Hoy vamos a hablar del poder en positivo. Del que no pisotea, del que no se hace grande empequeñeciendo a nadie. Del que nos hace crecer. Porque sí, hay otra forma de funcionar, de liderar, de compartir, de empoderarse.
- Primero, un repasito al «poder sobre».
- Ahora, el poder de “suma positiva”
- EL PODER PARA
- EL PODER CON
- PODER DESDE DENTRO
- La gran estafa patriarcal: la libre elección.
- Desmontemos la feminidad.
Primero, un repasito al «poder sobre».
En el artículo anterior analizamos «el poder sobre”: Es el más frecuente, el primero que nos viene a la mente. Es el más nocivo, el que nos ha conducido a la desigualdad, a la injusticia social y, obviamente, a nuestra subordinación. Que alguien esté arriba implica que alguien ha de estar abajo. Y quien está abajo no puede (o, mejor dicho, cree que no puede) reaccionar.
No siempre es evidente, a veces actúa de forma latente e invisible. Por ejemplo, las mujeres tenemos igualdad legal, y algunas alcanzan parcelas de poder. Pero seguimos desempoderadas como grupo social.
Además, fíjate, las parcelas de poder que ganamos tienen un precio. Limitaciones, condiciones incómodas o grandes sacrificios. Por ejemplo, puedes tener éxito en una empresa pero pondremos en duda tu maternidad (algo que no, nunca, nadie, jamás hizo con ellos). O puedes triunfar en el mundo de la música, pero en bikini (ellos pueden ser feotes y salir en chándal: lo que importa es su música).

Y por último, el «poder sobre» es un poder de tipo “suma cero”: si una persona tiene más, quiere decir que otra persona tiene menos. Pero, tranquila, hay vida más allá…
Ahora, el poder de “suma positiva”
¿En serio, puede una persona ganar poder sin que las demás lo pierdan? Pues sí. Es más: todas pueden ganarlo, porque aumenta el poder total disponible. Es un poder constructivo, que genera acciones, cambios que mejoran la situación del grupo, además de la situación individual. A mí me parece muy emocionante, ya noto mariposas en el cerebro.
Veamos más detalles… Veamos otras formas de liderar: “el poder para”, “el poder con” y “el poder desde dentro”. ¿Verdad que solo con el nombre ya se nota que naaaada que ver?
EL PODER PARA
Hay una persona (o grupo) que lidera. Pero lo hace motivando a las otras. Pone en el foco el objetivo (un “para”) que les beneficia. Es un poder que se puede compartir, que favorece el apoyo mutuo, el trabajo conjunto. Permite que el propio grupo defina los objetivos, las estrategias, que imagine nuevas posibilidades. Y facilita que cada una de esas personas, una vez motivada, aporte sus potencialidades.
Este poder requiere que alguien que cuente con recursos (sea financiación, contactos, capacidad, formación, etc) motive a un grupo que no los tiene.
Podríamos resumirlo como el impulso que nos moviliza para el cambio.
En el mundo de la empresa, sería la jefa que siempre quisimos tener (o, mejor, la jefa que quisimos ser). Motivar, no mandar. Escuchar a todo el mundo. Concretar los objetivos con el equipo implicado en perseguirlos. Ser flexible con la organización personal del tiempo o los métodos… Los «nuevos liderazgos» de los que tanto se habla, al menos en el papel.

¿Recuerdas cuánto se habló en Pandemia sobre el hecho de que las mujeres estaban liderando mejor? Porque las mujeres, en general, tienen otro estilo de autoridad. ¿Recuerdas el caso de Jacinta Arden? La primera ministra de Nueva Zelanda era la líder más joven del momento y todo el mundo alababa su gestión durante la crisis. Por desgracia, en 2023 renunció al cargo por «falta de energía» y para pasar más tiempo con su familia. Je, igualito que ellos, ¿verdad?

Jacinta no fue un caso aislado: según un informe de ONU Mujeres «se arroja luz sobre el rol crucial del liderazgo de las mujeres en la respuesta al COVID-19 y la preparación para una recuperación más equitativa. En todo el mundo, las mujeres están al mando de instituciones que ejecutan respuestas efectivas e inclusivas al COVID-19, desde los ámbitos de decisión más altos hasta la prestación de servicios en la primera línea»
En el terreno de lo social, podemos hablar de las ONGs. Hay tantas organizaciones como problemas en el mundo. Entre las más conocidas, por su antigüedad y tamaño, en España están Cruz Roja y Médicos sin fronteras, Acnur, Intermon Oxfam y Unicef. Trabajan temas globales, sobre todo relacionados con la falta de recursos, con la pobreza y sus consecuencias.
Hay otras, más pequeñas, que se ocupan de temas concretos: explotación sexual de mujeres y niñas (APRAM), trabajadoras del hogar y los cuidados (AIPHyC), supervivientes de violencia de género (Asociación Alanna), discriminación de las mujeres gitanas (Asociación Romi), de mujeres con discapacidad (Xarxa Mujeres)…
¿Qué puede lograr el poder para?

