Me han dado un premio. Y me he acordado de la tortilla de mi yaya

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Fotografía del acto de entrega de los Premis d’Igualtat 2025 en el Teatro El Musical. En el escenario aparece proyectado el nombre de Noelia Terrer Bayo como ganadora del primer premio por Pecados Patriarcales. Noelia cruza el escenario hacia la persona que sostiene el diploma.

Lo dicho, me han dado un premio. Me hace muy feliz. Y necesito compartirlo con vosotras. 

He recibido otros reconocimientos en mi vida. Pero cuando me llamaron para decírmelo me dije: «Ostras, es la primera vez que me dan un premio». ¿Por qué pensaría eso? No es cierto. Igual pensaba en otros premios de publicidad que hemos recibido Carlos (mi socio) y yo, como equipo. Igual era una forma de distinguirlo porque eso son cosas de trabajo. Y «este es solo mío».

Aun así, en realidad no es la primera vez. 

Os voy a contar otro premio que me dieron y me hizo especial ilusión. 

Gané un concurso de tortilla de patata en el camping donde veraneo con mi familia. No recuerdo bien el año, pero mi yaya aún vivía. Y ya no hacía tortillas, así que calculo que hace nueve o diez.

A ver, relativicemos el premio primero: no es que fuera un certamen nacional, ni siquiera provincial. Ni local, vamos. Era en un camping y como mucho habría, no sé, ¿quince o veinte tortillas compitiendo? 

Ni siquiera había previsto participar, porque no es que hiciera yo muchas tortillas, la verdad. De hecho era uno de muchos propósitos no cumplidos de mi vida. Mi yaya hacía la mejor tortilla del mundo. Sin probarla, te la puedes imaginar, porque hay muchas yayas, abuelas, que hacen la mejor tortilla del mundo. Sí, hay muchas mejores tortillas del mundo, pero en el mío, era la suya. Insuperable.

Todos los domingos hacía una. Grande, gorda y jugosa. El punto justo de todo. Esa tradición empezó en el camping, cuando mi padre salía en bici con sus amigotes y almorzaban juntos al volver, celebrando su hombría. Mi yaya hacía tortilla para mi padre, y para quien hubiera por ahí. Yo no iba mucho entonces, pero siempre que estaba me pedía un trozo.

Uy, recuerdo que, al quedarme embarazada, me daban preferencia cuando había tortilla. Y desde que nació mi hija, volví a ser incondicional del camping y de la tortilla de la Yaya Nati.

Pero el tiempo pasaba y los brazos de mi yaya no podían ya con la sartén, que cada vez parecía más grande; cada vez pesaba más. Y un día nos anunció que no nos haría más tortillas. Imagino los meses que pasaron desde que se dio cuenta de que tanto esfuerzo ya no era bueno para ella; desde que lo pensó hasta que se atrevió a decírnoslo…

Ese día declaré solemnemente que me encargaría de sustituirla. 

Y lo intenté, lo juro. Pero trabajar, criar y hacer un montón de cosas más no es compatibles con lograr la mejor tortilla de nuestro pequeño mundo. Las cosas como son.

Entonces, el día que anunciaron el concurso de tortilla y mi hija se quiso presentar con sus amigas, mientras les ayudaba a cortar patatas, pensé: «oye, por un poquito más de trabajo, hago una con cebolla (que me gusta más), y ya tenemos la cena». 

Se me quemó un poquito la cebolla. La había cortado muy fina, para que se hiciera antes. Crianza y prisas, ese tándem inseparable. Pero juraría que ese saborcito fue lo que le dio el toque final.

Y, nada, presentamos las tortillas.

Mi hija y sus amigas no ganaron en su categoría. Una pena, porque la ilusión infantil, pues ya sabes lo bonita que es. Hubiera preferido que se llevaran ellas el premio, pero… el caso es que al escuchar mi nombre cuando anunciaron la tortilla ganadora me quedé tan sorprendida, como contenta. 

Pero en realidad ese no es el premio del que quería yo hablaros. 

