En serio, las mujeres no tenemos apellido.
No me refiero a que no tengamos un apellido inscrito en el DNI. Obviamente lo tenemos. Me refiero a que no es «nuestro». Es de nuestro padre. Y el de nuestra madre era de su padre. Y el de nuestra abuela, de su padre. Siempre es una línea masculina, generación tras generación, hacia atrás en el tiempo.
Esto es tan evidente, tan naturalizado, que ni siquiera nos lo cuestionamos.
Yo tuve que ver el árbol genealógico de mi familia para darme cuenta. Mi padre tardó años en hacerlo, y al enseñármelo, no pude evitar mirar todas esas ramas cortadas de las mujeres. Claro: si vas hacia atrás en sus historias, siempre acompañan a un hombre. La línea nunca las sigue a ellas.
Y me hizo pensar: ¿alguna vez una mujer tuvo un apellido propio? Quizás a Virginia Woolf le habría hecho gracia esta pregunta.
Los apellidos se crean
Me puse a buscar de dónde venían los apellidos. En un podcast escuché que hacia el siglo X empezaron a registrar a la gente, que antes de eso solo la aristocracia tenía apellidos. Enviaban a funcionarios a todas las poblaciones para que anotaran a todas las personas que residían allí. Para diferenciar a quienes tenían el mismo nombre, anotaban algo diferencial.
En realidad no fue de un día para otro, no registraron a toda la población en un plazo determinado y las familias ya tenían apellidos para siempre. Fue un proceso bastante más lento. Durante la Edad Media y el Renacimiento (siglos XIII-XVI), los apellidos no eran hereditarios. Se fueron fijando poco a poco.
¿Cómo se creaban?
Igual ya te suena un poco el origen de la mayoría de los apellidos. Alguien necesitaba ser identificado en su comunidad y se le ponía un apodo basado en:
- Su profesión: el Herrero, el Pastor
- Su origen: el de Sevilla, el Navarro.
- Su lugar de residencia: de la Montaña, de la Torre, del Valle
- Su aspecto: el Rubio, el Delgado
- Su padre: Pérez es hijo de Pedro
Con el tiempo, ese apodo se convertía en apellido hereditario.
Pero aquí está la clave, donde siempre: en una sociedad patriarcal, ¿quién era «identificable» públicamente? Los hombres. Quienes tenían oficios públicos, propiedades, presencia en la plaza del pueblo.
Las mujeres eran «la mujer de», «la hija de». Invisibles para el sistema.
Salvo que no lo fueran...
Las excepciones
Peeero: en esa búsqueda, di con un estudio curioso. En 2023, la filóloga Isabel Martín de Lucas publicó un estudio bastante exhaustivo sobre apellidos de profesión en España. Analizó 15.969 apellidos del censo actual y catalogó 336 que derivan de oficios medievales.
De esos 336, encontró 10 en femenino:
- Lavandeira (gallego): 711 personas
- Reina: 20.241 personas
- Vaquera: 442 personas
- Lavandera: 377 personas
- Maestra: 306 personas
- Pastora: 293 personas
- Molinera: 265 personas
- Monja: 227 personas
- Calera: 260 personas
Y comenta en su estudio sobre estas mujeres: «Se trata de un hecho notable que se impone a la corriente general de transmisión de los apodos-apellidos del padre en una sociedad patrilineal.»
Un hecho «notable». Pero la verdad es que las nombra en dos párrafos. Y nada más. Seguí buscando estudios y me quedé un poco chafada: pensaba que el tema «apellidos de mujeres» era suficientemente jugoso para un estudio propio. Pero no encontré ninguno. Al menos, tenemos esos diez apellidos que recopiló Isabel.
La pregunta que nadie hace
Esos apellidos no surgieron de la nada. En algún momento, hace siglos, hubo una primera Lavandeira.
Una mujer. Con un oficio. Probablemente sin marido (o con marido ausente o quizás ya muerto). Con hijos e hijas. Y cuando llegó el momento de registrarla, en un padrón, en un censo, en una lista parroquial, alguien escribió: «la Lavandeira». Alguien la inscribió a ella.
Porque así la conocían en el pueblo. Por ella misma. Por su oficio.
