero antes, había que hilarlas. Durante semanas. Durante siglos.
2. La rueca, el primer gran giro de guión
Y entonces llegó la rueca. Un avance brutal, aunque casi nadie se acuerde. Fue el primer invento que usó una correa de transmisión —esa misma idea que luego movería fábricas enteras—. Y, al parecer, fue una trabajadora de la seda en China, allá por el siglo V a. C. quien puso de lado el huso, lo apoyó sobre una estructura, pasó una cinta y la conectó a una rueda más grande. Con un solo giro, la fusayola daba vueltas sin parar.

Una revolución… mil años antes de que esa misma rueca llegara a la India y, de ahí, a la Europa medieval. Y a la torre donde se pinchó la Bella Durmiente. Otra historia de una mujer dormida mientras el mundo giraba sin ella
3. El curioso caso de las maestres
Con el tiempo, la tecnología avanzó. Las ruecas crecieron hasta convertirse en molinos de dos pisos de altura. Se adaptó a nuevos materiales. Y fue abriendo paso a una industria más compleja. Y ahí, en ese breve paréntesis de la historia, aparecen ellas: las maestres de la seda. Mujeres expertas con manos casi mágicas. Eran encargadas del buen funcionamiento de los molinos, sabían mantener la base lubricada, reparar hebras rotas y coordinar el trabajo de cientos de husos. Eran tan codiciadas, que cobraban más que sus compañeros varones. ¡Como lo oyes! La brecha salarial inversa.
Pero ojo: esto no fue la norma. No fue en todas partes. Y no fue todo el tiempo.
Eso sí, la seda seguía siendo otra liga: lujo, exclusividad, impuestos imperiales, gusanos mimados con hojas de morera. Un material fino, deseado, pero reservado para élites. No era la fibra de las masas.
La revolución de verdad vino después: telares mecánicos y algodón barato. Ahí empezó la verdadera revolución industrial.
4. El algodón: del lujo al negocio
El algodón sí se convirtió en el tejido de las masas. Mucho antes de reinar en las fábricas, ya había sido símbolo de crecimiento económico y transformación cultural.
Por ejemplo, fue clave en la difusión del islam. Vestir algodón —en lugar de seda, prohibida por modestia religiosa— se convirtió en un signo de devoción. Esto impulsó la popularidad del material. Y viceversa: la demanda de algodón dinamizó la economía de las nuevas ciudades. La gente llegaba en busca de trabajo… y acababa abrazando la nueva fe.
El hilo, otra vez, tejiendo civilizaciones.

Pero no solo democratizó la ropa… también industrializó el sufrimiento. Ya era rentable, pero podía serlo más.
Otra curiosidad: de las cincuenta variedades de algodón que existen, solo una sirve para hacer hilo. Es una mutación rara que surgió en África con una pelusilla que daba fibras más largas. Todo el algodón útil proviene de aquella semilla.

