El patriarcado no tiene plural

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Palabra "Patriarcados" en mayúsculas, con la S final escrita en un estilo distinto que imita torpemente la tipografía del resto de la palabra, sugiriendo que el plural es un añadido postizo al sistema.

Si dividimos el feminismo en feminismos, ¿por qué nadie habla de patriarcados?

Llevamos años escuchando «los feminismos». En plural. El feminismo antirracista, el ecofeminismo, el feminismo decolonial, el feminismo animalista… Cada uno con su etiqueta, su bibliografía, sus jornadas y sus cuentas de Instagram.

Y está bien hablar de luchas concretas. Evidentemente. No estoy negando, ni por asomo, que las mujeres gitanas necesiten sus propias asociaciones, o que el ecofeminismo tenga sentido como espacio propio. Pero hay algo que revolotea todo el rato en mi cabeza de publicitaria. Algo con el relato. Algo con el «naming»:

¿Corremos el riesgo de olvidar que el problema común es uno? ¿Por qué hay muchas soluciones pero solo un problema, el patriarcado, con un solo nombre? El sistema no tiene apellidos. Porque cada una de esas causas (el antirracismo, la lucha LGTBI, los derechos de los animales, la crisis climática) ya tiene su propia lucha, sus propios colectivos, su propia historia. ¿Por qué surge la necesidad de que el feminismo las incorpore? Quiero decir, ¿por qué no hablamos de eco-antirracismo o de afroLGTBI? ¿Por qué solo sucede con el feminismo?

He escuchado mil veces, y yo también he dicho alguna vez: si concretamos tanto, atomizamos, discutimos. Que cuando discutimos, nos dividimos. Y que, cuando nos dividimos, hay alguien que se queda muy tranquilo mirándonos desde el sillón (que es cierto, el sistema saca el paquete de pipas y disfruta de lo lindo). 

Pero ese argumento deja fuera la razón final. Y lo que hay detrás es más que legítimo. Se “divide” para destacar un contexto concreto, unas características muy específicas que requieren unas medidas también muy específicas. Por una necesidad real de visibilizar algo muy muy tuyo, muy tuyo.

Porque el peligro es real. Una de las estrategias más eficaces del poder es precisamente esa: fragmentar los conflictos para que parezcan problemas aislados, no parte de un sistema. Que no veamos que es uno solo con muchas caras. El martillo cambia de color o le ponen un lazo, pero golpea igual.

Pero fíjate, el patriarcado, curiosamente, no tiene plural.

Nadie dice «los patriarcados». Términos como heteropatriarcado, patriarcado capitalista o colonial se escuchan en singular, pero como fuerza universal. Todo el mundo entiende, sin necesidad de explicarlo, que hay un sistema. Uno. Y lleva miles de años funcionando.

Pero esos apellidos se quedan cortos si los usamos como genéricos. Por ejemplo, en Corea del Norte no hay capitalismo, pero hay patriarcado. O en una colonia hippy. Y en el mundo hubo patriarcado mucho antes que colonialismo. Si universalizamos los adjetivos “concretos”, dejamos fuera épocas y contextos. 

Y no es que sea simple. Al contrario: es un sistema con pactos fundacionales, estructuras permanentes, consecuencias concretas y un catálogo infinito de herramientas que se renuevan en cada época. Pero por complejo que sea, es uno. Y todo el mundo está de acuerdo en que su mayor virtud, la que lo hace casi invencible, es su capacidad de adaptación. El patriarcado es sostenible. Cambia de forma según la época, el lugar, la cultura, el grupo, el contexto… incluso cambia en cada red social. Pero el mecanismo es siempre el mismo: las mujeres abajo.

Entonces, se nos olvida algo:

El feminismo también se adapta.

El feminismo es una fuerza imparable. Lenta, pero incombustible. Legítima y cada vez más fuerte. Nunca se apaga del todo, aunque a veces lo parezca (de ahí la metáfora de las olas). 

Históricamente, ha funcionado exactamente igual que el patriarcado. Se ha adaptado al contexto, al momento, a la cultura, al grupo. Esa ha sido y es su fuerza. Si el sistema no necesita apellidos, la lucha por derribarlo tampoco debería. Quiero decir, si fragmentarlo nos impide entender la estructura, dejamos de ver el sistema. Y el patriarcado sigue ahí, entero, mientras nosotras nos repartimos en pedazos.

Un momento.

¿Y qué pasa con el «heteropatriarcado»?

Sé de dónde viene la palabra. Viene de la idea de que el sistema nos impone la heterosexualidad obligatoria. Y es verdad que lo hace. Pero usar esta palabra tiene un problema: sugiere, o es lo que entiende la mayoría de la gente, que el problema es, ante todo, ser heterosexual. Y no es cierto del todo.

Los hombres se han acostado con hombres a lo largo de toda la historia. En Grecia, en Roma, en ejércitos, en internados, en las cortes europeas. Y no perdían un gramo de poder por ello. Lo que no podían hacer era ocupar el lugar simbólico de la mujer. Ser pasivo. Ser penetrado. Estar abajo. El problema nunca fue con quién te acuestas. El problema siempre fue quién está abajo. Y «abajo» es donde nos ponen a nosotras.

Además, «heteropatriarcado» genera una confusión que me preocupa: la idea de que si no eres heterosexual, estás fuera del bando opresor. Que lo homosexual te quita lo misógino. Que ser gay te convierte automáticamente en aliado.

No.

Piénsalo, lo primero que aprendemos nosotras es a odiarnos a nosotras mismas, ¿por qué un hombre gay no iba a odiarnos? A un hombre gay lo han socializado exactamente igual que a uno heterosexual. Ha crecido en el mismo sistema, ha absorbido los mismos mensajes, ha aprendido las mismas jerarquías. Puede haber aprendido también a odiarse a sí mismo por no ser lo que el sistema esperaba de él. Puede sufrir homofobia y ejercer misoginia sin ninguna contradicción. De la misma manera que ser mujer no impide que puedas ser homófoba o racista. También nos socializan para serlo. Las dos cosas caben perfectamente en la misma persona.

Así que cuando alguien le pone un prefijo al patriarcado (hetero, neo, tecno, lo que sea) me hago esa pregunta. No porque el prefijo sea falso, sino porque desenfoca. Porque nos hace creer que el problema tiene apellido, que hay una versión concreta que combatir, cuando en realidad el problema es el sustantivo. 

«Patriarcado». 

Así, solo, sin adornos. Con su capacidad infinita de cambiar de traje sin cambiar de objetivo.

Si entendemos cómo está construido el sistema (sus pactos, sus estructuras, su envoltorio ideológico), entendemos que lo que llamamos feminismos no son «otras luchas», sino adaptaciones del feminismo a cada contexto, a cada adaptación patriarcal. Porque el sistema afecta de manera diferente en mi caso (blanca, universitaria, cincuentañera, nacida en Valencia, etc) que cuando se encuentra con el racismo, el clasismo y la xenofobia en EEUU en pleno siglo XXI. Obviamente, la lucha feminista en ese contexto ha de hacer lo mismo, adaptarse. Entender la arquitectura es lo que permite elegir las herramientas adecuadas.

O un patriarcado, un feminismo; o los patriarcados, los feminismos. El singular o el plural no van a cambiar el hecho de que nosotras siempre estamos abajo. Ahí es donde necesitamos claridad.


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