Hasta 2011 no lograron una normativa internacional que reconociera sus derechos, que se recogieron en el Convenio 189 de la OIT (Organización Internacional del Trabajo). Y a pesar de que España estaba obligada a ratificarlo, tuvimos que esperar más de 10 años. Las leyes y su cumplimiento no surgen del poder. El poder escucha esas injusticias cuando ya no no lo queda otro remedio. Especialmente, en asuntos que afectan a las mujeres.
El riesgo del «poder para»
El riesgo es que se quede en la simple «ayuda». Por ejemplo, antes, las ONGs tenían un enfoque más condescendiente, de caridad, de gestionar por aquellas personas que “no saben” o “no pueden”. Pero cada vez se aplica más este “poder para”, porque más que de ayudar se trata de transformar. Ya sabes, «dame un pez y comeré hoy; enséñame a pescar y podré comer toda la vida».
Las mujeres, son construidas para tener un menor rango de posibilidades. Puede, sin embargo, ser reconstruido. Las personas que no son percibidas como poderosas pueden aprender a usar el «poder para» con la idea de reevaluar su autoconcepto.
Jo Rowlands, 1997
El grupo que lidera con este tipo de poder también corre un riesgo. Un ejemplo que me encanta (porque ese riesgo nos benefició): los países implicados en la Primera (y luego la Segunda) Guerra Mundial se quedaron sin mano de obra masculina, al mandar a los hombres al frente. Por pura necesidad, y quizás sin ser muy conscientes del peligro, los gobiernos motivaron a las mujeres a acudir a las fábricas, a los bancos, a las oficinas… a todos esos empleos que habían quedado vacíos. Y las obedientes y serviciales mujeres se dieron cuenta de que eran capaces de hacer cualquier trabajo, ¡cualquier cosa!

Cuando volvieron los hombres, las echaron, pero el daño al sistema ya estaba hecho. Je. Ahí teníamos la prueba irrefutable de que las capacidades asociadas a cada sexo no tienen nada de innato, que son impuestas. Vieron de qué eran capaces (¡de todo!).

Spoiler: se despertó algo dentro de cada una, cambió su auto-concepto. Las mujeres de clase media volvieron forzadas al hogar, pero el sistema les convenció de que ellas elegían ser amas de casa porque ellas querían. Pero ya no volvieron a sentirse plenas, sufrieron «el malestar que no tiene nombre».
En 1963 Betti Friedan lo analizó en este libro y despertó a toda una generación de mujeres, iniciando una nueva ola del feminismo.
EL PODER CON
Este poder sigue una máxima matemática: el todo es mayor que la suma de las partes.
Se comparte de manera similar que el poder anterior, pero no surge desde arriba, no requiere que nadie “dirija” el proceso de empoderamiento. En lo social, por ejemplo, más que una ONG oficial, es un movimiento. Funciona cuando un grupo busca una solución compartida a sus problemas, establece alianzas, solidaridad. Es una definición bastante perfecta de “lo colectivo”.
Los movimientos sociales son la definición del «poder con». Ahora mismo (octubre de 2024) estamos presenciando uno: si no tenemos casa, ocuparemos la plaza.

El primer paso es establecer una causa: algo hace que se tome conciencia de una situación injusta. Puede haber una chispa, como una noticia (el caso Rubiales), o una acumulación insoportable (el precio de la vivienda). Al desvelar esa situación de opresión descubrimos dos cosas. La primera: la imperiosa necesidad de cambiarla (caray, que el precio medio de un piso es mayor que el sueldo mínimo interprofesional). Y la segunda: que “colectivamente” podemos lograrlo (mira, el éxito de la manifestación ha motivado la toma de la plaza. A ver cómo acaba).
Otro ejemplo con final feliz: Supongo que recuerdas qué sucedió en España a finales de 2013, cuando se aprobó el anteproyecto de Ley de Gallardón, que aumentaba tremendamente las restricciones al aborto y daba varios pasos atrás a los logros feministas. La indignación colectiva, social culminó el 1 de febrero del año siguiente con el Tren de la Libertad, donde treinta mil personas pidieron, y lograron, no solo que se retirara la Ley, si no el fin de Gallardón en la politica. Hay un documental (también colectivo) llamado Yo decido. El tren de la libertad.