Una de esas semillas (nadie sabe cómo) cruzó el océano hasta México, se mezcló con una variedad local… y nació un algodón aún más productivo. Un tesoro del Nuevo Mundo que las poblaciones originales usaban para vestirse, comerciar, en sus rituales… Un tesoro que pronto descubrieron los “conquistadores” y utilizaron para hacer más rentable su oro negocio: la esclavitud.
En 1806, llegó al Misisipi. En pocas décadas, la combinación entre tierra fértil, mejora de semillas y avaricia desmedida convirtió el algodón en un negocio redondo… En solo treinta años la población negra en Misisipi era mayoría.
No tenían que invertir en tecnología que aliviara el trabajo, sino en semillas más rentables. Fue el algodón lo que impulsó la división norte-sur, sostuvo la esclavitud… y alimentó la Revolución Industrial.
Por si no habías caído en este detalle: el patriarcado construyó su poder sobre los cuerpos de mujeres y personas negras esclavizadas… y con ellos, financió el capitalismo.
5. El borrado simbólico del renacimiento: arte vs artesanía
Un pasito atrás. Vamos al arte y a la artesanía. Durante siglos, bordar fue oficio, incluso arte. Mujeres y hombres cosían en gremios, talleres, monasterios, casas nobles. Y el bordado se equiparaba —al menos en técnica— a la pintura o la escultura.
Pero llegó el Renacimiento.
Y con él, la gran clasificación: Bellas Artes (con mayúsculas) por un lado; artesanía (en minúscula) por otro. Lo masculino, como siempre, ascendió al podio del genio creador. Lo femenino, relegado a entretenimiento doméstico.
Así empezó el curioso proceso de invisibilización de las mujeres: además de apartarlas, todo lo que no tenía firma, se le atribuyó a un varón. Porque, por defecto, se asumía que cualquier obra con valor debía haber sido hecha por uno de ellos. Y así se fijó la idea de que la creatividad es un atributo masculino. El genio creador, ya sabes.
Una bordadora podía tener el conocimiento técnico de un ingeniero. Pero mientras a ellos se les ensalzaba, a ellas se las precarizaba. Lo que marca la diferencia entre lo que cuelga de las paredes de un museo y lo que se guarda en un cajón no es la técnica, ni la belleza. Es el género.
«Se denomina artesanía a aquello que hacen las personas que practican un oficio, a aquello que hacen los pueblos “primitivos” y a aquello que hacen las mujeres. La pretendida evidencia que separaría el arte de la artesanía se derrumba: queda al descubierto el clasismo, racismo y sexismo de la clasificación».
Bea Porqueres
Ahora te dejo dos preguntas: ¿Quién decide qué es arte y qué es artesanía? ¿Y quién decide que una vale más que la otra? La respuesta es obvia, lo sé.
Ahora, veamos ejemplos de subversión. A ver si te vas a creer que las mujeres oprimidas siempre se conforman y se callan. Vamos a tejer la revolución…
De la puntada al grito
Un lenguaje secreto
Mientras ellos aprendían a leer y escribir, nosotras inventábamos otros lenguajes. Las mujeres tejían manteles, colchas o puntillas donde dejaban escritas sus historias en un código propio, transmitido de madres a hijas.

En China, las mujeres del sur de Hunan desarrollaron el Nüshu, la única escritura exclusivamente femenina conocida.
(foto del centro de estudios chico)
Solían contar historias íntimas y personales: lo que no podían decir en voz alta, lo tejían letra a letra. Lamentos por matrimonios forzados; consejos para hijas o nietas, para sobrellevar la vida con dignidad; información vital para las mujeres, como la primera menstruación, de la noche de bodas o el parto; o quejas veladas sobre la falta de libertad o abusos…
También escribían a sus “hermanas juradas” (laotong), una especie de pacto vitalicio de amistad que algunas culturas consideran casi equivalente al amor romántico. Se prometían lealtad, apoyo y recuerdo eterno.
En Europa, desde el siglo XVI aparecen los dechados.
Eran ejercicios de bordado. Normalmente, contenían con frases o textos que expresaban lo que se esperaba de nosotras. Sumisión, obediencia, paciencia. También había dechados que hablaban de amistad, de política, de fechas importantes.
Algunos sirvieron para canalizar violencias sufridas, siguiendo la estela de Filomena1. Elizabeth Parker, con solo 16 años, bordó en hilo rojo la historia del abuso que había sufrido como sirvienta.


IImágenes: Elizabeth Parker, sampler autobiográfico (c. 1830), Victoria & Albert Museum, Londres. Foto: V&A Images. Derechos de autoría: © Victoria & Albert Museum, London. Ficha original
Durante el siglo XIX, más de cien mil personas esclavizadas huyeron en busca de libertad.
Uno de los métodos que utilizaron fue el uso de las colchas. Las mujeres esclavizadas en EE. UU. tejían códigos secretos que indicaban los hogares seguros a lo largo del Underground Railroad, y advertían de los peligros de la zona.

