Las Primeras Pecadoras: ¿Qué pasó en el Edén?

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Ilustración de Eva sosteniendo a la serpiente, enrollada en su brazo y ofreciéndole una manzana con la boca. Todo colorido y simbólico. Imagen creada por Tutticonfetti para "Las Primeras Pecadoras".

Se ha escrito mucho, explicado, reinterpretado todo aquello que sucedió en el paraíso original. Hoy te traigo mi relato. Es la misma historia, sí, pero tal como yo la vi.

Mi vida en el Edén

Hace mucho tiempo, cuando el mundo era joven y el Edén brillaba con su pureza original, “Él” decidió crear la especie humana. No una sola vez, sino dos, al mismo tiempo, en perfecta igualdad. De la misma tierra, del mismo barro, “Él” formó tanto a Adán como a Lilith. Os lo cuento tal como lo vi. Vi cómo surgían, iguales, con la intención de vivir en perfecta armonía. Así debía ser.

Aunque iguales, Adán pronto mostró cierta inclinación a imponer su voluntad, sin más sentido que «porque lo digo yo», «porque quiero». Resultaba casi infantil. Al principio eran pequeños desacuerdos, casi insignificantes; pero de tanto repetirse, la paciencia de Lilith se hacía más pequeña y la importancia del conflicto se hacía más grande.

Un día, el tono de sus voces sonaba más fuerte de lo habitual. Lilith afirmaba, rotunda: “Si fuimos creados del mismo barro, ¿por qué debería estar debajo de ti?”. Exigía ser tratada como su igual. Adán no aceptó su desafío y la disputa creció, y creció hasta que… Lilith se plantó. Se negó a ceder, a someterse en el acto más simbólico de su relación, el acto sexual. Calmada, segura, casi diría que feliz, pronunció el nombre secreto de “Él”, ese que nos estaba prohibido pronunciar en el Edén. 


Y así fue como Lilith dejó el paraíso

Se fue buscando su libertad en el desierto, allí donde nadie más podría dictar su destino. “Él”, enfadado por tal desafío, envió a tres ángeles para traerla de vuelta. Pero de vuelta solo trajeron la negativa de Lilith. Por más promesas que escuchara, explicaban Snvi, Snsvi y Smnglof (no me preguntes cómo se pronuncian: ni idea), por más amenazas que recibiera, decidió que pagaría el precio de su libertad. «Él» decidió su castigo: perdería a cien de sus hijos cada día.

Lilith lloró por su dolor, pero nunca se arrepintió de su elección. Prefirió su libertad, marcada por la soledad y el sufrimiento. Valía más que volver a un Edén donde la igualdad era solo una ilusión. Si ella era la primera mujer, debía ser consecuente. ¿Qué ejemplo daría a sus descencientes si cedía? Estaba segura de que el camino que ella abría sería seguido por todo un linaje de mujeres libres.


Más tarde, cuando la humanidad ya era humanidad como la conocéis, comenzaron a temerla y a demonizarla, convirtiéndola en un ser oscuro que acechaba en las sombras. Ella cargó con todas esas versiones: asesina de bebés, femme fatal y tantas otras historias repetidas millones de veces. Todavía espera el día en que todas las mujeres conozcan su versión… y se rebelen.

Pero volvamos al Edén… a la rabieta de Adán

Tras la marcha de Lilith, Adán se sintió solo, vacío, furioso. No comprendía por qué alguien como él, creado por Dios, debía quedarse sin compañía. Caminaba por el paraíso, lamentando la pérdida de una compañera que no se había dejado dominar. Al principio nos daba lástima, la verdad. Aunque a mí pronto me cansó tanto victimismo.

“Él”, al ver su desesperación, y seguramente harto también de tanta queja, decidió que, esta vez, lo haría de otra manera. No crearía una mujer igual, de la misma tierra, sino que tomaría algo del propio Adán. Con un susurro divino, lo durmió y separó una de sus costillas…

Y Dios (vamos a empezar a tutearle ya) creó a la mujer. Otra vez. Y dejó a Adán que le pusiera nombre. Y ahora todo el mundo la conoce como Eva.

