Llevamos décadas de biberón. La lactancia materna estuvo en vías de extinción. Hubo una pandemia silenciosa y las mujeres se quedaron sin leche a partir de los setenta. Unas no tenían nada, otras la tenían mala, a otras se les secaba el pecho. Menos mal que todo coincidió con el auge de Nestle. Casualidad. El mensaje estaba claro: el biberón nos iba a liberar.
¿Qué ha pasado desde entonces?
Podríamos decir que el biberón ha hecho que las madres vayan a trabajar, eso sí es cierto en muchos casos. Pero no ha hecho que los hombres entren en la crianza.
Tampoco las bajas de paternidad nos han liberado. Otra promesa tan vacía como la de los anuncios de Nestlé alimentos infantiles. Que por cierto, llevan años diciendo que ahora sí que se parecen a la leche materna, pero siguen gastando millones en investigación, porque: no, no lo han conseguido. Mi anuncio favorito de Nestlé era uno de una leche de fórmula especial para solucionar los problemas que causaba en los bebés… la leche de fórmula. Ah, una confesión: en 2005, cuando nació mi hija, yo misma escribía anuncios de leche de fórmula para Nestlé. Sé un poco de lo que hablo.
Por cierto, un buen sacaleches es más barato que dos años de leche de fórmula, y el medio ambiente lo agradece. Y las vacas, también. Pero no importan los argumentos racionales, no funcionan. Es como lo del biberón y la igualdad: no es por ahí.
Un ejercicio: Pídele a cualquier persona que coja un muñeco bebé y finja alimentarle. Fíjate en la posición. El cuerpo reclinado sobre un brazo, mirando al cielo. Nadie lo gira hacia el cuerpo de la madre. Nadie1. Porque no sabemos nada de lactancia. Desde que nacemos vemos biberones, jugamos con biberones, los biberones son el símbolo universal de bebé. Así que permíteme que dude de que la decisión que tomamos en ese momento sea objetiva o libre.
Ojo, recibimos presión por los dos lados. La presión para dar teta, “que es lo más natural, lo mejor para tu bebé”, es real. Por supuesto, presión sin compresión, sin apoyo. Es puro patriarcado: otra forma de hacernos sentir que no somos suficiente, que no lo estamos haciendo bien, que fallamos.
En mi caso fue al contrario: el consejo más repetido, por parte de conocidas, de profesionales, de todo el mundo al que yo no preguntaba, fue que dejara de dar teta. Que todos mis problemas y todo lo que le pasaba a mi hija era culpa de la teta. Desde el primer día, desde las primeras horas.
Las madres reciben presión por todo, todo el rato, hagan lo que hagan. Y siempre para lo mismo: hacernos sentir malas madres.
Ni la solución es el biberón, ni el problema es la teta
¡Claro que es cansado dar teta! Nunca he mentido sobre eso. Pero el cansancio no es por el acto de dar teta en sí. Ni siquiera es por la crianza en sí. Es por la falta de apoyo. Si me paso la noche dando teta y tengo que trabajar todo el día, me quiero morir. Pero aunque elija el biberón estoy igual de cansada. El problema no es la teta. El problema es que criamos prácticamente solas. Aunque nuestra pareja se esfuerce, si tienes esa suerte, es agotador criar en un mundo que no nos deja parar.
A mí me decían que le diéramos “una ayudita” para que durmiera mejor. Biberón, vamos. Mira, si quieres darme una ayudita, ven a casa a poner la lavadora, tiende, y mientras se seca la ropa hazme la comida. Porque eso de que el biberón permite compartir la crianza a partes iguales con el padre… permitidme que me ría. Permitidme que me parta de risa. Permitidme que me revuelque por el suelo desovariándome de la risa.
Estoy pensando ahora en cuál es el hombre, de los que yo conozco, más corresponsable. Y mira por donde, es uno que apoyó dos lactancias maternas. Recuerdo que llevaba al bebé al trabajo de mamá para que le pudiera amamantar. Me parecía lo más. Y sé que hace de todo en casa… Ahora, allá por donde va, todo el mundo le aplaude.
A ellas el esfuerzo se les da por supuesto.
La corresponsabilidad: nuevas promesas, nuevas decepciones
En 2020 escribí la memoria anual de una empresa española bastante grande. En el apartado sobre medidas de conciliación, el dato era: 14 mujeres y 1 hombre habían utilizado medidas de conciliación. Los permisos de paternidad los habían disfrutado 25 mujeres y 39 hombres. Es decir: ellos se cogen las 16 semanas y luego se desentienden. Ellas se cogen las 16 semanas y además piden reducción de jornada, excedencia, y lo que haga falta.
La cosa sigue igual. Hay un detalle que lo explica todo: ¿qué es ese permiso? ¿Cómo lo cogemos? ¿Para qué? Existe un pico en las bajas por paternidad que coincide con las competiciones importantes de fútbol. La economista Libertad González lo analiza en detalle en este episodio de Divulvadoras, junto con las brechas, los techos de cristal y los nulos resultados de las bajas de paternidad sobre la corresponsabilidad real. Escúchalo. Es demoledor.
En las conversaciones con madres, las jóvenes se quejan de lo mismo que nos quejábamos nosotras hace veinte años: No hay apoyo. Las ayudas son insuficientes. De lo que se quejaban ya en 1989, cuando ampliaron el permiso de maternidad a esas 16 ridículas semanas que seguimos teniendo hoy. Lo mismo.
Atención, párrafo polémico: Igual la solución no pasa por pedir que los hombres prometan hacer más tareas y estar esforzándonos nosotras para que ellos lo cumplan. Mira, si no lo hacen, no convivamos con ellos. Punto. El precio de la vivienda no nos da para la monomarentalidad, pero podemos vivir con otras madres, por ejemplo. Compartiendo gastos y crianza. Una tribu, eso es lo que necesitamos.
¿Qué es la maternidad?
En realidad, creo que la solución pasa necesariamente por otro lado. La solución está en el relato social. En entender que la maternidad, la actividad más imprescindible de todas las que realiza el ser humano (si queremos que siga existiendo la raza humana, claro) está infravalorada.
Incluso nos han dicho, y nos hemos creído, que es un asunto menor. Una mujer que va a ser madre es vista como un estorbo en el trabajo, ¡en vez de hacerle la ola! Las familias parecen molestar en las ciudades, en vez de alegrarlas. Se mueven en espacios segregados para la infancia, sintiendo que están viviendo por sus hijas e hijos, pero no están viviendo su propia vida. No criamos como parte esencial de la comunidad.
¿Y por qué pasa esto? Porque es la única actividad que solo podemos hacer nosotras. Y nosotras, recuerda, no somos personas plenas. Un ser humano es un señor. Las mujeres somos otra cosa. Somos complemento, servicio, juguete, decoración. Y vasija.
Ojo, solo parir y amamantar son intransferibles. El resto nos lo asignaron en exclusiva y le quitaron valor. Porque todo lo que hacemos es menor, como nuestro sueldo. Por eso la maternidad está devaluada. El biberón no tiene la culpa de nada. Ni la crianza.
Y, por cierto…
Afortunadamente, ya estamos entendiendo que ninguna mujer está obligada a ser madre. Nos falta entender que, si te decides por la maternidad, debería haber un derecho inalienable: disfrutarla.
- Vale, decir «nadie» es exagerado. Las mujeres que han crecido viendo dar teta sí lo colocan así. Incluso los niños, cuando juegan con bebés pueden hacer el gesto de amamantar. Ahora no recuerdo haber visto a ningún hombre adulto haciéndolo, pero igual alguno lo colocaría en una buena posición de amamantar. ↩︎


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