Imagen: Miembros del African American Quilters of Baltimore exhibiendo una colcha conmemorativa del supuesto “código del Underground Railroad”. Foto: Getty Images. Derechos de autor: © Getty Images. Uso editorial permitido.
Todavía hoy, diversas mujeres afroamericanas hacen colchas con estos códigos y los comparten con sus hijas y nietas, en una tradición artesanal que les permite expresar su memoria heredada.
Los cuadernos de Manolita
Durante la dictadura franquista, las presas políticas codificaban mensajes entre las instrucciones de bordado. Nos lo cuenta Esther Barceló en el libro El arte de invocar la memoria. También lo contó en en el episodio “Para ellos la gloria, para nosotras el olvido” del podcast Divulvadoras de la Historia (Divulgadoras 19):
En la cárcel de Ventas y en la de Segovia, al parecer, hubo más de una veintena de presas políticas, organizadas en el Partido Comunista, que crearon su propio lenguaje.
Un código clandestino, enmascarado entre abreviaturas y símbolos de costura.
Aquellos cuadernos de claves no levantaban las sospechas ni de funcionarias ni de monjas.
Tejer resistencia: cuando el hilo se convierte en protesta
Ahora pasamos de la denuncia individual, de la supervivencia, a la protesta colectiva. El acto de tejer se convierte en una herramienta política por partida doble: por el objetivo directo de cada acción y, al mismo tiempo, por el simple hecho de reivindicar —a través de la técnica y los materiales— el valor de “las labores” históricamente femeninas. La costura, el bordado o el ganchillo dejan de ser adorno para ser discurso.
Las sufragistas:
En 1909, Mary Lowndes, artista y activista británica, publicó Banners & Banner-Making, una guía sobre cómo confeccionar pancartas para el movimiento sufragista. Pero no se limitaban a las pancartas: también confeccionaban objetos bordados para las manifestaciones, como parasoles decorados con los colores del movimiento —verde, lila y blanco—.

Imagen: Portada de “Banners and Banner‑Making” (1909) por Mary Lowndes, folletín de la Artists’ Suffrage League (LSE Library). Dominio público.
Y cuando eran encarceladas, las sufragistas bordaban sus firmas en pañuelos. No era un gesto nuevo: retomaban una costumbre social femenina, en la que las invitadas a un evento importante bordaban su nombre como recuerdo para la anfitriona.
Ellas lo convirtieron en acto político. Cada nombre bordado era testimonio de presencia, de resistencia, de hermandad. Una manera de dejar constancia, incluso entre barrotes, de que seguían juntas. De que no se borraban.
Las arpilleristas chilenas
Décadas después, en otro continente, las arpilleristas chilenas, en plena dictadura, convirtieron los restos de tela en imágenes de denuncia.
Las arpilleras son una tradición folclórica cultural que usa restos de telas para crear y recrear imágenes que, posteriormente, son cosidas sobre una tela empleada para ensacar patatas. Todo con materiales baratos y fáciles de manipular.

Imagen: Arpillera chilena realizada durante la dictadura de Pinochet (1973–1990) —escena de comunidad, represión y solidaridad—. Fotografía educativa, uso libre con crédito. Fuente: TRC Leiden / colecciones de arte popular sudamericano.
En este caso, cosían escenas de injusticia, hambre, violencia y las desapariciones de sus familiares. Las piezas se consideraban “material subversivo”. Así que se cosía de noche y se ocultaban de día. Muchas viajaron fuera de Chile gracias a abogados, sacerdotes o cooperantes extranjeros, convirtiéndose en símbolos globales de resistencia.
Las Madres de Plaza de Mayo bordaron los nombres de sus hijos desaparecidos en pañuelos blancos. También, añadían frases bordadas en los pañuelos, como “Aparición con vida de los desaparecidos”.

Imagen: Madres de Plaza de Mayo durante una de sus marchas semanales en la Plaza, Buenos Aires, ca. años 80. El pañuelo blanco en la cabeza se convirtió en símbolo de su lucha por la memoria, la verdad y la justicia.
Foto de archivo, uso editorial sin fines comerciales. Fuente: prensa histórica argentina / archivo público digitalizado.
Colocarse ese pañuelo en la cabeza era un acto político, una forma de no dejar que el olvido ganara.
Y del hogar al museo: el textil como arte
Durante siglos, los textiles fueron confinados al ámbito doméstico. Pero eso no impidió que se colaran, poco a poco, en el mundo del arte. Y que algunas mujeres empezaran a cuestionar, desde ahí, su ausencia del canon.
En 1876, las mujeres organizaron su propio pabellón en la Exposición del Centenario de Filadelfia. Este se dedicó a los logros que habían llevado a cabo mujeres, a la vez que se criticaba su subordinación a posiciones inferiores, desafiando el poder patriarcal a través de una muestra de su creatividad y su capacidad de repensar la sociedad que habitaban. Así, en la exposición se mostraron, por ejemplo, piezas artísticas que comprendían cerámicas y textiles, entre otras.

