Ya me he dado el primer baño de la temporada. En la piscina de mi camping. Hacía un calor sofocante el sábado. Así es Valencia, donde la primavera dura menos que el anuncio del Corte Inglés.
El agua estaba bastante fría para mi gusto. Como siempre, necesito un buen rato para meterme del todo. Bajo los peldaños de la escalera poco a poco. Me retiro para dejar pasar a alguien. Retomo el descenso. Cómo huele a cloro, joer. Sopla un poco el aire, me entra frío y pienso en salir. Pero sigo ahí. La niña que me acompaña me repite que si me tiro de golpe será mejor. Insisto en que yo soy así de lenta: es mi ritual. Sigo.
Durante todo ese proceso absurdo para entrar en el agua, miro a mi alrededor. Lo de siempre. Hombres en bañador y mujeres prácticamente con el culo al aire. Nalgas femeninas de todos los tamaños, formas, texturas. Todas coinciden en una cosa: están expuestas, visibles.
Hoy, yo no. Yo llamo la atención por lo contrario. Me he puesto mi nuevo bikini de short.
Es una malla negra de esas de gimnasio, pero en versión bikini. Llega justo a cubrir las ingles. Muchos hombres llevan bañadores así, no es que sea ninguna innovación. Lo extraño es que lo lleve una mujer: tapa justo lo que se supone que debe exponerse.
He notado algunas miradas. No de juicio. De extrañeza. En mi cabeza, me invento preguntas que quizás nadie se hace: ¿Tendrá mucha celulitis o poca? ¿Irá depilada? ¡No podemos saberlo! ¿Cómo la juzgamos ahora?
(Ah, paréntesis: la desnudez no tiene nada de malo. Me gusta hacerlo en las playas que lo permiten. Hago encuentros nudistas con amigas y amigos, con hijas e hijos. Todo el mundo actúa con naturalidad. Lo digo por si estás pensando en llamarme puritana o algo así. Eso de puritana es el típico insulto que se usa para desacreditar a las feministas cuando reclaman que el cuerpo de las mujeres no debe estar a disposición del sistema.)
Es extraño, casi molesto, no poner tu cuerpo al servicio de la mirada patriarcal. Para mí, es un placer. Ahora mi atención está solo en mi piel en contacto con el agua, en la temperatura. No en mi reflejo. No tanto. Todavía queda mucho por desacomplejar en mí. Pero mi short grita en la piscina: ¡a mí ya no me veis el culo más!
Mientras, las preguntas que nadie se hace siguen resonando en mi cabeza.
Y recuerdo un mail que guardé allá por 2021
Copié aquel texto de ejemplo para escribir sobre esto algún día. Lo rescato. Es de una newsletter de Más Mujeres a Seguir (página de contenido feminista. Ojo, feminismo un tanto pijo para mujeres profesionales, ejecutivas… es decir, un entorno bastante privilegiado. Hay que leer de todo).
Allí, justo tras la noticia de ”la emprendedora que pretende revolucionar el sector de vino”, y “el homenaje de Zara a cuatro mujeres icónicas”, aparece un anuncio que dice:
“La revolución cosmética que desafía la edad: Supreme es el arma de Clé de Peau Beauté contra los signos del envejecimiento”.
Fíjate, la edad, nuestro eterno problema.
Ahora, hago el típico ejercicio que deberíamos hacer tooodo el rato:
¿Te imaginas algo así en una revista de esas que leen los hombres empresarios? Estamos leyendo sobre negocios, sobre estrategias, sobre innovación, casos de éxito o nombramientos. Ahí donde la edad debería ser un signo de experiencia, sabiduría, acumulación de líneas en el currículum… justo ahí, imagina que a ellos les dijeran:
“Uy, muy jefazo, mucho CV pero te salen canas, chico: ¡fatal!”
«Ay, CEO de vida y de mi corazón, no puedes seguir luciendo ese tripón»
“Trucos para accionistas: cómo disimular las arrugas en la próxima reunión del consejo”.
Pues eso nos pasa cada día. Mientras nosotras hablamos de negocios nos venden una crema antiedad que lucha, que desafía la edad. ¡Un arma contra lo peor del mundo: dejar de aparentar 20 años!
De ahí, mi cabeza salta a la dichosa campaña de Dove
Lanzaron lo de “belleza real” cuando yo todavía estudiaba publicidad, allá por el Pleistoceno. Me pareció una gran campaña, como publicitaria; y una trampa mortal, como mujer. Me cuesta quitarle mérito, porque lleva años abriendo una grieta en el sector. Pero reconozcámoslo: es una grieta estrecha. Y limitada a una profesión que solo busca vender, vender y… vender.
En aquel lanzamiento, aparecían: una mujer mayor, una mujer negra, una mujer pecosa y una mujer curvy, como se dice ahora. Pero vaya casting, vaya mujeres…
El mensaje que me llegaba era: puedes envejecer si te mantienes delgada y estilosa. Puedes tener pecas si eres delgada y estilosa. Puedes ser negra si eres delgada y estilosa. Incluso puedes engordar, si la forma de tu cuerpo nos recuerda a lo que podría llegar a ser una mujer delgada y estilosa.
