
Yo iba con bufanda. Pero es ese escaparate nos incitaba a vestir en pleno invierno con una gasa pegada al torso y un mantelito faldero sujetos con dos cinturones. Lo de enseñar las tetas me preocupó menos que la temperatura.
Todo con la excusa de que es una noche especial.
El patriarcado ha extremado el mensaje, pero el mandato es el de siempre: sufrir.
Recordé una Nochevieja. Hace 35 o 36 años.
Iba al instituto. En esa época nos gustaba ir a macro-fiestas de fin de año. No me preguntes por qué. Pagábamos un precio desorbitado por una entrada que incluía barra libre. Nos compramos un vestido de fiesta (nada fácil, no había mil tiendas como ahora y no valía sujetar una gasa con dos cinturones. Ah, y usábamos el mismo varios años) y nos íbamos con la pandilla a vivir “la noche más especial del año”. Tenía que ser especial. Tenías que hacerlo especial.
Visitamos varias salas durante varias nocheviejas. La dinámica era la de cualquier viernes, pero a precio de oro. La barra libre era una ilusión. Tardabas tanto en llegar a la barra y, una vez allí, tanto en conseguir que el camarero te viera y te sirviera, que, al final no bebías nada. Alcohol escaso y de mala calidad. En fin, ya lo he dicho: salía carísimo.
Aparte de eso, otra cosa bastante fácil en esas fiestas era acabar enrollándote con alguien. Había parejas por todas partes, besuqueándose, en lugar de estar haciendo cola para amortizar la entrada. Porque había otro mito en la noche más especial: podías encontrar a alguien especial.
Yo ya tenía novio, no era algo que me preocupara. Tenía los besuqueos y el romanticismo asegurados todo el año. Lo daba por sentado.
Pero mi recuerdo más potente de aquellas fiestas es otro.
Después de horas y horas haciendo cola en la barra o en el baño y algunos minutos de baile, las luces se encienden. La música para. Sin aviso. De golpe. Todo pierde el poco glamour que tenía a oscuras.
Salimos a la calle, después de buscar nuestras cosas en el guardarropa (otra cola inmensa). Ya es de día. Estamos en Alboraya, lejos de casa. Ruzafa, en mi caso.
Tengo mucho frío
Hace frío. Valencia no es un lugar donde las temperaturas bajen mucho. Que yo recuerde, en la ciudad solo ha nevado dos veces desde que nací y ni siquiera ha cuajado. Nunca. Pero la dichosa humedad… coge el poco frío que hay y te lo inyecta en el interior de los huesos. Allí se instala, en la médula, y no hay manera de sacarlo. El frío es mi kriptonita.