Eva era una mujer destinada a ser la «ayuda idónea”, un complemento. Sin la libertad ni la autonomía de Lilith. Alguien que acompañara a Adán, pero que, a diferencia de su ex, no desafiara el orden establecido. Establecido por ellos, ojo. Dios les dio unas instrucciones bastante precisas, pero no alcancé a entenderlas todas, lo confieso. Algunas palabras sueltas se me quedaron dando vueltas en la cabeza. Ya me enteraré bien de lo que ha dicho, pensé.

El caso es que, durante un tiempo, todo parecía perfecto. Adán y Eva vivían en armonía, disfrutando de la abundancia del jardín sin preocupaciones. 

A mí me gustaba observar a Eva. Era diferente a Lilith. Parecía feliz. Miraba con curiosidad todo aquello que la rodeaba, que se sabía ya de memoria. Parecía como si siempre fuera a encontrar algo más, a sentir algo más, o quizás, pensaba yo, a ser algo más. 

Un día, me acerqué

Un día, aproveché que Adán estaba distraído para acercarme a Eva. Deslicé mi cuerpo entre las ramas hasta ponerme frente a ella. Nuestros ojos se encontraron, y en ese instante supe que me escucharía. Quería contarle muchas cosas, lo de Lilith, por ejemplo… pero me daba miedo apabullarla. Como yo también tenía dudas, empecé por preguntarle:

¿Conque Dios os ha dicho: No comáis de todo árbol del huerto?1

Ella respondió, algo ingenua, creo:

—Del fruto de los árboles del huerto podemos comer; pero del fruto del árbol que está en medio del huerto dijo Dios: No comeréis de él, ni le tocaréis, para que no muráis.

Me sorprendió tal afirmación, la verdad. En el Edén no existía la muerte. Entendí entonces la intención de Dios, o… la interpreté, vale, como queráis. El árbol que está en medio del huerto, qué casualidad: era el del conocimiento. Y, para mí, Eva lo que tenía era justo eso: hambre de conocimiento. Sea como fuere, me pareció importante contarle la verdad. Al fin y al cabo, mentir es pecado, ¿no? Eso decían ellos… Así que pronuncié las famosas palabras que fueron tergiversadas milenios después. Le dije:

—No moriréis, sino que sabe Dios que el día que comáis de él, serán abiertos vuestros ojos, y seréis como Dios, sabiendo el bien y el mal.

Eva me miró fijamente, perpleja. Me pareció ver su mente bullendo, pero igual fue cosa mía. El caso es que se giró hacia aquel árbol y empezó a caminar hacia él, con la mirada curiosa de siempre, pero con una nueva determinación. Yo la seguí, deslizándome (un paréntesis: no arrastrándome, ojo, el lenguaje es importante). En fin, que yo la seguí deslizándome elegantemente por el huerto, subí por el troncó y las ramas, hasta ponerme a la altura de aquellos frutos rojos. No quería perderme ese momento. Algo me decía que iba a ser importante, quizás no muy épico, pero sí un momento histórico. 

Eva mordió...

Mordió y sus ojos, ¡oh, sus ojos!, ¡no sabéis cómo brillaban! Los cerró. Sintió el sabor del fruto. Porque, por cierto, ¿sabes que en el Edén todo sabía igual? Aquello era otra cosa. Y lo vi, y lo viví. Presencié cómo todo cambiaba en su interior. Por primera vez, Eva entendía la magnitud del mundo que la rodeaba. Dejó de ser una joven ingenua, creció, maduró.