Perfecto: ahora podemos acomplejarnos de forma más específica.
Claro, el problema no era la campaña. Es que seguía siendo una campaña de belleza. Sigue hablando el mismo idioma: el de gustar.
Desde entonces, Dove ha evolucionado. Ha mostrado otros cuerpos, otros pelos, otras pieles. Incluso nos la cuelan con esos discursos que quedan taaan bien. Y que son taaaan falsos…. Nos venden que lo importante ahora es gustarte tú. Arreglarte para ti.
Pues resulta que nosotras, señores de Dove, no sabemos gustarnos. No nos dejan. Nos han enseñado a mirarnos desde fuera. A analizar la imagen que nos devuelve el espejo. Y cuando digo mirarnos, por supuesto, quiero decir: juzgarnos. Cuando una mujer se ve y «se gusta», lo que pasa es que «sabe que va a gustar».
Lo que echo de menos es una campaña que de verdad rompa el espejo.
Ahora pienso en el doble rasero de la belleza.
Los hombres ocupan el espacio público por sus talentos, no por su físico. Si medimos con la misma vara a los hombres y a las mujeres que aparecen en los medios de comunicación, en el cine, en el periodismo, en la música, en cualquier disciplina con un mínimo de exposición pública: ¡la mayoría de los hombres desaparecería! ¡No podrían estar ahí! Su aspecto físico y sus capacidades son dos cuestiones independientes. En cambio nosotras, ahí seguimos…
Me encantaría que una marca nos dijera la verdad. Y sospecho que vendería como churros.
Imagina una marca que nos diga que los productos cosméticos no nos van a cambiar la vida. Que no los necesitamos todos. Que la belleza no es una aspiración saludable, sino un estándar opresivo. Porque esto, queridas, no es cuidado. El nivel de microcontrol corporal al que hemos llegado podría definirse como un trastorno. Es una especie de microcirugía diaria con 34 productos que prometen arreglarnos una cara que no está rota, un cuerpo al que no le pasa nada extraño.
El problema no somos nosotras, no está en nuestro cuerpo: el problema es el patriarcado.
La belleza es un mito, como escribió hace décadas Naomi Wolf. Y como muchas otras han repetido después. “Belleza” no es salud. Ni placer. Ni amor propio. Como está montada, es opresión.
Y el mito se recompone y muta cada vez que conseguimos avanzar. Como explica Naomi, con cada victoria feminista, el mito de la belleza se rearma para controlarnos desde otro ángulo. Ahora, estamos en el punto de la auto-sexualización (como siempre, ¡porque nosotras queremos!)
El mito no necesita una conspiración. Le basta una atmósfera. Y una industria.
En fin, ya he hablado antes del precio de no gustarse en las fotos, de cumplir años, de educar a las niñas para gustar y cuidar, de ir por la vida andando sobre tacones o enseñando el culo. Así que no me repito más…
…y sigo con mi baño.
Ya estoy en el agua. Salgo una y otra vez para tirarme de cabeza o por el tobogán. Abro las piernas con tranquilidad. No se me cae la braguita al zambullirme. He hecho una gran compra. 11,99€ por fastidiar al sistema es un chollo. Me imagino ahora que alguien en Decathlon leyó mi artículo sobre las mallas para estar sexy y ha decidido hacerme caso.
Ya, ya sé que no fue eso. Pero me gusta imaginarlo. En realidad es una tendencia que empieza a coger forma, ¡por fin! Las gimnastas empiezan a poder competir con mallots menos sexistas1, con shorts sobre los leotardos, por ejemplo. Porque, en fin, estar en una barra de equilibrio boca abajo con las piernas abiertas y pensar si se te estará viendo algo que no debería… pues es otras de esas cosas que NO les pasa a los hombres que hacen gimnasia. Ellos no tienen que depilarse ni maquillarse para competir. Ni sonreír siquiera.
Sonreír está muy bien cuando te apetece.
Enseñar el culo no tiene nada de malo, si todos los culos tienen los mismos derechos y la misma presión.
Y sobre depilarse… pues que sepas que ya no tienes que perderte un baño porque no tener a mano la cuchilla. La democracia asoma en el mundo de los bañadores. Me voy a agarrar a eso como una koala.
Desde enero de 2025, la Federación Francesa de Gimnasia permite competir con shorts sobre el leotardo en gimnasia artística, rítmica y acrobática (antes penalizaban con -0,3 puntos si te tapabas más de la cuenta). USA Gymnastics lo permite desde 2021 en sus competiciones nacionales. En Nueva Zelanda, las normas nacionales permiten shorts o mallas sobre leotardos desde abril 2024, aunque estas medidas no se aplican en competiciones internacionales. En los JJ. OO. de París 2024, el equipo alemán compitió con unitards de cuerpo entero. La rebelión empezó por las costuras. ↩︎


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