Si tenía criaturas, que seguramente las tenía, se inscribieron como «hijo de la Lavandeira» o «hija de la Lavandeira». Incluso puede que hubiera un hombre que se registró como «Juan Lavandeira», ¿puede que un hijo ya mayor de la lavandera?
¿Y quién fue esa mujer? ¿Y en qué circunstancias vivía? ¿Y por qué ella sí generó apellido?
Es curioso porque el oficio de lavandera, los lavaderos de los pueblos, y otros temas alrededor de esta actividad sí están estudiados y reivindicados. Pero del tema que hablamos hoy, de esas fundadoras de la estirpe Lavandera no sabemos nada. Nadie lo ha buscado.
El matiz crucial
Ojo: esto no es lo mismo que una mujer transmitiendo su apellido. Aunque surja de una mujer, pronto se transmitió por vía paterna. Es decir, seguramente ya pasó a transmitirse por sus propios hijos y no por sus hijas. Eso del linaje es un derecho masculino, ya sabes.
Quiero incidir en esta idea: ni siquiera cuando una mujer tenía una criatura de padre desconocido, era lo habitual que le pusiera su mismo apellido, no. Lo habitual era:
- Que el hijo llevara el apellido del padre de ella (el abuelo materno)
- Que el hijo llevara «Expósito» u otro apellido asignado
- Que se le inventara un apellido genérico
Por eso son tan pocos, tan poquísimos casos los que fueron ellas el origen. O son ellas las que transmiten. Son poquísimos pero existieron, y se creó un apellido nuevo a partir de la identidad de la mujer. No «hija de García» (su padre). Sino «la Lavandeira» (ella misma).
Ese es el hecho extraordinario... ¡del que nadie habla!

Lavandera. Uno de los pocos trabajos femeninos que llegó a convertirse en apellido.
Imagen: “Lavandera San José”, Wikimedia Commons (CC BY-SA 4.0).
Por qué pasó
¿Qué tenía que pasar para que una mujer generara apellido? Como no tengo estudios concretos en que basarme, pero sí he aprendido bastante sobre cómo funciona el patriarcado, y además tengo mucha imaginación… ahí va mi hipótesis:
1. Tenía que ser identificable por sí misma, no por su padre o marido. Podía ser alguno de estos casos:
- Una mujer viuda, sin otros hombres cercanos
- Una madre soltera, sin otros hombres cercanos
- Una hija única o sin hermanos varones, sin otros hombres cercanos
- Una mujer con oficio propio, visible y reconocido en su entorno, porque…
2. Su oficio tenía que ser reconocido socialmente
- Lavandera: oficio femenino, esencial, conocido por todo el mundo
- Maestra: autoridad, reconocimiento público
- Pastora: trabajo rural, autonomía
- Monja: estatus religioso
3. Probablemente, padre desconocido o ausente en la vida de sus criaturas
- Si no hay un padre que aporte apellido, se recurre a ella
- Su identidad pública es más fuerte que la del padre ausente
Es decir: cuando una mujer era extremadamente visible, autónoma y reconocida socialmente, entonces y solo entonces podía generar apellido. Pero debía ser todo eso en una proporción mayor, mucho más que un hombre. Porque la norma era invisibilizarla.
Lo que podríamos saber (pero no sabemos)
Los documentos existen. En archivos parroquiales (desde 1563) parece que hay registros de bautismos donde aparecen datos como:
- «Hijo de madre soltera»
- «Padre desconocido»
- «Hijo de (y sale el nombre de una mujer con oficio)»
En los padrones municipales hay censos donde aparecen mujeres cabeza de familia. Y en protocolos notariales hay testamentos de mujeres «solas».
Si alguien quisiera, podría rastrear: ¿Cuántas mujeres aparecen como «origen» de un apellido? ¿En qué circunstancias? ¿Qué oficios tenían? ¿Cómo se registraron sus hijos? ¿Cuántos de esos apellidos sobrevivieron hasta hoy?
Pero nadie lo ha hecho. ¿Por qué no importa? ¿O por qué a nadie se le ha ocurrido? No es solo curiosidad genealógica. Es preguntarse: ¿cuántas mujeres fueron lo suficientemente autónomas, visibles y reconocidas como para generar un apellido? En una sociedad que sistemáticamente las invisibilizaba, ¿cuántas rompieron la norma?
