Cuando me quedé embarazada me propuse leer todo lo que encontrara sobre crianza y educación. Nunca se me hubiera ocurrido pegar a mi hija, pero estudiando entendí bien el porqué. Así podía argumentarlo cuando alguien soltaba esa estupidez de “una bofetada a tiempo y le quitas la tontería”. Era muuuy habitual escucharlo.
La lección es simple: no se pega. ¿Por qué? Porque si solucionas las cosas pegando, enseñas a pegar.
Lo que queremos enseñar vs Lo que enseñamos sin querer
Imagina que mi hija se enfada y tira el plato de comida al suelo. Y que decido pegarle (uno de esos “pam-pam al culo” que “no le hace daño”). ¿Le estoy enseñando a no ensuciar? ¿O a pegar a alguien para conseguir lo que quiere?
Puede volverse más perverso aún si el ejemplo no es un plato, sino otra criatura con la que ha tenido un conflicto y a la que ha mordido o pegado. Entonces llego yo y le pego para enseñarle a no pegar. La lección se vuelve doble, contradictoria, absurda: le enseñas a reproducir la violencia sin reconocerla.
Ahora, imagina que no es mi hija: es mi hijo. Mis mensajes invisibles se unen a los mensajes sociales por excelencia: eres un campeón, el mundo es tuyo, las niñas son débiles, las mujeres te cuidan. Y se hace mayor y los mensajes crecen con él: las mujeres son objetos sexuales. Tu deseo es irrefrenable… Si tiene derecho a todo y le enseñamos a gestionarse a través de la violencia, ¿la usará?
Volvamos a mi hija. Esos mensajes sociales, como es chica, serán: eres imperfecta pero tienes que gustar; no puedes cuidar de ti pero tienes que cuidar a quienes te rodean; tienes que buscar el amor a costa de lo que sea… Si no es válida sea como sea y le enseñamos que la violencia sirve para «arreglar» las cosas, ¿la aceptará?
¿Ves a dónde quiero llegar?
La pedagogía más eficaz no está en lo que decimos, sino en lo que no decimos. Puede estar en el gesto, eso de dar ejemplo. O puede estar en el ambiente, eso que «sabemos» o «hacemos» como grupo o cultura sin ser siquiera conscientes.
Con el cine ocurre exactamente lo mismo.
Podemos estrenar una película contra la presión estética y seguir filmando cuerpos imposibles; contar una historia sobre la libertad femenina y rodarla con la misma mirada que la encierra.
A mí me pasó esto al ver La Sustancia:
Todo el mundo decía que era un revulsivo feminista. El tráiler prometía una crítica profunda sobre la presión estética, el pánico a envejecer…
Mis expectativas estaban al 100%, lo reconozco. Y sí, era una peli impactante. Pero:
Salí del cine incómoda y no me quitaba de la cabeza algunas imágenes: por un lado, los cuerpos perfectos de dos mujeres perfectas. Otra vez. Por otro, dos mujeres semidesnudas golpeándose violentamente, hasta sangrar. Odio y violencia hacia el cuerpo femenino. Me parecía que criticaba algo regodeándose en el placer visual que produce justo lo que critica: la violencia contra nuestros cuerpos.
¿Recuerdas lo que decía Audre Lorde?
«Las herramientas del amo nunca desmontarán la casa del amo»
Para rematarlo, al comentar la película con varias personas, la frase que más escuché fue: “Qué bien se conserva Demi Moore.”
Volvemos a la casilla de salida.
Ahí está de nuevo el foco: en el cuerpo femenino. Y no en cualquiera. Quiero decir: después de una película que se vende como «pongamos esto sobre la mesa», sales del cine y piensas: jo, qué podría hacer yo para llegar a los sesenta y pico como Demi Moore.
A esa violencia me refiero cuando hablo de cine. No a la paliza que se pegan las dos protagonistas hasta sangrar, hasta romperse. Sino a la que se viene conmigo sin permiso, sin aviso. Conmigo. A mi casa. A mi vida. Y como siempre, con doble rasero. No se va con ellos. Es toda para nosotras. Y tiene nombre…
Se llama violencia cultural
Ha quedado claro, ¿no? Lo más difícil de detectar no es la violencia visible. Lo difícil es reconocer la que se disfraza de costumbre, de belleza, de humor o de amor. Esa es la violencia cultural: la que no golpea, pero enseña a aceptar el golpe. A buscarlo.
Vamos a entenderla mejor si la diferenciamos de otros tipos de violencia.
Las tres violencias
Hay mucho escrito sobre las capas de la violencia. Me parece muy claro este triángulo.