Imagen: interior del Pabellón de la Mujer en la Exposición del Centenario, Filadelfia, 1876. Foto: Centennial Photographic Co. Dominio público.
Casi un siglo después, la exposición Abstract Design in American Quilts, celebrada en 1971 en el Whitney Museum de Nueva York, marcaría un punto de inflexión. Mostraba quilts —edredones acolchados hechos con retales— como si fueran cuadros de arte abstracto. Las comisarias Jonathan Holstein y Gail van der Hoof nadaron contracorriente: convencieron a museos, crítica y público del valor artístico de esas piezas. Y demostraron que el museo no solo expone, también otorga valor cultural.
En el siglo XX, las mujeres ya no están solo en el hogar bordando en silencio, entran como artistas. Pero el sistema volvió a intentar colocarlas “en su sitio”. Y ese sitio, cómo no, era el taller textil.
Crearon piezas que cruzaron la frontera entre lo útil y lo artístico, entre lo doméstico y lo político. Hicieron del textil un lenguaje contemporáneo.y ellas lo convierten en arte, diseño, industria, discurso. Voy a mezclar estas disciplinas…
En la Rusia posterior a la revolución de 1917, las corrientes constructivistas impulsaron la creación de tejidos con valor estético y uso cotidiano. Aunque de nuevo fueron las mujeres —Liubov Popova, Varvara Stepanova, Alexandra Exter— quienes se dedicaron al diseño textil, con trabajos aplicados a ropa, escenografía y mobiliario. Arte funcional, sí. Pero rara vez reconocido como tal.

En 1911, Sonia Delaunay, rusa afincada en París, diseñó una manta de cuna para su hijo, Charles. Lo hizo siguiendo técnicas populares: reutilizando trozos de telas, como hacían las campesinas rusas. Años más tarde, esa manta fue enmarcada. Se exhibió por primera vez en la exposición de 1948 “Tapisseries et broderies abstraites”, en la galería Colette Allendy de París. De objeto útil pasó a obra de arte. Y fue el inicio de una carrera en la que Delaunay rompió activamente la frontera entre arte y artesanía.
La famosa Escuela de la Bauhaus, cuna del diseño industrial moderno, también contó con muchas mujeres en sus talleres. Pero el propio Walter Gropius, director de la escuela, recomendaba que ellas se limitaran al textil. A pesar de ello, sus alumnas aportaron diseños que hoy se consideran esenciales en la historia del diseño moderno.

Gunta Stölzl fue la única mujer que llegó a dirigir un taller en la Bauhaus (el de tejidos). Revolucionó el diseño textil con estructuras geométricas, uso de color y materiales industriales. Más tarde cofundó una fábrica textil en Suiza.

Anni Albers migró a EE. UU. tras el cierre de la Bauhaus por los nazis. Enseñó en el mítico Black Mountain College. Sus tejidos se consideran pioneros del arte textil contemporáneo.

Otti Berger patentó varios tejidos y trabajó en la industria. Sus diseños eran funcionales y modernos, pensados tanto para el arte como para la producción industrial. Su carrera fue truncada por el nazismo: era judía y fue asesinada en Auschwitz.
Imágenes Bauhaus: 1. Gunta Stölzl trabajando en el taller textil de la Bauhaus, ca. 1927. Foto: Dominio público / Bauhaus-Archiv Berlin. 2. Anni Albers en su taller, ca. 1950. Foto: Dominio público / archivo Smithsonian Institution. 3. Otti Berger en su estudio, ca. 1930. Foto: dominio público / Bauhaus-Archiv Berlin.