Ya lo decimos siempre aquí, el más escandaloso de los pecados patriarcales es LA UNIÓN. Nada más peligroso para el patriarcado que nuestra fuerza colectiva. Por eso nos quieren separadas, enfrentadas, encerradas en casa. Hermanas, ¡akelarre!
El empoderamiento de las mujeres para transformar la sociedad tiene que tornarse en una fuerza política.
Srilatha Batliwala, 1997
El riesgo del «poder con»
Lo peligroso del poder colectivo es cuando tiene éxito y deja de ser colectivo. Cuando llega a las esferas de poder y muta hacia un poder que se acerca al primero, al «poder sobre».
Imagínate las asociaciones vecinales, los sindicatos, cualquier grupo con fines sociales. Surgen de una necesidad colectiva. Pero si el grupo crece, por necesidades organizativas requiere de procesos más ágiles que acaban jerarquizando la estructura: por ejemplo, grupos de trabajo con alquien que haga de portavoz. Luego, habrá un comité con las personas que representan a esos grupos… Se acaba creando una estructura de abajo hacia arriba que se nos puede ir de las manos.
¿Te acuerdas de la ilusión que teníamos respecto al cambio politico con el 15M? ¿Y lo pronto que nos decepcionamos? Empiezan con todo el mundo sentado en el suelo de la plaza y acaban con un formato piramidal en cuanto rozan un solo escaño. Egos individuales, luchas de poder, fuerzas invisibles… ¿El sistema está hecho para que sea así? ¿No tiene remedio? Parece que acceder al poder es peligroso porque te tienes que adaptar a él para sobrevivir en él.

¿Tiene remedio? ¿Cómo lograr un poder transformador de verdad?
Todavía nos queda ver otro ingrediente… No se trata solo de sumarse a la emoción del grupo, una reacción tuya que se enciende desde fuera. Se trata de que, al mismo tiempo, haya algo que se encienda desde dentro, muy dentro de ti…
PODER DESDE DENTRO
Ahora sí, llegamos al ingrediente fundamental para un empoderamiento real.
El patriarcado es un maestro escondiendo nuestras auténticas necesidades. Como en el ejemplo que hemos visto antes: las mujeres que tomaron las fábricas durante la guerra y fueron convencidas por el sistema de que ellas querían ser amas de casa de nuevo.
Es decir, el sistema niega nuestros intereses reales y nos crea demandas indeseadas. Si no somos conscientes de un problema, no podemos hacer nada por resolverlo.
El poder desde dentro: transformar la conciencia y reinterpretar las necesidades
¿Cómo ver lo que no se ve? En los años setenta, en EEUU fueron famosos los grupos de autoconciencia que crearon las mujeres feministas. Se juntaban y hablaban de «sus cosas». Parecía algo inocente… pero desenterraron muchos de esos conflictos de poder latentes:

Analizaban cómo sentía la opresión cada mujer y, juntas, hacían una reinterpretación con sentido político. Digamos que hacían teoría desde lo íntimo. De ahí sale la frase “lo personal es político”. Así, definían sus objetivos conjuntos y diseñaban estrategias para lograrlos.
Hoy en día, ese despertar puede venir de otro tipo de comunidad, la virtual. Un ejemplo clarísimo fue el #MeToo. Nos llegan por redes las primeras experiencias, empezamos a hablar de las miles de formas en las que se ha abusado de las mujeres y, de repente, una punzada: «¡ostras, eso me ha pasado a mí!… ¡y no dije nada!» (experiencia propia). «Vaya, además, no era algo normal, ¡y no me lo he buscado yo!, ¡nos pasa a todas!» (experiencia colectiva).
Algo que solíamos esconder bajo la cama, pensando que callar era lo mejor, se convirtió en un interés real. Y, mira, que lo que empezó con Harvey Weinstein ha acabado con muchos otros. En España, con Rubiales, Vermut, Errejón hemos tocado los espacios de poder tradicional masculino, como el fútbol, el cine y la política. Y va más allá, lejos de la fama, a lo personal. El acoso o el abuso sexual ya no un es secreto, ya no es tu culpa y ya no sientes esa impotencia de «es lo que hay». Lo identificas, lo hablas, lo paramos. Bueno, en ello estamos.