- La violencia directa es la que vemos: insultos, agresiones, asesinatos, amenazas, miedo. Es fácil de detectar. Y es evidente quién la ejerce y hacia quién va dirigida. Un individuo o grupo agrede a otro individuo o grupo. En el cine está clarísima, incluso hay géneros para recrearse en ella: cine bélico, cine de acción, cine gore, cine de terror, etc.
- La violencia estructural es la que se esconde en las instituciones, los salarios, las leyes o las jerarquías. No siempre necesita un agresor visible: está en la estructura. Organiza las oportunidades y distribuye el poder. Se puede medir en brechas salariales, índices de pobreza… En el audiovisual, es la ausencia sistemática: menos directoras, menos guionistas, menos historias contadas desde mujeres… producen un discurso masculino.
- Y la violencia cultural (o simbólica) es la que lo sostiene todo, la que hace que las otras dos parezcan normales, inevitables o incluso necesarias. Es invisible. No actúa sobre los cuerpos o las vidas: actúa sobre la mirada. Es el cine romántico que convierte la posesión en amor, la comedia que llama “torpe” al maltrato o el drama que glorifica al genio masculino y su sufrimiento. Es una mirada masculina entendida como universal, neutra, “normal” que perpetúa la opresión femenina, la moderniza, la envuelve, la vende.
Dicho de otro modo: la violencia cultural es el manual secreto de instrucciones del patriarcado. Y si hay un lugar donde ese manual se ha editado con millones de copias… es el cine.
El cine como fábrica de sentido común
El cine coge estereotipos, o inventa otros, y les da luz, música y glamour. Especialmente los estereotipos femeninos, porque el cine que conocemos lo han creado ellos. Y ahí es donde la violencia cultural se vuelve más eficaz. Porque no solo normaliza la desigualdad: la vuelve deseable. Nos hace querer ser ese estereotipo, querer gustarles a ellos o querer que ellos nos salven.

“¿Han visto una mujer que, en una situación de crisis, pregunte ‘¿y ahora qué hacemos?’ Si estás en problemas, habla con una mujer.”
Una radiografía perfecta —y divertida— de la narrativa masculina en el cine: ellas esperan, ellos deciden.
Esa es la fuerza del cine: no impone, seduce.
Pensemos en las comedias románticas: Pretty Woman, Titanic, Love Actually.
Dicen hablarnos del amor, pero en realidad nos educan en la desigualdad emocional: él actúa, ella espera. Él tiene un pasado oscuro, ella lo redime. Él manda, ella inspira.
Incluso cuando parece que el poder cambia de manos, la historia vuelve a su equilibrio original: el sacrificio femenino como precio del amor.

¿Recuerdas La la land (2016)? Era una historia moderna de amor con un final al que no estábamos acostumbradas, porque ella y él NO acaban siendo pareja. Mia y Sebastian alcanzan sus sueños individuales, pero a costa de su relación sentimental. Es decir, en lugar de sacrificar tus sueños por amor, sacrificas el amor por tus sueños. Novedoso. Fantástico. Eso pensé en su día.
Pero ahora… ¿Por qué me parece que sigue siendo un final violento para nosotras?

Repasemos la escena final: se vuelven a ver años después. Un montaje de imágenes nos muestra lo que podía haber sido, el final que esperábamos, pero solo como sueño imaginado.
La realidad es que se separaron y, ahora, él tiene su club de jazz; ella es una actriz exitosa casada con otro hombre.
Lo que él quería en realidad. Lo que ella quería en realidad
¿Ves la trampa? ¿Por qué el sueño de ella incluye matrimonio y el de él un negocio «de ocio nocturno»? Ella no sale del todo del espacio doméstico. Él se queda para siempre en el espacio público y nocturno; es decir, sin responsabilidades familiares (ni monógamas).
Quizás es una nueva lección del patriarcado: para nosotras el problema no es el amor, sino elegir bien. ¿Nueva lección? ¿O nuevo atajo que nos devuelve a la casilla de salida? Nos siguen diciendo que una mujer exitosa es una mujer con pareja. En fin, otra vez, que «siempre nos quedará París».
De lo cultural a lo natural
Cuando la cultura repite un mensaje muchas veces, ese mensaje deja de parecer cultural y aparece como natural. Si parece natural, deja de verse como ideología y se convierte en identidad. Algo muy usado por entes tan diversos como Zumosol o el mismísimo Hitler. Porque así es como se vende un producto o una idea.