Volvía con mi tortilla para cenar. Mi tortilla ganadora a la que le faltaba el trozo que se había comido ya el jurado. Paré en la mesa de mi yaya y mi tía (su parcela está justo al lado de la nuestra) y les di un trozo. Cuando ya me iba, escuché a mi yaya diciendo: «está muy buena, muy buena». Me giré y la vi, con la servilleta apoyada en los labios y los ojos cerrados, todavía saboreando la tortilla y asintiendo con la cabeza, disfrutándola. 

Ahí estaba mi reconocimiento. Ese, ese sí es el premio que os quería contar.

No sé como son vuestras yayas, pero la mía era de esas que hacen grandes tortillas, pero no grandes cumplidos. De esas que llevan a sus hijas un poco por la calle de la amargura señalándoles siempre lo que no está bien. Y olvidando decirles lo que sí está bien.

El patriarcado se esfuerza en que las mujeres no nos reconozcamos entre nosotras. Y que sobrevaloremos a los hombres. Y eso también incluye la familia.

Cuántas generaciones de mujeres han tenido que cargar con la ardua tarea de transmitirnos esos valores patriarcales, siendo ellas sus principales víctimas. Nos la colaron con la cultura del esfuerzo, del “lo hago por tu bien”, del “prepárate para este mundo, bonita, que es un asco y nadie nos valora”… Sus dos hijos, claro, harina de otro costal. Lo hacían todo bien.

Entonces, al presenciar ese «está muy buena» tan sentido, se me llenó el cuerpo por dentro de un orgullo calentito. Sin saberlo, me estaba dando un abrazo súper amoroso.

Espera, que me he acordado de otro premio que me hizo muy feliz, pero por otras cuestiones.

En ese mismo camping, siendo yo pequeña (once o doce años quizás) me apunté a las carreras de remo en la piscina. Sí, remo en una piscina. 

Primero fue el turno de unos cuantos chicos. Participábamos pocas chicas, puede que solo dos. Observé lo complicado que era de manejar aquella pala larga, que casi siempre hacía girar la barquita hinchable sobre sí misma. Un par chavales, con más destreza, llegaron casi en línea recta. Sergio lo hizo bastante rápido y salió de la barca celebrando su victoria.

Llegó mi turno. Mientras bajaba y me acomodaba de rodillas en la parte delantera de aquella barquita hinchable y cogía el remo escuche a Sergio riéndose de mí. Me entró mucha vergüenza, más de la que era habitual en mí. Pero ya estaba ahí, así que me concentré para no bloquearme y empecé a remar alternando la pala a un lado y al otro.

Lo hice con una facilidad increíble. La rabia es una emoción muy poderosa. El público (unas veinte personas, quizás treinta) empezó a animar. Oía a mi padre animarme desde el fondo. Yo no era capaz de hacer nada más. Remaba y remaba y, en un plis se terminó todo (no estamos hablando de una piscina olímpica).

Y gané. 

Sergio dejó de reírse. Fueron unos segundos súper intensos. Tengo foto y todo del día de las medallas. Curiosamente, el tercer puesto fue para otra chica. Quizás nadie esperaba que ganaran chicas, pero mira, cosas que pasan. Aquella niña y yo, sin ser muy conscientes, quizás le estábamos dando otra lección al patriarcado.

Ese mismo año, en dibujo quedé segunda. Y no recuerdo ya más premios personales.

¿Como que no? ¡Claro que sí!

¡Como he podido olvidar el extraordinario diploma que tengo enrollado en mi estudio!

Es el premio extraordinario del máster que hice en la UJI, de Investigación Aplicada en Estudios Feministas, de Género y Ciudadanía. Estaba tan motivada con aquellos estudios, me metí tan de lleno en todas y cada una de las asignaturas… Me lo pasaba pipa.

Me levantaba súper pronto y corría al ordenador a participar en los foros. Me leía los materiales antes de que empezara la asignatura… Acabé reventada, pero feliz. 