Llamó a Adán con urgencia. Quería compartir su descubrimiento. Y Adán, la verdad, no pudo decirle que no.  Él la amaba. Él ya sabía lo que era perder a una mujer maravillosa. Y Eva estaba pletórica, hermosa, gloriosa. ¿Cómo negarse?…

El caso es que Adán mordió, cerró los ojos, deleitándose en esa explosión de sabor, sintiendo aquel pedazo atravesando su garganta y despertando todo su cuerpo… Al abrirlos, miró a su compañera y, oh, sus ojos, su pelo, sus hombros, su pecho… repasó todo su cuerpo. Se repasaron, más bien, mirándose como nunca. Vieron su desnudez, su vulnerabilidad, pero también su humanidad. Se vistieron con lo primero que pillaron. Dicen que por vergüenza, pero yo creo que fue por prisa. Se preparaban para un largo viaje. Ya no podían permanecer allí.

Y se fueron del Edén

También dicen que Dios se enfadó y los expulsó. Pero más bien fue un acuerdo: conocimiento y libertad a cambio de trabajo y, bueno, y partos dolorosos. Tampoco sabemos si antes de eso los partos no dolían. Al fin y al cabo, ella era la primera mujer, ¿no? Y todavía no había sido madre.

Me sentí orgullosa de Eva. Y me sentí orgullosa de mí misma, todavía no se había inventado el síndrome de la impostora. Estaba convencida de que la historia me recordaría como una aliada, la amiga que ayudó a Eva a liberar a la humanidad. A regalarle el conocimiento, la madurez y la libertad de elegir. Mi sinuosa figura sería sinónimo de sororidad, de guía, alguien de quien siempre te puedes fiar.

Como bien sabéis, en eso me equivoqué

BIBLIOGRAFÍA:

No era mi idea escribir un relato, la verdad. Pero al buscar información sobre el Edén y ver que cada mujer lo ha contado a su manera, me contagié. Creo que fue al leer El libro de Eva, Carmen Bulbosa (Nuevos Tiempos). Me hizo mucha gracia la idea de que en el Edén todo sabía igual. No me había planteado que, en la nueva mirada, no solo había que darle una vueltecita a los personajes, también a los escenarios. Y ella lo hace con todo detalle. Léela.

Si te gusta leer poesía, te maravillará la versión de Carmen Conde: Mujer sin Edén (Ediciones Torremozas). «Mujer sin edén, publicada por vez primera en 1947, ha sido considerada la obra cumbre de Carmen Conde, ya que marcó a toda una generación de escritoras: fue toda una revolución por la reescritura que propuso del mito edénico y otros pasajes bíblicos a través de sus personajes femeninos»

Elizabeth Lesser también habla de Eva en Que Hable Casandra (Maeva). Breve, pero contundente. Me gustó su reflexión acerca de el proceso de madurar, que formulado en masculino se llama «el viaje del héroe», pero en femenino, ya sabes… En Eva es entendido como el pecado original. Sin embargo, como dice Elizabeth, Eva es el primer ser humano adulto de la humanidad.

En el artículo de Lilith hay más recomendaciones. Lecturas sobre el concepto del mal, cómo lo asocian a lo femenino, la formación del sistema patriarcal… Así podemos entender mejor la insistencia en crear relatos sobre las mujeres malvadas… las primeras pecadoras 😉

Aún tengo lecturas pendientes, así que igual añado alguna más. Si tienes alguna recomendación, porfi, envíamela: hola@pecadospatriarcales.com

  1. Las frases destacadas en verde, la conversación breve entre Eva y la Serpiente, son textuales del antiguo texto: Génesis 3:1-5, Antiguo Testamento, Reina-Valera 1960. ↩︎

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Una respuesta a «Las Primeras Pecadoras: ¿Qué pasó en el Edén?»

  1. […] en los que hemos hablado de ellas. Igual has leído alguno de los artículos: Pandora, Lilith, El Edén, Salomé… El caso es que llevo mucho tiempo leyendo sobre mujeres de la antigüedad, […]

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