«Repite algo mucho y se convertirá en verdad». Y así lo comprarán hasta las personas que salen perjudicadas… En ese momento, la dominación deja de necesitar imposición, porque ya se ha interiorizado.
La publicidad, las series, el cine… enseñan a mirar jerárquicamente, a admirar o desear aquello que sostiene la dominación. Y las mujeres aprendemos a mirarnos a nosotras mismas con los ojos del poder.
Volviendo al cine, la violencia simbólica está en cada plano que enseña a las mujeres a mirarse con los ojos del deseo masculino.
Es evidente cuando una cámara sigue las piernas de una actriz al caminar o detiene la acción para que un cuerpo se convierta en espectáculo. El mensaje no dice “las mujeres son objetos”, pero es lo que nos enseña. (Lee aquí el artículo sobre el documental de Nina Menkes: Cámara, Sexo y Poder).
Es algo menos evidente cuando pueden ser protagonistas hombres de todas las edades, formas, tamaños y peculiaridades, pero solo mujeres jóvenes, hermosas, delgadas.
Y tenemos que fijarnos mucho más para ver, por ejemplo, que nuestras historias siempre incluyen amor (aunque se disfrace de nuevas fórmulas). Que el mensaje se repite: «las mujeres no son válidas per se». Que nuestro éxito no está en lograr lo que queremos, sino en lo que somos en relación a ellos. Guapas para ellos, amantes de ellos.
Esa forma de mirar se vuelve tan habitual que la confundimos como natural. Y permite que veamos películas, escenas o personajes que nos parecen feministas, pero no lo son tanto.
- Barbie reivindica el empoderamiento, pero nos vuelve a vender una muñeca con un cuerpo imposible. Sí, sigue siendo la que se vende. Es cierto que han fabricado 7 modelos que no llevan tacones y solo encontrarás en Abacus (única cadena que se negaba a vender la muñeca, por sus valores, y que se rindió a ella tras la película). Vete a cualquier pasillo rosa de cualquier gran cadena y dime qué modelo hay al alcance de tus ojos. Rubia. Flaca. Con armario.
- Juego de Tronos incluye mujeres poderosas, pero está plagada de erotización de la violencia. Y, por supuesto, cuenta con la mala-malísima que es la perdición de los hombres que la aman; la que parecía buena pero enloquece como si estuviera pre-menstrual porque su novio ya no la quiere; etc.
- En Euphoria muchos ven libertad sexual. Yo veo una extrema auto-sexualización de las adolescentes bajo una luz de videoclip transgresor. Hacen lo que siempre hay querido ellos, pero ahora te dicen que es porque lo quieren ellas. En fin.
La pregunta no es solo qué se cuenta, sino cómo y desde dónde. Y sobre todo: por qué el doble rasero: para ellos de una manera – para ellas de otra.
La violencia que no se ve… pero se mira
Esa es la clave: la violencia cultural no actúa sobre los cuerpos o las vidas, sino sobre la mirada. Nos enseña a aceptar lo que vemos, a desear lo que nos daña, a reírnos de lo que nos humilla.
Pero, ojo, si el cine es el gran educador del siglo XX y XXI, si la pantalla es el aula donde se puede perpetuar la desigualdad… también es ahí donde podemos desactivarla.
Si quieres hacerlo conmigo, tengo una propuesta…
Siéntate en La Butaca Violeta, conviértete en una maldita espectadora
La Butaca Violeta es la herramienta que utilizo para mirar el cine con un filtro protector. El objetivo: ver cómo actúa el patriarcado, buscarlo con lupa.
No hay que saber de cine. Yo no sé hacer cine. Yo solo sé sentarme a verlo, que es lo que llevo haciendo toda la vida. Como tú, seguramente. La novedad es que, ahora, lo hago formulando preguntas. Ahora ya no me la cuelan (tanto). No se trata de apagar el placer, sino de disfrutar con los ojos bien abiertos.
Una advertencia, como dice mi admirada Patricia Sornosa:
«El feminismo te salva la vida, pero te jode las películas»
Es cierto. Algunas películas no querrás ni verlas ya.
También es cierto que aprender a mirar protegidas, sin tragarnos el guion, nos da poder.
Si te apetece hacer la formación completa MALDITA ESPECTADORA, escríbeme y te cuento más.
Le puse ese nombre porque así es como nos llamará el patriarcado cada vez que lo señalemos en la pantalla. 😉
La primera es presencial, en Valencia. Después habrá más, también online.

Y si prefieres seguir leyendo un poco más sobre este tema…
Aquí tienes otros artículos sobre el cine, las series y el puñetero patriarcado…
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