711 personas llevan hoy el apellido Lavandeira. ¿Esas 711 personas son conscientes de lo transgresor de su apellido?
Porque eso significa que en algún momento, hace siglos, al menos una mujer fue tan importante en su comunidad que su identidad propia (no la de su padre, no la de su marido) se convirtió en el nombre de toda la familia.
Y ese nombre sobrevivió. Generación tras generación. Hasta hoy. La probabilidad es mínima, pero pasó. ¡Debe de ser más fácil que te toque la lotería!
¿Quién fue? ¿Por qué ella sí? ¿Cuántas más hubo?
Me gustaría que alguien la encontrara. Y, si no es posible, que alguien la recreara. Un libro. Mejor, una saga de libros. O una serie de Netflix… espera, quizás le pegue más a RTVE. Una telenovela como La Promesa o Valle Salvaje. Se llamaría La Lavandera. O simplemente Lavandeira. Una mujer que empezó sin nada y se labró una vida, una comunidad…

La lavandera. Oficio femenino convertido en arquetipo… y, a veces, también en apellido.
Fuente: Wikimedia Commons. Imagen “The Spaniards 92-La Lavandera”. Dominio público.
La metáfora del árbol
Vuelvo al árbol genealógico de mi padre. El árbol sube solo por línea masculina. Cada hombre tenía una madre, claro. Ahí estaba su nombre. Pero el árbol no seguía por ella. Aparecía solo de paso: «casado con [nombre]». Y después, la línea subía solo por el lado de su marido.
Por otro lado, los árboles genealógicos son una ficción. Un deseo. O una prueba de la inquebrantable seguridad masculina. Si pudiéramos hacer una prueba de ADN a esos linajes, ¿cuántos quedarían en pie? Parece una broma, pero no lo es. Solo podríamos estar seguras de la veracidad de esas ramas si siguiéramos la línea materna. De esa no hay duda. Pero, bueno, volvamos a lo que se registra…
Ninguna de esas mujeres generó apellido. Todas transmitían el apellido de sus padres. Eran conexiones laterales. Ramas que no seguían. Como diría Aristóteles, somos vasijas. El patriarcado se basa en otorgar mucho más mérito al escupitajo de semen al que llaman semilla que a ti, con tus nueve meses de embarazo, años de crianza y toda una vida de preocupaciones.
Pero las Lavandeiras, las Maestras, las Pastoras… esas sí empezaron ramas nuevas. Esas mujeres no aparecen «de paso» en un árbol familiar. Ellas son el origen del árbol.
Conclusión
Las mujeres no tenemos apellido. Pero algunas sí. Algunas lo tuvieron. Lo crearon. A partir de sí mismas.
Sus nombres están en los archivos. Y me da que están esperando a que alguien vaya a buscarlos.
¿Y ahora qué?
Igual te pasa como a mí. Lees, abres los ojos y necesitas hacer algo al respecto. Un día me llamó una amiga porque quería poner en marcha un algo genial: se llama Nuestro Apellido Primero. Es un movimiento para cuestionar el orden heredado y abrir la conversación.
Así que podemos dejar el tema aquí, como una curiosidad histórica. O podemos unirnos al movimiento y cambiar el orden: síguelo, compártelo, súmate: instagram.com/nuestro.apellido.primero

Si quieres saber más sobre apellidos…
1. Estudio de Isabel Martín de Lucas (2023)
«Los apellidos de profesión: viaje lingüístico al país de nuestros antepasados»
2. Buscador de apellidos del INE
(Aquí cualquiera puede buscar su apellido y ver cuánta gente lo tiene, en qué región viven, etc.)
3. Otro buscador de apellidos
(Tiene mapas de distribución histórica, y es más visual que el del INE)
4. Sobre el Catastro de Ensenada (1753) y mujeres cabeza de familia
- https://historylab.es/es/mujeres-cabezas-de-familia-en-la-espana-interior-en-1753/ (Es cortito pero tiene un mapa visual muy bueno)
El Catastro de Ensenada está digitalizado y accesible en el Portal de Archivos Españoles (PARES), pero esto es más para investigadoras hiper-pacientes.
5. Base de datos de registros parroquiales (para quien quiera investigar)
https://www.familysearch.org/es/ (FamilySearch tiene millones de registros parroquiales digitalizados de España, gratuito)


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