El riesgo del poder «desde dentro»
Pues ya lo tenemos: ya estamos listas para empoderarnos… ¿o no? Pues no. Como decíamos, el patriarcado es sostenible… muta, se camufla, se adapta. Y según nos liberamos, nos presenta nuevas demandas indeseadas. Falsos intereses que no nos convienen, ni personalmente, ni como grupo. Porque, repetimos: el patriarcado es un maestro del marketing, ya sabes, puro capitalismo.
si las mujeres pudieran examinar sus vidas desde otros puntos de vista, quizás surgirían diferentes prioridades. Las estrategias de «empoderamiento desde dentro» les suministran a estas mujeres esas otras perspectivas. Entrañan reflexión, análisis y evaluación de lo que hasta el momento se ha dado por sentado.
Naila Kabeer 1997
La gran estafa patriarcal: la libre elección.
¿Cómo es posible que escuchemos una y otra vez «me depilo porque yo quiero», «enseño el culo porque yo quiero», «me prostituyo porque me empodera» y cosas parecidas? Hacemos esas cosas «que nosotras queremos» y que, casualmente, son las que ellos quieren. ¿No te rasca?
Ya no necesitamos ser la más bella para encontrar al mejor marido que nos ofrezca la mejor vida. La podemos conseguir solitas.
Pero ahí está la base del sistema: ellos eligen. Las mujeres están a su disposición. ¿Cómo la mantienen?
Antes, el esquema social era: una mujer para cada hombre (matrimonio) y unas pocas para todos (prostitución). Si el matrimonio ya no es nuestro destino, nos re-programan con nuevas consignas: hoy, ya no queremos estar guapas para encontrar marido, queremos parecer estrellas del porno para acostarnos con muchos. Y el amor romántico nos aburre. Mejor poner nuestro cuerpo en modo barra libre… perdón, amor libre. ¡Vaya! ¿no es curioso? ¡Ahora estamos todas a disposición de todos!

Yo elijo que ellos me elijan. El producto que se expone en la vitrina seguimos siendo nosotras. Ahora liberadas, sí, liberadas de ropa.

A poco que prestes atención, ves que todo sigue centrado en el placer masculino, en hacer realidad sus fantasías.
Si te apetece más sobre este tema, vayamos a la maestra: Ana de Miguel. Ya te hablé de otro libro suyo, Ética para Celia, donde habla del doble rasero. En este, «Neoliberalismo sexual. El mito de la libre elección», analiza esta reacción que el patriarcado nos quiere colar como sea.
Desmontemos la feminidad.
¿No estaremos centrando demasiado la lucha en desmontar el «poder sobre»? ¿No crees que nos falta todavía mucha reflexión sobre el poder «desde dentro»?
Es decir, tenemos claro que necesitamos cambiar la masculinidad tóxica. Hablamos de deconstruirla, de incentivar nuevas masculinidades: que no vayan de machotes, que no usen la violencia, que expresen emociones, que limpien y cuiden… Todo bien.
Pero nos cuesta mucho tocar ciertos aspectos de la feminidad, que es igual de tóxica. Sobre todo esos aspectos que vienen en frasquitos pequeños, con etiquetas que nos prometen juventud eterna, belleza, suavidad, delgadez,…
Nosotras, que tanto nos revisamos, que tanto hemos cambiado y avanzado, que buscamos empoderarnos… dejamos intacta la opresión sobre nuestro cuerpo.
¿Te das cuenta de que la belleza es una elección para los hombres, nunca una prioridad?; en ellos no caduca; y, además, les supone una ventaja, un beneficio. Pero es un requisito mínimo para las mujeres; un objetivo que, con el paso del tiempo, se vuelve cada vez más inalcanzable, ¡en nosotras sí caduca!; una obligación que nos coloca en un desventaja constante.
Queremos empoderarnos sin liberarnos de aquello que nos desempodera. Sin dejar de ser un objeto.
Ojo, como decía la filósofa Celia Amorós, el feminismo no va de poner en duda las decisiones de las mujeres, sino las condiciones que les llevaron a tomarlas. Es decir, no se trata de criticar quién se maquilla o quién baila en bikini. ¡Bastante presión tenemos ya cada una de nosotras! La crítica va para el sistema, el que nos dice que, si no somos objetos, no tenemos nada que hacer, por más derechos que hayamos conquistado.
Te propongo un reto: aprendamos a pecar
No tengo la solución, no. Me encantaría ofrecerte una fórmula mágica. Lo que sí puedo ofrecerte es más reflexión y empezar por pequeños cambios.

En la sección Cuaderno de ejercicios voy publicando pequeños retos para pecadoras como tú y como yo. Los voy probando yo primero. Compruebo si son posibles, además de importantes. Y les doy forma de ejercicio para hacer sola o en compañía. La mayoría son, además, divertidos.
Y, si te apetece, escríbeme y me cuentas tus resultados. Un día de estos me encantaría que nos juntemos a comentarlos en grupo, que es como se convierte lo personal en algo político. ¿Te imaginas que así iniciamos algo parecido a un empoderamiento real?
Mientras, sigamos reflexionando sobre este concepto. En el próximo artículo de esta serie, quiero hablar precisamente sobre eso: cómo debe ser un proceso de empoderamiento (si te suscribes a la web estarás al tanto cuando lo publique).



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