Con mi chaquetita corta y fina me tapo lo que puedo. Desdoblo las solapas para cubrir un poco el escote, hasta el inicio del cuello, cruzo los brazos y encojo los hombros.
Camino encogida como la abuelita de un cuento infantil, o como un bicho-bola.
En el catálogo donde elegí mi vestido no había ninguna advertencia sobre esto.
Hay muchos grupos como el nuestro en la calle y no pasa ningún taxi. Empezamos a andar con la esperanza de encontrar uno. En cada cabina, paramos a llamar a Teletaxi. Tres, cincuenta y siete, trece, trece. Entonces nos sabíamos de memoria los números importantes.
No hay taxis.
Seguimos andando. Los pies me duelen. No llevaba tacones. Esa moda llegó unos años después. Menos mal. Aún así, empiezo a notar las rozaduras por los zapatos nuevos. Ahora, no solo camino encogida, también cojeando.
Me acerco a mi novio y me agarro fuerte, buscando algo de calor. Hay cierto alivio, al menos de temperatura. La verdad es que así, agarrada, se me hace todavía más complicado andar.
Pero hay que andar. No pasan taxis.
Por el camino vamos comentando lo más destacable de la noche. Lo bueno de la juventud es que te puedes divertir haciendo nada, solo por el hecho de estar con tu grupo. Hay momentos en los que casi olvido el dolor de pies. Voy probando nuevas maneras de pisar, para notar menos las rozaduras.
Descansamos un momento en una parada de autobús, a ver si hay suerte y pasa uno. Pero es muy pronto. Es festivo. No hay suerte. Al menos se alivia uh poco el dolor de pies.
En un momento, mi novio se levanta y percibo…
Un amago de caballerosidad. ¡Qué romántico!
¿Se dispone a quitarse la chaqueta para aliviar mi hipotermia? El mundo entero se ilumina. Es lo que tienen los roles de género: son un asco por un lado, pero tienen esos gestos tan románticos por otro. Para compensar.
¿Cuántas veces había visto yo algo así en las películas? Qué momentazo, qué bonito, ¿verdad? Por un instante, el frío y el dolor de pies valen la pena. Suena una música imaginaria en mi cabeza, quizá violines, quizás rock & roll, da igual. Ralentizo la escena recordando cómo el prota de la peli se baja una manga, luego la otra, y se quita la chaqueta, que se desliza por el aire hasta los hombros de su compañera.
La protagonista, además, está guapísima con esa chaqueta enooorme encima de su cuerpecito, tan expuesto con ese glamuroso pero mínimo vestido. Ahora parece incluso más delgada, más vulnerable… pero también más bella. Supongo que eso acentúa el instinto protector en el chico, y así la cuida mejor.
Ahora mi novio hará todo eso… Quién sabe, igual también me lleva en brazos un trecho para aliviar mis pies heridos.
Qué va. Eso no sucedió.
Se levanto para moverse, porque él también tenía frío. Yo no paraba de quejarme y de señalar el ridículo grosor de mi chaquetita. Pero nada, no se daba por aludido. Y NO sabía qué pensar. ¿No se estaba enterando? ¿Se lo digo?
No. Lo romántico es que él se dé cuenta y se sacrifique por amor. Porque él es un tipo duro y puede con el frío. Es un chico. Es absurdo, pero es así: la regla del romanticismo dice que NO puedes pedir lo que necesitas, solo esperar. Tiene que salir de él. Tú tienes que mostrarte vulnerable, herida, pero sacrificada. Y él tiene que salvarte.
Te vistes así para ir guapa. Porque eso es lo importante. Si vas guapa te querrán. Te cuidarán. Te protegerán. Te salvarán.
Tú cumples con el sistema y el sistema cumple contigo, ¿no?
No.
No me ofrecía la chaqueta. No salía de él. Mi romanticismo entró en coma y mi orgullo herido llegó al límite. No podía más y se lo pedí. Le pedí que se quitara la chaqueta y me la dejara un rato. No recuerdo cómo lo dije, qué explicaciones di, cómo justifiqué mi atrevimiento. Seguramente no fui nada fina, ni agradable. Solo recuerdo estar helada.
Y me dijo que no, que él también tenía frío.
Le expliqué que él llevaba camisa de manga larga, una chaqueta gruesa y pantalón largo. Que yo ni siquiera llevaba mangas bajo esa ridícula chaquetita negra tan elegante. Que llevaba falda. Mini-falda, más bien. Que las medias no abrigaban nada.
No sirvió. Consideró que su contacto físico era suficiente. Que podía meter mis brazos bajo su chaqueta. Era incómodo andar así. Mucho. ¿Qué hago? ¿Camino agarrada a él para tener un poco menos de frío? ¿Ando suelta para que me duelan menos los pies?
Estaba sufriendo, me sentía ridícula e impotente. ¿Qué podía hacer?
Ostras, yo no podía librarme de mis roles. Él sí. Las películas románticas eran nuestra especialidad, no la de ellos. Eso era una cursilería. Buf, recuerdo pensar: si al menos pudiera ofrecerle sexo a cambio de la chaqueta… Pero estábamos en la calle. No había taxis. No había posibilidad.
¿De verdad no hay ni un solo taxi libre en toda la ciudad?
Después del chafón romántico, un pequeño calorcito interno empezaba a repartirse por el cuerpo. Era el cabreo. La mala leche. No dije nada. Me separé un poco de él y caminé junto a una de mis amigas hasta el final del trayecto.
No, no le dije nada, pero en ese momento me parecía el peor novio del mundo. Él no había inventado esas normas, pero me parecía que tenía que sabérselas. Y seguirlas. Lo peor, pensé que era culpa mía por haber elegido mal. Si de verdad fuera el amor de mi vida me habría dejado su chaqueta, ¡incluso me habría llevado en brazos!
No fue culpa suya, ojo. Pero entonces no lo sabía. No sabía que yo soy la única responsable de mi temperatura corporal y de mis talones. Que las normas de etiqueta son una trampa. No podía saberlo. Nadie me lo había explicado, y el auto-aprendizaje lleva su tiempo. Así que squella noche centraba mi rabia en aquella falta de romanticismo.
He buscado en Google aquel recorrido. A mi paso actual, ligero y con buenas zapatillas, es una hora y cuarto. No sé cuánto tardamos entonces. Quizá dos horas, quizá tres. El tiempo corre de otra manera cuando tienes diecitantos años.
Sigo siendo muy friolera. Mucho. Demasiado, quizás. Entre los peores momentos que guardo en mi memoria, muchos tienen que ver con el frío. Igual ese, en realidad, no fue el peor, pero fue el primero provocado por un vestido «de fiesta». Todavía fui a algunas nocheviejas, bodas, etc con vestidos cortos y sin mangas. Con abrigos mínimos porque «quedan bien».
Hay lecciones que cuesta mucho aprender
Sí, volví a pasar frío, usé muchas tiritas para las rozaduras, sufrí con algunos tacones, compré muchas medias finas para llevar repuesto en el micro-bolso, metí tripa para que me quedara mejor el vestido, llevé mucha ropa que limitaba mis movimientos, mi comodidad.
El patriarcado lo deja bien claro: es mucho más importante estar guapa que ir mínimamente cómoda.
Deshacerte del mandato de la belleza es casi imposible. ¿Y no te parece que va a más? El sistema cada vez nos lo pone peor. Y nos lo vende mejor.

Además del esfuerzo, el gasto y la energía que dedicamos a diario… además de obligarnos a ir incómodas, limitar nuestro movimiento, provocarnos heridas y lesiones, nos desgasta… además, nos convierte a nosotras en los principales adornos de todas las fiestas.
(La foto es real, lo venden por Amazon. La he elegido porque es una perfecta metáfora de lo que somos: pura decoración)
Me encanta ir calentita cuando hace frío. Agacharme o sentarme donde sea, sin estar pendiente de que se me caiga un tirante o sin vigilar si se ven las bragas. Me encanta moverme sin problemas.
Y, llámame local, ¡pero me gusta andar sin dolor!
Por cierto, hace poco me encontré con aquel novio, después de muchos años sin saber nada de él. Me alegré de verlo, está casi igual. Le pregunté qué era de su vida y, ya sabes, lo típico: Está casado, es padre y, no te lo vas a creer…
conduce un taxi.


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