Y si cruzamos el Atlántico, no podemos olvidar a Ray Eames, diseñadora estadounidense que comenzó trabajando en diseño textil. Diseñó estampados geométricos, exploró materiales flexibles, y aplicó su sensibilidad textil a todo: muebles, arquitectura, cine, exposiciones. Lo que tocaba, lo convertía en forma y en lenguaje.
Imagen: Ray Eames mostrando uno de sus diseños textiles, ca. 1950. Cofundadora del estudio Eames, fue una figura clave en el desarrollo del diseño moderno en EE. UU., especialmente en los campos del mobiliario, la arquitectura y el textil. Foto: dominio público / Eames Office.
A Ray también intentaron reducirla a “la parte decorativa” del estudio. Pero fue mucho más que eso. Fue una mente brillante que tejió belleza en cada rincón del diseño del siglo XX.
Volamos a Chile. Cecilia Vicuña es artista, poeta y activista. Empieza a trabajar con arte y poesía en los 60, con arte textil en los 70. El golpe de Chile (1973) marcó su tono político y exiliado.

Sus obras textiles incluyen precarios —objetos efímeros hechos con lana, palos, residuos— y grandes quipus contemporáneos que recuperan la memoria ancestral andina y la ligan a luchas actuales.
Esto me ha quedado muy de reseña de museo. Mírala en acción en este vídeo. Y unas citas suyas:
tejer es “una forma de pensar que no separa cuerpo, palabra y cosmos.” «“El arte real consiste en estar parado donde no hay donde pararse«.
Imagen: Instalación textil de Cecilia Vicuña en el CA2M – Centro de Arte Dos de Mayo, Madrid. Foto: cortesía CA2M / exposición «Cecilia Vicuña: Veroír el fracaso».
Ah, no puede faltar el gran banquete de 1979: The Dinner Party, de Judy Chicago, la obra madre del arte feminista. Es una instalación monumental, con una mesa triangular donde se sientan 39 mujeres fundamentales de la historia —reales, mitológicas, literarias—. Cada una tiene su cubierto, su copa, su plato decorado con formas vulvares, bordados, cerámicas, manteles con sus nombres. Además, constan los nombres de 999 mujeres inscritos en los azulejos del suelo

Instalación The Dinner Party (1979) de Judy Chicago en el Elizabeth A. Sackler Center for Feminist Art del Brooklyn Museum. Cada uno de los 39 puestos con mantel bordado y plato ceremonial conmemora a una mujer histórica o mítica, y está dispuesto en una mesa triangular que simboliza feminidad y poder compartido. Foto: Donald Woodman / Artists Rights Society (ARS), Nueva York. Uso editorial.
Judith se sale, no pido sitio en el canon, se inventa otro. Chicago no solo usó materiales tradicionalmente “femeninos”, como el bordado o la cerámica decorativa: los convirtió en herramienta de archivo, de memoria y de orgullo. Más que arte decorativo, era genealogía, manifiesto… y altar.
Ahora vienen dos artistas españolas de larga trayectoria que me encantan. Y las dos han expuesto hace poco en Valencia.
Teresa Lanceta reivindica el tejido como lenguaje universal, un código abierto que une culturas y mujeres. Su obra no busca imitar, sino aprender de las tradiciones textiles de Marruecos, del Raval, de las mujeres que han bordado con lo que tenían a mano. No impone una estética: la descubre. Para Lanceta, tejer es escribir sin palabras. Y en sus tapices se cruzan la memoria, lo popular y lo político.

Imagen: Visita guiada a la exposición de Teresa Lanceta en el IVAM (València), 2022. Foto: archivo personal.
Maribel Doménech, por su parte, trabaja desde el textil contemporáneo y los nuevos materiales. Ha tejido vestidos con hilos de cobre, fibras ópticas o elementos electrónicos. Su obra conecta el cuerpo, la biografía y la tecnología, convirtiendo lo cotidiano en experiencia estética. En su serie Acciones cotidianas, lo doméstico se transforma en arte con mensaje. Doménech nos recuerda que lo femenino no es debilidad, sino una forma de mirar el mundo desde la interdependencia.