Trabajar, estudiar y vivir es una combinación casi imposible que solo pude llevar a cabo cuando me liberé de un montón de cargas. Familiares, vitales, emocionales. Mi hija ya funcionaba sola por el mundo y yo pude dedicar un curso entero a hacer lo que me daba la gana, que era estudiar. La casa estaba un poco abandonada, eso sí. Un cable de wifi estuvo colgando «provisionalmente» por todo el largo pasillo durante todo el año. Teníamos que apartarlo con la mano para entrar al baño. 

Acabó el máster y sentí un vacío. Como cuando termina una serie larga que te encanta… Pasaron unos meses y un día llegó un mail que decía que me daban un premio extraordinario. Me metí a ver qué era eso, porque no sabía que existían premios extraordinarios ni lo que eran. ¿Cuándo me licencié en el 97 había algo así? No me suena. Bueno, parece que se lo dan al mejor expediente de cada titulación. Y ese año, en esa titulación, fui yo.

Otra lección que ya me sabía pero que experimenté en mis carnes: las mujeres ganarían más premios si tuvieran la disponibilidad de los hombres. Ya ves, poder meterme de lleno en un tema, sin distracciones, concentrada durante días en lo mismo, era algo nuevo para mí. Me parecía un privilegio y parece que lo llevé hasta el final.

Aparte del premio, que es muy gratificante, confirmé que me gusta estudiar, leer, aprender. Si son cosas que me interesan, claro. Por ejemplo, fue un descubrimiento sorprendente disfrutar tanto con la historia antigua, porque es algo que odiaba de joven. No le veía la gracia a mirar y remirar el pasado. Supongo que el punto de vista tenía algo que ver, claro. El filtro violeta lo cambia todo.

Y así hasta hoy. 

Hoy puedo presumir de un nuevo premio en mi pequeña lista de premios importantes. 

Son los Premis d’Igualtat de Ajuntament de València. En la categoría Actuacions, bones pràctiques i projectes d’igualtat en el àmbit de l’art, cultura i la comunicació audiovisual. 

No solo es mi ayuntamiento. Además viene de la Regidoria d’Igualtat. Qué os voy a contar. Igualtat. Es mi tema favorito. Hablar del patriarcado me gusta tanto, o casi tanto, como aquellas tortillas de mi yaya.

También me gusta porque me lo dan por un proyecto que, creo, es el proyecto de mi vida. Pecados Patriarcales tiene apenas dos años “oficiales”. Le dedico mucha energía sacada de todos mis ratos libres. Digamos que ha enfocado mi vida, que le ha dado un propósito.

Ah, lo mejor de todo: me ha ayudado a rodearme de mujeres.

En mi mundo ya no hay tortillas los domingos, pero hay muchas mujeres. Diferentes. fascinantes. Cada vez más. Con las que hago taichi, con las que trabajo, con las que me divierto, con las que hago activismo, con las de mi propia familia, con las que hago eventos, con las que voy a otros a eventos, a las que sigo, a las que leo y escucho… Mi vida parece un oasis dentro del patriarcado.

Mi vida ha mejorado y yo, parece ser, también he mejorado. Todo eso ya lo sabía. Pero, claro, a veces me sigue asaltando la duda de si todo lo que invierto aquí vale la pena. Si no sería más sencillo que yo me lea mis cosas y deje en paz al mundo con mis críticas y mis parrafadas. 

En serio, hace poco tuve una crisis de impostura. Mira que hacía años que me las había quitado…

Y llega el premio.  

Ya estoy pensando: a lo mejor le da un impulso al proyecto y me sigue más gente. A lo mejor es el comienzo de una buena racha y puedo llevar a cabo el montón de cosas que tengo apuntadas para hacer algún día, cuando pueda, cuando tenga tiempo, cuando tenga recursos, cuando encuentre a alguien con quien colaborar…

O lo mejor me estoy contando el cuento de la lechera y, en realidad, es suficiente con disfrutar del momento. De volver a agradecer al feminismo entrar en mi vida, que fue muy tarde pero, como decía Rocío Jurado: llegó como una ola. 

Ahora, toca disfrutar y presumir de todo lo que me ha dado Pecados Patriarcales. Y agradecer a todas esas mujeres que hacen que esto sea un poco más fácil y mucho más divertido. 😉


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