Instalación de Maribel Doménech en el Centre del Carme Cultura Contemporània (CCCC), València. Foto: CCCC / cortesía de la artista.
Y acabo con Billie Zangewa (Malaui/Sudáfrica) que nació el mismo año que yo. Su obra textil se desarrolla sobre todo desde los años 2000 en adelante. Trabaja con sedas cosidas a mano, creando escenas íntimas de la vida cotidiana desde una mirada feminista y negra. Reivindica lo doméstico, lo invisible, lo emocional… desde un medio tradicionalmente considerado “femenino”.

Imagen: Billie Zangewa, Heart of the Home, 2020. Collage textil en seda cosida a mano. Foto: cortesía de la artista / Lehmann Maupin Gallery.
“Mi arte celebra lo cotidiano. Porque la vida de las mujeres negras importa incluso cuando no es épica.”
Estas mujeres borran los límites entre arte y artesanía. El textil ya no es solo hogar. Es discurso. Es denuncia. Es belleza. Es poder.
Tejer nunca fue solo una labor individual. Siempre fue también una forma de estar juntas. De aprender, de contarse cosas, de sostenerse. A veces alrededor del fuego, otras en talleres clandestinos, y otras en espacios públicos.
Hoy hay multitud de grupos de mujeres que tejen y visibilizan.
Las tejedoras llenan las redes sociales. O se reúnen para decorar las calles, para cubrir el mobiliario urbano o colocar toldos de ganchillo.

Organizan acciones colectivas como “Las hilanderas retamos a los dioses”: un grupo tejiendo junto al famoso cuadro de las Hilanderas, en el Museo del Prado. O simplemente ocupan el espacio público con sus labores, a la fresca, en la plaza, en la calle. Mujeres reclamando su lugar en lo común, con agujas e hilos.
Las tejedoras no desaparecieron: cambiaron de formato. Dice Pauline Harmange que los grupos de mujeres, a no ser que estén haciendo “sus labores”, se consideran inofensivos. No se imaginan la capacidad de esos grupos para tejer revoluciones.
Para terminar, algunas lecturas recomendadas:

Espero que te guste y que te haga ver el mundo de otra forma. 😉
Clare Hunter es una súper tejedora y apasionada de la historia de esta labor. El libro está lleno de casos desde «la Francia medieval hasta el México y los Estados Unidos contemporáneos, y desde un campo de prisioneros de guerra en Singapur hasta un ático familiar en Escocia». «Identidad, protesta, memoria, poder y política contada a través de historias de costura».


No te voy a hacer spoiler, porque no puedo: es mi próxima lectura. Manuela Marín nos cuenta cómo «los signos visuales del vestido proporcionan informan inmediatas; edad, género, etnia, clase social, nivel de ingresos, profesión, adscripción religiosa y procedencia geográfica se manifiestan a través de variables».
Miriam Mabel Martínez y Annuska Angulo Rivero hacen reflexiones, nos traen ejemplos de todo el mundo y, sobre todo, poner en valor esta labor. Sabemos que hoy en día ya no necesitamos tejer,q ue la indistria nos lo da todo hecho y barato. Pero: «lo más difícil de extirpar en el ser humano son los placeres, sobre todo los que son sanos y oroductivos, y tejer es definitivamente uno de ellos»
Se descarga el archivo en pdf. Yo no lo he encontrado en libro físico.

- *Si hablamos de tejer secretos, pocas historias superan la de Filomena. Fue violada por su cuñado, Tereo, que además le cortó la lengua para que no pudiera contarlo. Y, por si acaso hacía mímica, la encerró.
Su hermana, Procne, la creía muerta. Hasta que recibió una pieza bordada por ella contando lo sucedido. Fue a rescatarla y, juntas, se marcaron una venganza que ni el mismísimo Tarantino supera.
Cuando terminaron de cenar, el esposo preguntó por sus hijos. A lo que ella respondió:
—Te los acabas de comer, cariño. Salud.
Y apareció Filomena con una bandeja. Con la cabeza de sus retoños.
Aquí ya más en estilo Salomé: sangriento, sí, pero en bandeja. Para no manchar el suelo de sangre. ↩︎


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